martes, septiembre 30, 2014

LAS PARCAS (Fauna de Autobús)


Al contrario que Caperucita, elijo para regresar a casa el camino más largo. No tengo gran cosa que hacer, llevo en la mano Sebastián en la laguna, de José Luis Serrano, y una larga tirada en la Línea 5 parece una disculpa estupenda para sumergirme en la lectura de unas páginas hermosas y sutiles como esta calma del final de esta tarde primeriza de otoño. 

La Línea 5 es, en el Servicio Municipal de Transportes Urbanos de Santander, toda una novela por sí misma. No es la única que en su recorrido abandona la arteria principal de la ciudad y se adentra en los extraños territorios de los barrios, pero por alguna extraña razón es más bulliciosa, singular, parleras y conflictiva que otras. Aunque a las nueve de la noche y con el autobús casi vacío, puede resultar calma y placentera como cualquier otra. Y vaya, que es la que me deja más a mano de casa.

Me siento casi al final del autobús, busco la página marcada y retomo la lectura con las tías de Wences que se quieren morir y Tadeo enfermo maldito de SIDAy Carlos el Aburrío contemplando un OVNI. Las palabras de nuevo comienzan a inundarme cuando, maldición, las Parcas ocupan los asientos de la culera del autobús, justo detrás del oasis que yo había construido por unos breves instantes.  Cloto, Láquesis y Átropos, señoras de los destinos, invasoras de la vida. Cotorras hasta la náusea, parlanchinas y escandalosas hasta el terror. 

Comienzan los rituales oscuros cuando tras un breve acelerón nos llega una pizca de aire.

Cloto: Qué horror de aire acondicionado. ¿Por qué no lo quitan?
Láquesis: Eso digo yo, por qué no lo quitan. Qué horror.
Átropos: Que lo quiten, vamos, que mañana me va a doler el cuello.
Cloto: A mí la garganta.
Láquesis: A mí la espalda.
Átropos: Es que qué manía con el aire acondicionado. Porque ventanillas abiertas no hay.
Cloto: No, no hay. Bueno, sí, esa.
Láquesis: Esa, sí, es que mira que la gente es tonta, que abre las ventanillas aunque sabe que no hace falta por el aire acondicionado.
Átropos: Es que no se enteran, y si la abren el aire acondicionado va mal.

(nuevo aceleren, nuevo viento … estamos a unos 24 grados)

Cloto: Pero qué frío, que es lo que yo os digo, que por qué no quita el aire acondicionado.
Láquesis: O la ventana, que cierren la ventana, porque lo mismo no es el aire acondicionado.
Átropos: No, el aire acondicionado si hay ventana abierta no. Será la ventana.

(caballero harto del coñazo que dura ya cuatro paradas se levanta y cierra la ventanilla, asustando a las dos pobres y silenciosas mujeres sentadas al lado)

Cloto. Menos mal.
Láquesis. Menos mal, eso digo yo. ¿Veis cómo no era el aire acondicionado?
Átropos: La gente, que es tonta, si con el aire acondicionado no hacen falta las ventanillas abiertas.
Cloto. Y qué cara ha puesto.
Láquesis. Pues que hubiera cerrado ella, no te fastidia.
Átropos: Se habrá asustado con el golpe. Y con el señor corriendo hacia ellas así de repente.
Cloto. Pues que la hubiera cerrado ella, que ya nos habrá oído quejarnos antes.

(ella y todo el autobús, claro)

Láquesis. Pero qué bien ahora, porque no era el aire acondicionado.
Átropos: No, el aire acondicionado no, era la ventanilla.
Cloto, Sí, esa ventanilla, que estaba abierta, y qué mal ha mirado esa vaya.
Láquesis. Pues que la hubiera cerrado, que nos molestaba y luego mañana la espalda ya se sabe.
Átropos. No, a mí el cuello me da igual, a mí lo que me mata es el cuello.
Cloto. Y a mí la garganta.
Las tres a coro. Y a todas el chichi, se nos enfría el chichi.

(Otras seis paradas)

Láquesis. Qué bien así sin el aire.
Átropos. Aunque al final yo creo que era la ventanilla.
Cloto. Sí, qué frío, es que además estos días por la noche refresca, y te levantas con la garganta mal.
Láquesis. Sí, la garganta. O la espalda.
Átropos. Yo más bien el cuello. Pero se agradece, que vaya calor este verano.
Cloto. Vaya calor, sí.
Láquesis. Aunque más que el calor era la humedad.
Átropos. La humedad terrible, yo es que no dormía nada.
Cloto. Ni yo, y te destapabas para dormir mejor y luego claro, la garganta.
Láquesis. Y la espalda.
Átropos. Y el cuello.

(y el forro de los cojones, no puedo más, otras seis paradas)

Cloto. Terrible todo, el aire, la ventanilla, la humedad, el calor, el frío,el dolor de chichi … Y ahora voy a cenar bocartes. En cazuela.
Láquesis. Yo los cené ayer.
Átropos. Qué ricos los bocartes en cazuela, yo compré para mañana. Pero había uno machacado. 
Cloto. Ay no, a mí machacados no, si están machacados los tiro. Con lo que cuestan.
Láquesis. Machacados no, pero con cebolla están ricos.
Atropos. Y con un poco de pimentón los pongo yo, pero picante no que me sienta mal al duodeno.
Cloto. Y a la garganta. Ay no, que eso no es el pimentón, que es el frío. Pero bueno, da igual, los bocartes están ricos.
Láquesis. Eso me parece a mí, que están muy caros, pero muy ricos. En cazuela.
Átropos. Y con cebolla, y lo rápido que se hacen.
Cloto. Y dos cucharadas de aceite. 
Láquesis. Eso, dos cucharadas de aceite, qué ricos, y qué rápido se hacen.
Átropos: Yo una y media. Y cebolla. Muy rápido, en la cazuelita de barro. Menos los machacados.

Se baja Átropos, pero una gorda brutal decide cambiar de asiento. Es Tánatos, La Muerte. 

Tánatos. Ay, hija, si no te había visto. Estaba mirando para acá pero no te había visto. 
Cloto. Ay hija, hola, ¿es que ibas mirando para atrás? Yo si me siento para atrás me mareo.
Láquesis. Sí, si vas sentada para atrás es bueno que te dé un poco de aire.
Tánatos. O bajar la ventanilla.
Cloto. Sí, mejor bajar un poco la ventanilla. Pues no te había visto.
Láquesis. O que pongan el aire un poco fuerte. ¿Y dices que estabas ahí sentada?
Tánatos. Pues sí, ahí, pero no os había visto. Os había oído.
Cloto. Sí, es que estaba hablando con esta y con una señora que se ha bajado antes.
Láquesis. Si, con una señora. Creo que iba a cenar bocartes.
Tánatos. Qué ricos los bocartes. En cazuela. Pero sin pimentón, que repite y me duele la tripa. Pues eso, que no os había visto.
Cloto. Ya, es que ibas para atrás. Yo si voy para atrás me mareo.
Láquesis. Yo también, por eso bajo la ventanilla, que me dé el aire.
Tánatos. Mujer, para qué vas a bajar la ventanilla, si hay aire acondicionado. Pues eso, no os había visto, pero os había oído, pero no os había conocido.
Cloto. Es que claro, oyes a la gente en el autobús pero no te fijas, que no somos cotillas.
Láquesis. A mí una el otro día me dio un golpe con el bolso, qué daño.
Tántanos. Llevaría bocartes y tendría intención de machacarlos. Pues eso, que no os había conocido.

Por fin llego a mi parada. Sigo en la misma página. Me bajo del autobús. Muero. Fin.

miércoles, septiembre 10, 2014

SOLOMILLOS NÁUTICOS


Hay ciertas edades a las que todos estamos (estuvimos, ay) de coge pan y moja que trisca, así que al final no va a tener tanto mérito que la alegre muchachada veinteañera y esportiva que lleva ya unas semanas pululando por mi barrio y por mis zonas de operativo habitual santanderino esté tan requetellamativa. Pero no por no tener mérito va a alegrarnos menos la vista.

Y es que con motivo del Mundial de Vela 2014 que se inaugura oficialmente mañana, hemos recibido en la capital cántabra a lo más selecto de lo más selecto de las diversas especialidades, y por aquí andan entrenando, paseando en patinete o en bicicleta, desayunando, comiendo y cenando en mis cafeterías de cámara del Siboney y Casimira, repasándose las mechas rubias y luciendo palmito, lisura y desenfado como sólo la alegre muchachada sabe hacerlo.

No es que se haya caído el sistema del Grindr a nivel local como ocurriera en London 2012 (aunque algunas fotos se han visto por esas pecaminosas redes de maricontactos con tersos abominables sin rostro con puntitas de vela y azules oleajes como fondo), pero está resultando claro que algo tendrán que ver los recién allegados con este calor que va a acabar con nosotros antes del fin de septiembre. Desayuna uno cerca de los polacos y enfrente de los italianos, come algo ligerito al mediodía con mejicanos a la diestra, argentinos a la siniestra y australianos al otro lado de la luna que da a la terraza. Por la noche más italianos, junto a griegos, australianos, noruegos y daneses, para terminar con un paseo a los perros con vistas al equipo británico que ha recalado por mis alrededores.

Uno está aprendiendo mucho. Que hay deportistas de elite que necesitan barco grande porque fofean más que triscan. Que la pasta es megasaludable y trajinan espaguetis como posesos. Que usan todos el mismo número de tinte y frecuentan al mismo peluquero, todos menos los noruegos que son los únicos que llevan recortadito el pelamen y tienen pinta de amarillo natural. Les apasionan patinetes y bicicletas y al contrario de lo que tengo testado con alegres muchachadas de futbolistas y ciclistas, casi es imposible encontrar alguno interesado en los perros, ni siquiera en los de agua. Adivina uno también que o se embadurnan bien embadurnados o en unos años habrá más de un cáncer de piel, deliciosa y crujiente piel. Ah, y que Barney Stinson tenía razón con su teoría del efecto animadora y a veces las individualidades son menos apetitosas a mano que el conjunto en pájaro volando.

Como fuere, ahora que sabemos que nos espera un tedioso otoño-invierno en que la carne disponible tendrá más de carne picada y lomo adobado que otra cosa, por fin hay que agradecer a Pavisoso esta alegría de la vista. Que aunque agua que no has de beber, déjala regatear, tiene su gracia pecar y pecar con los ojos ante la evidencia epifánica y extática de tanto solomillo. Náutico y a vela.


martes, septiembre 09, 2014

LA VISIBILIDAD EN NEGRO SOBRE BLANCO


He comenzado la lectura de los Episodios de una Guerra Interminable, de Almudena Grandes, ese ambicioso y feliz proyecto de contar la Postguerra española a la manera de Benito Pérez Galdós, que con sus Episodios Nacionales quiso narrar en forma de novelas el complejo XIX hispano, por la tercera entrega, Las tres bodas de Manolita. Por casa anda a la espera desde su publicación Inés y la alegría y alguna librería guardará en sus anaqueles el ejemplar de El lector de Julio Verne destinado a acabar en los míos. Pero ya que se trata de novelas independientes, un azar para el que no tengo explicación me empujó a abalanzarme con estas tres bodas y a iniciar hace un par de meses una lectura, mínima, sólo as primeras páginas, que detuve sin ganas para centrarme en mis compromisos con la UIMP y con la Michigan State University que me obligan, oh tortura, a leer.

Se nos va acabando el verano, y con él se nos van acabando esos compromisos, así que vuelvo a empezar el libro y casi como por ensalmo me encuentro devorándolo, masticando las palabras despacio y con placer, sumergiéndome en una historia cuya trama me interesa y cuya traducción al lenguaje de la literatura me fascina. Más, todavía mucho más, de lo que me esperaba de la pluma de esa mujer grande en el apellido, en la ética y en la estética, jovial y cercana, comprometida y con una encantadora y pizpireta rebeldía con causa a la que he tenido la fortuna de tropezarme un par de veces y de leer muchas. Y siento la necesidad de hablar de esa lectura cuando todavía deambulo por la primera sección de la novela, La señorita conmigo no contéis, desde un punto de vista que no sorprenderá a los lectores del blog ni a quienes me conocen personalmente, aunque tal vez no sea exactamente el ejercicio de crónica lectora que otros esperarán.

En estos días pasados se ha hablado mucho y se ha discutido mucho, también en este foro virtual, de visibilidad. De esos armarios pesados, opacos a veces, cristalinos otras, que nos condenaron a ser invisibles a las personas lgtb durante tantísimo tiempo y con tantísimo daño personal y social. La literatura en particular, como en cierto modo la cultura en general, fue siempre un poco menos opaca, permitió asomar como pervertidos, como ridículos, como delincuentes y unas pocas veces con cariño, a esos hombres que aman a otros hombres; casi nunca a esas mujeres que aman a otras. Pero desde un tiempo a esta parte esa excepcional regularidad se ha venido a transformar en una cierta normalidad, esa cierta normalidad que escandaliza a quienes insisten en el poder de los lobbies y se confiesan hartos de vivir en una sociedad en la que al mirar sólo puedes ver maricones. ¡Qué distinta la apreciación de esos maricones que a veces con un brillo emocionado en los ojos de vez en cuando, muy de vez en cuando, pero sin humillaciones gratuitas y en un espejo de normalidad y diversidad social nos vemos retratados en los personajes que recogen esas miradas!

Y es que en Las tres bodas de Manolita también se cuenta NUESTRA historia. Al recoger las memorias de los tiempos de la II República y de la primera y más terrible represión, Almudena Grandes se ha encontrado también, ha decidido contar también, las alegrías y los dolores, las intrigas y los miedos, de nuestros ancestros, de quienes sin vínculo familiar forman parte de esa estirpe de malditos, condenados, raros y rebeldes a la que nos guste o no pertenecemos, esa que ha dado forma en buena medida a quienes hoy somos y a como hoy sentimos, esa que sembró en el viento las semillas de esa libertad que por fin nos ha alumbrado. Aquí, entre las páginas de Almudena Grandes y con protagonismo principal, están Paco Román, llamado El Niño de Bormujos y también Paca, la Palmera, pobre, flamenco y feo además de invertido, el mariquita lleno de plumas y de corazón, que encuentra su peculiar espejo en Antonio de Hoyos y Vinent, aristócrata, sofisticado, gordo y pasado de años, que incorpora el escándalo a su forma particular de hacer la revolución contra la rancia burguesía y que coincide con la Palmera en su corazón generoso y su mano abierta para ayudar a su estirpe de maricas y bolleras. En un segundo plano se nos hacen presentes mujeres lesbianas y mujeres libres, y habladurías que hablan de hermafroditismo y otras formas de ser raros, raros, raritos, de reivindicar su existencia, su presencia (nuestra presencia) en la historia y en los engranajes de la historia grande y pequeña. 

Decía hace algunos años José María Guelbenzu al comentar entusiasmado su lectura de Nadan dos chicos , de Jamie O'Neill (imprescindible), que no hacía falta renunciar a la gran literatura para escribir una historia de amor homosexual. Tampoco hace falta devolver a gais y lesbianas a la inexistencia para que una novela resulte eficaz, potente, creíble. Confieso una tranquila emoción al leer una de esas novelas que jamás podré olvidar, la trilogía de Ramiro Pinilla Verdes valles, colinas rojas cuando me tropecé con personajes homosexuales y pansexuales que participaban de la magia simbólica de tan magnífico texto. Confieso esa misma tranquila emoción al tropezarme, sin esperarlo, con Paco Román, Antonio de Hoyos y toda su red de secundarios en Las tres bodas de Manolita, al explorar su búsqueda de la felicidad, su celebración de los cuerpos, su dignidad contra la exclusión y contra la homofobia criminal que les acechaba antes y después de la Guerra Interminable. Y no puedo evitar sentirme agradecido, en deuda con Almudena Grandes, no sólo porque una vez más entre sus páginas mi tiempo se carga de sentido, porque me ayuda a renovar mi pacto de amor con las letras, sino también porque me ha dejado vivir entre sus páginas, me ha devuelto una parte de mí que es a la vez la dura historia de muchos.

lunes, septiembre 08, 2014

EJERCICIOS PRÁCTICOS DE SEPARACIÓN IGLESIA-ESTADO



Se me vienen ahora a la memoria imágenes como las de Iñigo de la Serna e Ignacio Diego, dos católicos de pro de más que contrastada coherencia religiosa, portando la imagen de la Virgen del Mar durante una procesión. No menos coherente, a Cospedal, de negro riguroso y mantilla, aompañada de la vicepresidenta Soraya SS bajo su respectiva blonda, en el Corpus toledano. Recuerdo al Director General de Policía del Gobierno de España condecorando a la imagen de la Virgen del Amor malagueña y a Fátima Báñez encomendando la gestión del empleo en España a la Virgen del Rocío. Actualizo para mí el problema de los funerales de estado y el disgusto de los que profesando otra religión o no profesando ninguna hubieron de vivir una ceremonia católica con motivo del 11-M. Y hasta aquellos primeros años de la transición en los que observábamos como si de toda una declaración de intenciones se tratara si los cargos públicos juraban o prometían. 

Pienso por otra parte en el gesto de la alcaldesa de Torrelavega, Lidia Ruiz Salmón, de no asistir a la ceremonia religiosa que abre las fiestas de agosto en su ciudad y su decisión de no entregar durante el período festivo el bastón de mando municipal a la Virgen Grande. Y me pongo a componer una de esas reflexiones que sin duda volverán a molestar al Establismen dichoso, que no escarmiento.

Apelando siempre a la tradición, como si la tradición por el hecho de serlo fuera buena, y a la paradoja de que un país tan secularizado ya como España, hasta el punto de que alguno de los papas recientes nos proclamara "país de misión" continúe cediendo espacios públicos y privados a la Iglesia Católica "para no ofender a nadie" o "para no dar un disgusto a la abuela", nuestro país tiene uno de esos problemas que se quedaron sin resolver en la Transición en las relaciones Iglesia-Estado y en los pasos hacia un modelo verdaderamente aconfesional, como reza la constitución, o laico, como interpreta nuestro Tribunal Constitucional que debemos entender esa peculiar proclamación de los constituyentes.

La neutralidad del estado y de todas y cada una de sus instituciones no significa, y no debe significar, agresión alguna contra los católicos. Exceso es el de quienes así quieren plantear o leer algunos gestos, con un espíritu de revancha que no hace bien alguno a nuestra sociedad, y exceso también el de quienes se empecinan en un protagonismo católico que ni el Catolicismo ni ninguna otra fe deben ostentar. La igualdad matrimonial para las personas lgtb, es sólo un ejemplo entre tantísimos, no se tramó para molestar a los católicos, como tampoco es ni hubiera sido de recibo permitir que nuestro Código Civil y sus instituciones fueran condicionados por la moral católica. Se hablaba de igualdad, de derechos fundamentales, de ciudadanía. Era y es muy fácil para quienes por su fe o sus ideas se encuentran lejos de esa igualdad mantener la distancia: nadie les obliga a casarse con alguien de su mismo sexo, nadie les obliga a asistir a un matrimonio civil entre dos hombres o dos mujeres, nadie les obliga a celebrarlo. Eso sí, se les pide silencio y respeto ante las opciones de los demás, se les pide que no entorpezcan o impidan su normal desarrollo. Así de fácil y para algunos así de difícil.

"Se trata sólo de un gesto, de una tradición que siempre se ha respetado" ha sido la esencia de las críticas, feroces, a Lidia Ruiz Salmón por señalar de manera proactiva que el Ayuntamiento de Torrelavega como institución, que la Alcaldía de Torrelavega como institución, no son instituciones católicas sino inclusivas para todos, y que no deben tomar partido, tampoco partido simbólico, para resaltar que se diga lo que se diga una confesión concreta tiene privilegios. Definitivamente, lo que hoy debería resultar chocante es que la alcaldesa de Torrelavega hubiera cedido el poder a la Virgen Grande durante el tiempo de los festejos, un poder que así hubiera dejado de ser como corresponde neutral y civil.

Aplaudo desde este blog la decisión de Lidia Ruiz Salmón y su valentía, la aplaudo y la agradezco. Hace ya mucho tiempo que la definición y la separación de los espacios cívicos y los espacios religiosos debería haber quedado resuelta; hace ya mucho tiempo que nuestra sociedad debería haber aprendido a no escandalizarse tanto por quienes apuestan de verdad por la aconfesionalidad y a escandalizarse un poco más por quienes se niegan a mostrarse neutrales por cálculos populistas y electoralistas. Pero como ni hace mucho tiempo ni ahora hemos sido capaces de solucionar la cuestión, bien, muy bien está, que haya personas concretas que desde su responsabilidad institucional nos recuerden que el Estado no profesa religión alguna.


martes, septiembre 02, 2014

EL ESTABLISMEN Y YO



Cada vez soy más consciente de que mi vida es un tango, así que llevo unos días interpretando a Tita Merello y su "Se dice de mí" por las esquinas del Santander ya imposible, cual Betty La Fea de provincias.

Es que de vez en cuando los hados se confabulan y las astros se alinean con extrañas coincidencias. Y la semana pasada, en plena trilogía, varios amigos decidieron que era un momento estupendo para recordarme lo que por ahí se dice, se cuenta, se rumorea acerca de este que les escribe. Supongo que para que no se me suban demasiado los humos y me haga consciente que como cantaría Silvio Rodríguez, hay gente que me quiere, hay gente que no me quiere.

Por un lado, al parecer habían realizado estudios estadísticos con la pregunta "¿Cuál es su opinión sobre el simpar malvado Rukaegos en su encarnación mortal de Regino Mateo? A/ Es majete y buen tío B/ Es un capullo, un miserable y un gilipollas además de una petarda.   Al parecer también las respuestas se distribuyen en un 80% para A y un 20% para B. Aclaro que todo empezó saliendo del cine y escuchando "Es que todo el día están hablando de ti". Aunque les juro que yo por las barras de bar sigo oyendo sobre todo hablar de fútbol y en las redes de Podemos y de Justin Bieber. Qué le vamos a hacer, no son malos los datos y ya quisieran Rajoy o Sánchez contar con semejante aceptación popular. Tengo dudas en torno a Iglesias y Pavisoso, pero estamostrabajandoenellou

No se hubiera uno preocupado ni prestado mayor atención de no ser porque a la noche siguiente llega una grave advertencia. "Que sepas que esas cosas que dices en la radio y en las redes no le gustan nada al Establismen" (con un buen acento en la "i" para remarcar la trascendencia) "Y que sepas también que te estás equivocando y que más te vale cambiar porque así no vas a llegar a ninguna parte". 

Aquí si que me acongojé, como podrán ustedes comprender. Porque eso de no gustarle al Establismen me sonó como peligroso y empecé yo a imaginarme al Establismen ese fumando un puro y llamándome Fredo con voz cavernosa y cavernícola. No se vayan a creer ustedes que El Padrino y Santander son tan distintos. Luego ya, al llegar a casa, pues empecé a realizar examen de conciencia por si conseguía dolerme de los pecados y resto de la retahíla. Pero no acababa yo de entender varias cosas, la primera de ellas por qué mi amigo, que lo es, y que en efecto frecuenta al Establismen y le agrada, ha llegado a la conclusión de que yo quiero viajar en dirección a parte alguna. Aunque sí sea bastante cierto que en realidad lo que el Establismen piense guarda para mí mucha relación con las partes. Uno ya ha ido cumpliendo años, quemando naves, aniquilando sueños y asumiendo realidades y responsabilidades, así que va llegando el momento de sentarse en la butaca del IKEA para leer tranquilamente alguno de esos libros que, probablemente, no leerá el Establismen. 

Pero seguía yo triste y desolado pensando qué podría haber hecho yo para molestar tanto al Establismen como para llamar su atención. Y más aún, pensando ¿quién coño es ese Establismen? Pero no conseguí sonsacar ni una palabra más a mi amigo, aunque intuí que alguien estaba enfadado por mis crónicas radiofónicas sobre el Festival Internacional de Santander y que esa había sido la gota que había colmado el vaso de la paciencia establismentera. Imagino que ese día en el que dije que no parecía que hubiera por aquí demasiado interés en la música por parte de quienes antes calentaban las sillas con entradas de cortesía y hoy simplemente se ausentan. O cuando dije que me parecía bien que las obras más radicales y vanguardistas encontraran acomodo en jornadas oficiales, que ya que eran los días en los que el mamoneo campaba por sus respetos, que al menos dejaran las jornadas de música más atractiva para los verdaderos aficionados y que se conformaran ellos con Tomás Marco. Total, para lo que iban a apreciar a Monteverdi.

El malvado Rukaegos es un malvado, eso es de sobra conocido. Pero jamás se pensó que llegaran sus andanzas y palabreríos imprudentes de bocachanclas a semejantes alturas estratosféricas. Aunque sepa perfectamente que en las alturas del PP se le mira mal con intensidad de mar arbolada, que en buena parte de los entornos culturales se le mira mal con fuerza marejada a fuerte marejada, que por la Santa Madre hay quien le quemaría, pero de momento suspiran entrecogiéndose las manos con aires de martirio y el perdón preparado para cuando se arrepienta. Es verdad inconmovible que el rojerío le llama casta burguesa e intelectualoide y la casta por otro nombre Establismen le llama rojo de mierda y mariconsón. Y hasta por los partidos intermedios varía su calificación dependiendo de las familias y de los congresos que toquen.

En resumen, que empecinado en su error, Rukaegos el terrible tiene la saludable intención de seguir diciendo y escribiendo lo que mejor le parezca, con mejores o peores motivos, con más cuidados argumentos o prejuicios más tontos. Porque no se puede gustar a todos y de entre esos todos los que parecen formar un ente socioectoplásmico llamado Establismen (¡en Santander, por favor!) son precisamente los que menor importancia le merecen.

Por cierto … al margen de esos saraos en los que siempre me resaltan que han reunido a "todo Santander", dejándome claro que yo soy de Marte y que Santander tiene un problema de población mucho mayor de lo que se deja ver por los medios, ¿alguien podría por favor decirme quién es el Establismen de las narices ese? Por enviarle un tarjetón las próximas Navidades.

lunes, septiembre 01, 2014

DE TODO LO VISIBLE Y LO INVISIBLE - 3 : LA DISCRECIÓN VIVE ARRIBA



Lo malo de amenazar con una trilogía es que luego te ves obligado a llevarla a cabo aunque el debate haya perdido actualidad y aunque tus lectores habituales y sufrientes entren en modo-saturación. Pero al igual que no hay dos sin tres, no se me preocupen que no habrá tres con cuatro, y aquí agotamos la cuestión Barneda, sin entrar a otros trapos de la no-salida del armario de la periodista. Y mira que me quedo con ganas de hablar del supuesto lobby gay y sus maldades.

Además de proclamarse persona, que no lesbiana, la periodista nos sirvió algunas otras obviedades, que tal vez no lo sean tanto. Insistió, por ejemplo, en el derecho que tenemos todos a nuestra vida privada y a que lo que pasa en nuestro dormitorio se quede en nuestro dormitorio. Entusiasmo sorprendente por la privacidad de quien trabaja en una cadena y unos programas que tantas veces cruzan las líneas rojas, basándose en el real o supuesto "interés público" de las vidas del famoseo real y seudo. Pero como fuere, tiene razón, tenemos derecho a la privacidad, a la intimidad más bien, a construir un espacio seguro e inmune a las agresiones del exterior. De hecho, esa es la primera esencia de los derechos fundamentales.

Pero claro, de nuevo llega la cuestión de que esa intimidad hubiera quedado estupendamente salvaguardada desde el silencio mejor que desde el amago. ¿Fue forzada Barnedo por su programa? ¿Fue una respuesta cansada ante rumores y cotilleos? Puede ser. Pero incluso en esos dos casos, podría haber salido mucho más airosa desde la naturalidad y si me apuran desde la alegría que se supone tendría que gobernar su vida de pareja y su propia aceptación personal. Ya hemos hablado de eso, así que me voy a centrar en otra cuestión, que no deja de ser delicada. ¿De verdad es tan sacrosanta la privacidad?

Comparto con el feminismo de los años de la liberación sexual la creencia en que nuestro cuerpo y nuestro sexo son públicos. Sí, he dicho públicos y no púbicos, que también. Me explico. Esa sociedad tradicional y heterosexista, masculina y dominante que habíamos heredado se rompe, se transforma también a través del shock, de esa alarma que genera a los macarras de la moral el situarse de pronto y sin previo aviso precisamente ante aquello que prohiben, aquello cuya vergüenza y ocultación supone un pilar central de sus oscuras vidas. Como por ejemplo, claro que sí, la sexualidad.

Dominar a la mujer fue también ocultarla, esconderla, convertir su cuerpo o su deseo en algo pecaminoso. Todavía hoy la estrategia de las Femen parte en buena medida de esa premisa y por eso, y sigue funcionándoles, sus protestas se hacen con la teta al viento. Decir que la mujer tenía cuerpo, sexo, placer, derecho a gestionar su cuerpo y su placer, fueron hitos esenciales en la liberación social y en la reclamación de su espacio. El discurso dominante de la heterosexualidad también ha querido siempre que la homosexualidad no existiera, y cuando no podía directamente reprimirla o crimininalizarla se ha tenido que contentar con esconderla. El beso apasionado entre las bocas de dos señores o de dos señoras sigue creando conmoción alrededor, escandaleras baratas y de barrio, pero que siguen provocando ríos de tinta. Y obligan a hablar, a hablar, a hablar, a romper la barrera del silencio asesino y por tanto a alimentar una sociedad más consciente de sus realidades y de su diversidad.

Por eso suscribo la idea de que nuestra sexualidad es también pública, que tenemos una responsabilidad con aquellos que todavía no pueden expresar su deseo, que viven aprisionados por el miedo, parra que el círculo que los aprisiona sea cada vez más pequeño y menos agresivo. Tenemos una responsabilidad con los chicos y chicas que descubren su pertenencia a esa minoría que se niega a seguir oculta, porque el futuro es suyo y porque la vieja sociedad no tiene ningún derecho a robarles la vida, a robarles la felicidad, a provocar más lágrimas y más dolor de los que en cualquier caso tendrán que encontrarse en su camino.

Y esa responsabilidad pública es mayor en quienes son hombres y mujeres públicos. Porque tienen acceso a los medios, porque pueden ser el ejemplo, el espejo, el clamor de la normalidad para quien se descubre lesbiana, gay, transexual, bisexual, también para quienes le rodean y tienen que aprender a convivir con ese imprevisto. ¿De verdad podemos creer una sola palabra de un periodista o de un político de esos que se quieren "discretos" para no decir medrosos, cobardes, irresponsables? ¿Si son capaces de ocultar con tanto celo quiénes son, cómo no van a ocultarnos o engañarnos en lo no esencial? ¿Pueden liderarnos quienes sienten vergüenza de sí mismos y se encuentran más cómodos en el disfraz que en la verdad? Más allá, la responsabilidad de actores, de cantantes, de deportistas, de escritores es también tanto más fuerte cuanto más fuerte sea su poder, su capacidad de influencia. Y más acá nuestras propias responsabilidades como padres, educadores, profesionales, trabajadores, en la medida en que nuestra dignidad, nuestra cabeza alta, nuestra capacidad para comunicar, vivir, sentir y hacerlo a plena sol son pasos, ya sabemos que no exentos de riesgo, para que la sociedad, la gente, aprendan que somos personas con etiquetas, que somos quienes somos y como somos, ni mejores ni peores que nadie, simplemente iguales, con el mismo derecho a la luz.

¿Intimidad? Y una mierda. Vamos a besarnos en la calle, vamos a pasear de la mano, vamos a presentar a nuestras parejas incluso donde preferirían no verlas y que les dijéramos que se trata simplemente de un amigo. Incluso ahí y sobre todo ahí. Maricas, bolleras y travelos orgullosos, dignos, respetables, iguales … y públicos. Públicos porque es la calle hoy donde está nuestra guerra.

sábado, agosto 30, 2014

DE TODO LO VISIBLE Y LO INVISIBLE - 2 : "Yo persona, sin etiquetas".


Acaba pareciéndole a uno divertida la cantidad de tiempo y de palabrerío que han poblado las redes tras los diez minutos en los que Sandra Barnedo estuvo fuera del armario, antes de encerrarse en una vitrina. Y a pesar de que seguramente el caso no tenga mayor importancia para la historia de la humanidad sin etiquetas, y mucha menos para la historia de la humanidad etiquetada como lgtb, pues yo sigo con la serie comprometida con los lectores del blog para reflexionar acerca de algunas de las perlas sandrinas. Porque al final lo que dijo la presentadora de televisión lo escuchamos mucho y a muchos. Así que ahí va la segunda entrega.

Mira que con la manía que les ha dado a todas las casas de alta, media y baja costura de poner etiquetas a la vista por doquier, como símbolo de estatus ("Yo soy de marca" , "Pues yo de mercadillo") y para que dados los penosos niveles de lectura del país podamos practicar descifrando los elásticos de los calzoncillos a media asomada, resulta que en según que cosas no nos gustan nada, pero nada de nada, las etiquetas. Ya lo dejó claro la presentadora desarmarizadaperosólounpoquito entre los jaleos entusiasmados de las coleguis de programa. Porque ella lo que es es persona, persona humana, sin etiquetas.

Lo gracioso es que así espetado queda como súper auténtico, a pesar de que la autenticidad de los productos suele venir certificada precisamente en las etiquetas. Y que muchas veces los propios activistas lgtb han utilizado mensajes como el de la foto, eso de no soy ni gay, ni lesbiana, ni transexual, ni bisexual, ni heterosexual: soy persona.

Paso por alto la obviedad de la afirmación. En general los baobabs, las tijeras, las tijeretas, los folios y las panteras tienen compilado afirmar o negar nada, por aquello de ser inanimados en unos casos o por carecer del don del lenguaje articulado en otros. Así que sí, Sandra Barneda es una persona. También son personas los heterosexuales, los bisexuales, las lesbianas, las personas transexuales y los secretarios de ayuntamiento. Y somos personas los gais. Pero no puedo pasar por alto que la afirmación obvia y el recelo ante las etiquetas tiene varias consecuencias. En primer lugar, y como dijo el griego en el Crátilo, si el nombre es ya la esencia de la cosa negarse a utilizar la etiqueta lesbiana significa invisibilidad, culpabilizar y volatilizar el amor de una mujer por otra mujer. Si de esta forma volatilizamos el concepto y ocultamos la existencia real, difícil será que podamos hablar de normalidad e inevitable que regresemos a los tiempos oscuros del miedo y la forzada discreción.

Pero además significa trivializar la historia y el presente de muchas luchas, de muchos dolores y también de unos cuantos triunfos. ¡Somos personas sin etiquetas, aleluya! Vamos a proclamar la buena nueva. La discriminación de los afroamericanos en Estados Unidos o de los indios en Latinoamérica no tiene nada que ver con el racismo, los discriminan por ser personas. Judíos y gitanos no fueron enviados a los campos de concentración del Reich por motivos raciales sino por ser personas. Los hutus no masacraron tutsis sino personas después de que los tutsis no masacraran hutus sino personas en Ruanda. Cuando los integristas islámicos asesinan a los cristianos caldeos o sirios no lo hacen por motivos religiosos y las respectivas etiquetas, sino porque son personas. No hay disidentes políticos, no hay rojos ni revisionistas burgueses ni imperialistas, no hay otros, no hay diferentes. Y en ese mundo sin etiquetas, tampoco hay gays, lesbianas, transexuales ni bisexuales. Pero este paraíso donde lobos y  corderos pastan personalmente juntos no es cierto: claro que la sociedad pone etiquetas, claro que estas etiquetas tienen consecuencias, claro que cuando reconocemos nuestras propias etiquetas importantes estamos reconociendo nuestra identidad, valorando quiénes somos, aceptándonos y reivindicando nuestra dignidad, ahora sí, bien etiquetada de personas. De personas judías, negras, caldeas, maronitas, tutsis, opositoras o transexuales, cada cual con la suya, o mejor con las suyas.

Y es que me pregunto, ¿si en vez de una triquiñuela para evitar decir la palabra 'lesbiana' el parlamento de Barneda hubiera sido "soy castaña", "soy barcelonesa" o "soy presentadora de televisión"; "soy aficionada al macramé" , "soy zurda" o "soy rebelde porque el mundo me ha hecho así" de verdad pensamos que habría clamado la periodista por su condición de persona y abominado de las etiquetas? ¿de verdad?

Firmado una persona. Una persona gay, izquierdosa, cántabra, cuasicincuentona, pelín pedante, perezosa, amante de los animales, con unos ojazos verdegrises que quitan el hipo, tirando a gorda, funcionaria, poeta, tenor, ahora dicen que casta …. Persona, sí, con más etiquetas que la maleta de la Piquer.


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