domingo, septiembre 12, 2010

BYE, BYE, BAGDAD


Desde que España retirara su apoyo a la coalición internacional que invadió Iraq sin el soporte de Naciones Unidas y a partir de un burdo relato de mentiras construido durante largo tiempo y con paciencia para justificar la agresión, ha sido un goteo constante el de países que decidían la retirada de sus contingentes militares del país medioasiático. Así hasta el reciente anuncio del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de que por fin el Amigo Americano haría lo propio y retiraría su ejército. Dejando atrás un país hundido económica y moralmente, un país que primero se arrasó para abandonarlo ahora ante los colmillos de las bestias.

Por supuesto que Sadam Hussein era un dictador, un tirano impresentable, uno de tantos iluminados que por un faro u otro mantenía a la población de su país sometida a un férreo e implacable control, convirtiendo una simple mención a los derechos humanos en una broma de mal gusto. O ni tanto, porque el régimen de Hussein había sido considerado un buen amigo de Occidente durante mucho tiempo, justo mientras nos sirvió para mantener entretenida a la bestia iraní con un largo conflicto, tiempo en el que algunos gobiernos rindieron homenajes al tirano, le vendieron armas, le hicieron sentir que podía continuar infringiendo la legalidad internacional contra sus ciudadanos y contra los países a los que Occidente mirara con ojo torvo. O ni tanto, porque tal vez la situación de los derechos humanos en Iraq no fuera peor de lo que era y es en países amados por Estados Unidos como Arabia Saudí o los regímenes medievales que abundan por la zona. O ni tanto, porque junto con un pequeño ramillete de países árabes (ninguno demasiado bien considerado en Occidente) Iraq era uno de los pocos espacios donde el avance del integrismo islámico alentado por los herederos de los "Hermanos Musulmanes" había sido controlado con un sistema laico o casi.

Desde luego que Sadam Hussein era un tirano. Pero no más que otros. Incluso menos que muchos de los que sentamos con placer a nuestras mesas, y a los que rendimos pleitesía antes de firmar algún jugoso convenio económico. ¿O se creen que China ha profesado en las Hijas de la Caridad?

Hubo un relato internacional sobre la destrucción masiva, la encarnación del diablo en Sadam y su gobierno, la responsabilidad nunca demostrada del régimen iraquí en el atentado de las Torres Gemelas. Y con el único sostén de este relato, de este cuento, los "señores de la guerra" pusieron en marcha sus letales decisiones hasta que un día nos despertaron con la noticia del ataque nocturno contra Bagdad y el inicio de una operación infame, fuera de la legalidad internacional, montada por George Bush Jr y jaleada por palmeros felices como Tony Blair y José María Aznar, que esperaban sacar una buena tajada para las empresas de sus amigos con la reconstrucción de Iraq tras sembrar fuego, ruina y muerte en aquel suelo.

Son muchas las doctrinas filosóficas que se han aproximado al problema de la guerra y sobre todo al de la llamada guerra justa. Muchas las posturas, que oscilan desde el pacifismo absoluto, ese que considera que nunca una guerra puede tener justificación o porta bondad alguna en su entraña, hasta el belicismo absoluto que la llega a considerar una buena y necesaria medida de actuación internacional. Aunque sin duda la mayor parte de las voces y de las visiones políticas han hablado de la justificación del conflicto bélico cuando se trata de una guerra justa que se aplica con la condición de mal menor.

Ahora que por fin nos vamos de Irak, que nos vamos todos, podría ser una buena reflexión la de evaluar si en efecto la agresión contra Irak fue un mal menor. Porque todo indica que el mundo es hoy peor, más frágil y más inseguro, que cuando Estados Unidos inició su ataque. A los miles de muertos iraquíes durante la invasión (y a las bajas de los ejércitos occidentales, claro) hay que sumar miles y miles de muertos, mutilados y heridos, miles de familias destruidas y desplazadas, miles de personas arruinadas a las que se ha privado de toda oportunidad educativa o sanitaria, daños irreparables en el patrimonio (no es poca cosa lo que se perdió para siempre en la destrucción de la Biblioteca Nacional o el Museo Nacional de Iraq). Hay que sumar la degradación moral de un país embrutecido, entregado a las facciones violentas que aterrorizan a la población y que continúan casi cada día provocando muertos y más muertos, y que de nuevo rivalizan por hacer de Iraq un triste campeón de las agresiones contra los derechos humanos, sin olvidar la degradación moral de los conquistadores victoriosos que igualmente han torturado, matado y humillado a quienes caían en sus manos, contraviniendo una vez más la legalidad internacional y las convenciones internacionales sobre trato digno a los prisioneros de guerra. Hay que sumar la contribución de la agresión a Iraq en la escalada del desencuentro entre el Islam y Occidente, en un proceso que nada bueno nos va a traer en los próximos años, y que se cuenta entre los principales desestabilizadores del escenario internacional.

Bush, Blair, Aznar y otros quisieron jugar a salvadores del universo. Quisieron enriquecerse al tiempo que se autoconcedían heroicas medallas y se reían unos a otros las gracias chulescas. Pero resulta muy triste comprobar, años después, que donde antes había una tiranía con una cierta estabilidad jurídica interna y externa hoy sólo queda una tierra destruida que continuará siendo sinónimo de terrorismo, atentado, sangre, desolación, muerte, inestabilidad, peligro durante mucho mucho tiempo. Gracias a los tres sangrientos paladines y a quienes todavía hoy justifican su irresponsabilidad miserable.

Hoy entonamos un cómodo Bye, bye, Bagdad y señalamos el final de la partida para las potencias occidentales. Mientras dejamos a los iraquíes obligados a seguir y seguir jugando.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Pareces la voz de tu amo: PRISA

Rukaegos dijo...

Ah, claro, que en Iraq después de la invasión todo es paz, democracia y violines sonando, ¿verdad, Anónimo?

Claudia dijo...

Lo del trío de las Azores tiene su mérito, no creas... no era fácil mejorar la imagen de Saddam al punto de convencer que estaban mejor con él. Lástima que el detalle del ahorcamiento no facilita su regreso.

ana de la robla dijo...

Amén. Punto por punto.
Gran artículo.

ana de la robla dijo...

Magnífico artículo.

Blenda. dijo...

Artículo estupendo. Por cieto, me encanta tu voz.

Anónimo dijo...

Muy bien. Lo suscribo totalmente.
Y eso que ibamos en nombre de la democracia, el cristianismo, nuestra supuesta civilización superior, etc. etc.
GALADRIEL

Rukaegos dijo...

Gracias, Ana, Blenda y Galadriel :)

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