jueves, abril 26, 2018

PRIMARIAS



Allá quien quiera leer las valoraciones y posicionamientos en torno a la celebración de primarias abiertas a la ciudadanía para elegir las cabezas de las listas municipales y autonómicas, ya demasiado presentes a pesar del tiempo que falta, opción prevista, por cierto, en los estatutos federales del PSOE, y defendida por militantes de diferentes adscripciones familiares, como un cierre espartano de filas en torno a los Álvarez, los Martínez, los Cossío o los Goenaga.
 
Desde luego por mi parte lo que hay es una reflexión y una defensa (sin sentido ya) de una herramienta importante y creo que prudente que podría ser muy positiva en el cuestionamiento de los ombligos orgánicos, en la configuración de las estructuras partidarias en una especie de Sancta Sanctorum más alejado del mundo real que la Tierra de la estrella Antares y en el trabajo de reencuentro con una sociedad que una vez estuvo ahí, como parte activa, viva y rica del diálogo político, y que hoy, en el mejor de los casos, da la espalda, indiferente, a todo lo que se cuece por las sedes.
 
Esta es sobre todo la virtud de unas primarias en las que aquella parte de la ciudadanía que se sienta cercana en ideas y proyectos al modelo defendido por el PSOE pueda mostrar sus preferencias, sus confianzas, sus esperanzas y necesidades, hacerlo movilizándose en el marco de un proceso político franco en el que su voto pueda ser decisivo o al menos tomado en consideración, y que, de paso, puede volver a politizarse, puede volver a sentir a su partido como una herramienta importante de transformación social, ¿quizás a afiliarse para participar de forma más regular, activa y directa?
 
Los argumentos en contra suelen partir de falacias, como la idea de que quien no forme parte de la estructura y abone sus cuotas no debería poder decidir sobre cuestiones internas, olvidando que hablamos de las primarias no para la dirección del partido (ahí ese argumento sería obvio) sino para acceder, elecciones mediante, al gobierno de la ciudad o de la región en la que el votante no afiliado vive, trabaja, paga y exige (o más bien debería exigir). Y por tanto no se trata de un problema orgánico sino de una cuestión de calado público. Así sucede en modelos democráticos bien asentados, como el estadounidense, y así está ocurriendo en la vieja Europa cada vez en más ocasiones, apreciando el valor de las primarias abiertas como un factor más de movilización y un camino para que la sensación de alejamiento entre políticos y ciudadanos se disipe un poco.
 
Suele ser importante también en el argumentario a la contra la desconfianza hacia la responsabilidad del cuerpo cívico, imaginando una larga colas de adversarios y enemigos que desde diestra y siniestra acuden para votar por el peor candidato y acabar así con cualquier opción de gobierno del partido convocante. A lo mejor es que soy demasiado cándido, pero me resulta imposible imaginar esas largas colas de simpatizantes de Vox o de Bildu en camino hacia las sedes socialistas con sus dos euros preparados para incorporarse a un fichero de simpatizantes y votar por una u otra candidatura, siempre con aviesas intenciones. Me cuesta tanto como me cuesta imaginarme a mí acudiendo a las primarias de Vox o de Bildu, que uno las ideas las tiene para algo. Y hasta me enfada cuando la disculpa procede de representantes electos porque tras ella late una profunda desconfianza ante la seriedad y la capacidad de los electores que no estoy dispuesto a suscribir. No, el ciudadano no es per se incapaz, corrupto, idiota o irresponsable, aunque sin duda hay ciudadanos aptos para cada uno de los calificativos, hasta para los cuatro juntos, lo mismo que hay afiliados de base o políticos en cativo que podrían responder a cada uno de los calificativos e incluso a los cuatro juntos.
 
Por supuesto, los órganos competentes para decidir si se realizan primarias abiertas o no tienen el derecho de tomar la decisión, como tendrán la responsabilidad de apechugar con los resultados de esa decisión. Ya sabemos que en Cantabria, ante las convocatorias electorales del 2019 y en lo que al PSC-PSOE se refiere, las primarias abiertas no serán, porque esos órganos competentes así lo han elegido, incluso con los votos sorprendentes de compañeras y compañeros que en su día defendieron el modelo y que ahora parecen alimentar los mismos miedos a la realidad que tantas veces han cerrado las puertas y las ventanas y han aislado a esos a los que algunos han decidido llamar casta. Por mucho que ahora, como en otros tiempos, quieran disfrazar ese discurso de cierre con el juego de palabras vacío "tendremos primarias abiertas... a los militantes", peculiar forma de expresar que las primarias no serán abiertas. Un poco de por favor, que todavía nos queda alguna neurona en activo.
 
Con todo, la sensación que queda, que me queda, es la de la oportunidad perdida. Y el convencimiento de que quien teme a los ciudadanos difícilmente será digno de representarlos y dirigirlos. Veremos.
 
Como fuere, suerte y al lío.
 


lunes, marzo 19, 2018

METEREOLOGÍA NATURAL


De témporas a témporas, pasando por el Calendario Zaragozano, anda la tradición empeñada en advertirnos del tiempo que vendrá estación tras estación desde la observación de los vientos o los meteoros en ciertas fechas. Raro es, al menos en estas tierras del norte, el valle en el que los observadores de témporas y las discusiones subsiguientes no acaban por ocupar un buen rato en los debates de café, puntualizados casi siempre por el espíritu racionalista de la comarca que con tonante voz de aguafiestas acaba sentenciando "todo eso son tonterías".

Capítulo aparte merecerían esos peculiares expertos y tradiciones que por la suma de tiempo y soledad tienen poca ocupación mejor que la de observar los mínimos y permanentes cambios de la naturaleza, y a partir de la aplicación inconsciente de un método inductivo que haría las delicias del descreído Hume, convertir en leyes generales predictivas las acumulaciones de información repetida. El sarruján del pico tal, el pastor de tal cumbre, la lechera de acá, el cura de acullá comentan qué han visto y qué esperan y su voz se convierte en sentencia segura.

¿Tienen utilidad hoy, con la terrible espada de Damocles del calentamiento global, los comportamientos de animales y plantas para determinar ciclos y fenómenos? Si hasta árboles y aves andan desconcertados, cómo no habríamos de estarlo nosotros.

El caso es que el verano pasado, 15 de agosto, día de la fiesta mayor de Espinilla, en esa tan familiar y querida Hermandad de Campoo de Suso, por el Sur de Cantabria, no escuché demasiado bien la primera parte del parlamento de Paulino, vecino de edad más que veterana y singular simpatía, después de que le preguntaran si no estaba preocupado por la tremenda sequía. Así que no puedo deciros qué pájaro exactamente había hecho qué cosa. Pero sí escuché perfectamente la segunda, en la que manifestaba su tranquilidad, porque, dijo "va a nevar mucho, y desde muy pronto". Las primeras nieves en las cumbres cayeron allá por octubre del pasado año, nada más comenzar el otoño, y si bien no hemos tenido La Madre de Todas Las Nevadas, al menos todavía, el blanco tesoro ha sido constante desde entonces, y continúa cayendo estos días para recibir a la primavera.

No, claro que no, claro que somos gentes del XXI, racionales (ja) que si ya sabemos que no es posible prever con claridad el tiempo a una semana vista pensamos que no es más que ciencia ficción pretender saber con meses de antelación lo que nos espera.

Pero la naturaleza sigue su curso y sigue nevando. Mientras Paulino estará calentuco allá en la cocina o junto a la chimenea, quién sabe si olvidado ya qué hizo aquél pájaro en el tan lejano agosto.

viernes, marzo 16, 2018

MIENTRAS AVANZA EL MIEDO...


¿Cuándo decidieron que el miedo era el mejor aliado para dominarnos, para dejar que impusieran sus reglas después de que las luchas de años les hubieran gritado "ya basta"? ¿Cuándo se dieron cuenta de que provocarnos la conciencia de la fragilidad nos convertía en blancos fáciles y que el temblor empujaba nuestras convicciones contra el suelo para allí hacerse añicos?

La vieja Europa, esa puta agotada que renuncia, matiza, retrocede cada día un poco y que sumando pocos ha llegado a ser poco más que una sombre de la que lideró las mejores conquistas del ser humano, para mantener al mercader y demoler la esperanza de aquella empresa de valores y de ciudadanos. La vieja socialdemocracia, y con ella otras construcciones sociales y políticas que alimentaron junto a ella los tiempos de los derechos humanos, de la edificación del estado del bienestar, del humanismo impenitente capaz de defender la alegría como una trinchera, defenderla del escándalo y de la rutina, de la miseria y de los miserables, que se adormiló y fue sorprendida con el paso cambiado por las "manos invisibles", nunca manos inocentes, y no supo dar respuesta ni a los enemigos de siempre ni a las demagogias nuevas y vacías. Cada uno de nosotros, como individuo cerrado y como persona abierta, como identidad propia y como proyección social, que pensamos que todo estaba ya terminado, que no había vuelta atrás, que todo daba ya un poco lo mismo y todos daban ya un poco lo mismo, y no supimos más que dispersarnos en mareas autosatisfechas y redes envalentonadas que nos convertían en enemigo fácil, desaliñado y sobre todo disperso.

El miedo, sí, el miedo. Que cada día nos inunda haciendo ríos de la gota de agua y océanos del torrente, que da vueltas y vueltas a noticias que lo son precisamente por lo poco habituales y nos trastorna hasta hacernos sentir como infierno sanguinario este hábitat nuestro, privilegiado y en calma hasta parecer la antesala del paraíso o la del cementerio. El miedo que agita la debilidad de nuestros cuerpos y la blandura de nuestros credos, la que recuerda a tantos que no la justicia sino la venganza debe moverles, que erige en experiencia universal y tiránica el dolor concreto y específico de la víctima, que cuestiona el criterio de los que saben y da voz y altavoz a necios y cobardes.

El miedo, sí. Y el cansancio, el cansancio que nos ha ido encerrando sobre nosotros mismos, que nos pesa más que la propia edad y nos hace creer que no merece la pena, que ya no merece la pena, continuar con la lucha, con la coherencia, con la utopía como horizonte y el ser humano como proyecto hermosísimo. El cansancio que nos hace renunciar a las discusiones y los argumentos para evitarnos líos y follones, fracturas y crisis.

Pero no puede ser, no puede ser. No debemos renunciar a la voz, al grito, a las ideas, al horizonte, al futuro, no debemos dejarnos vencer por el desaliento porque el edificio que una vez alzamos desde la razón, desde los pilares de la igualdad, la libertad y la fraternidad, desde las herramientas del estado de derecho y de la seguridad jurídica, desde el convencimiento de que no cabe un derecho penal que no sea proporcionado, general, y orientado siempre y sobre todo a la reeducación y la reinserción del delincuente. No puede ser porque el camino elegido entonces era el bueno y se trazó sobre muchos sacrificios, sobre mucha sangre.

No sirve de nada, ha quedado tantas veces demostrado en la historia, el rigorismo penal; es más, suele ocurrir que los países más severos son también los que cuentan con más delitos y más graves entre su población. Sí sirven la educación y la prevención, sí sirve el trabajo para la transformación. Y por eso no debemos callarnos, no cuando quieren convertir al refugiado en enemigo, a la igualdad en problema, a la dignidad humana en disparate. Tampoco cuando, como ahora, quieren emborronar la actualidad con debates que creíamos superados y que se nutren de los lados más oscuros del ser humano, el afán de venganza, la furia, el rencor y el pesimismo para que de nuevo dejemos de mirarles mientras nos empobrecen, nos alienan y nos destruyen, para que dejemos de mirar sus delitos de guante blanco, esos, justo esos, que nunca van a proponer como merecedores de Prisión Permanente, ni de la revisable ni de la otra, aunque sean esos, justo esos, los que nos han traído hasta este presente donde a falta de esa confianza amable y optimista en los derechos humanos como guía el suelo vuelve a estar embarrado y el camino vuelve a ser violento y farinoso.


jueves, marzo 01, 2018

UN LIBRO, UN CORAZÓN, UNA NARANJA


Entro en la librería, más que nada para resguardarme de la lluvia, y entre las novedades me encuentro con la última traducción del napolitano Erri de Luca, "La natura expuesta". Y recuerdo aquel libro hermoso sobre memorias, libertades y amores adolescentes, con una playa y unas barcas en la portada, y el título definitivo: "Tú, mío".

"Tú, mío". El libro que él me trajo de una breve estancia en Nápoles. "Tú, mío" ¿una declaración sutil o un juego travieso? 

Demasiados años en los armarios amargos y polvorientos, demasiados años sin amar cuando me lo presentaron en un café. Recuerdo el fogonazo, el escalofrío, los temblores, la estúpida incapacidad repentina para pronunciar una frase coherente. Recuerdo que me pidió el teléfono y que me dio el suyo, y que al día siguiente me llamó para ir juntos al cine, él y yo, sin los amigos comunes que oficiaron el encuentro.

Fueron meses de enfermedad, de añoranza cada vez que por trabajo o por compromisos viajaba lejos de Santander unos días, unas semanas alguna vez. Meses de juegos de esos de seducción, en los que las manos se rozaban acariciándose, las rodillas descansaban juntas, el contacto físico era buscado y soportado por nuestros cuerpos mientras nuestras miradas se buscaban y las sonrisas amanecías. "Sabes que cuando estáis juntos vuestros ojos echan chispas, ¿verdad?". Así describió cómo nos sintió una compañera de trabajo y antigua profesora suya la primera vez que nos encontró uno al lado del otro.

"Tú, mío". Me pregunto todavía si fue real, por qué no fui capaz de dar algún paso más después de un beso boca a boca al despedirnos una noche, y por qué él tampoco dijo nunca nada. Todo parecía sustentarse sobre la arena de lenguajes no verbales. También alguna vez una amiga insiste "yo creo que no pasaba nada, solo que tú lo deseabas y que él se dejaba cortejar". Pero fue él el que al volver de Nápoles me entregó el libro de Erri de Luca, él quien de Valencia me trajo una sola naranja, justo después de haber comentado un artículo de un poeta donde se hablaba de la imagen de la entrega de frutas como símbolo de la pasión erótica en la tradición poética. Él quien al escuchar a otro amigo "hace falta un acto de amor para nadar de nuevo hasta la playa -estábamos en una barca- para recuperar algo que yo había olvidado" se tiró al agua y regresó con la sonrisa luminosa y con el tonto olvido.

Se marchó fuera de España, sin siquiera despedirse, dejándome roto y desconcertado. Aprendí entonces que era verdad lo de que el corazón podía doler, aprendí lo que era una depresión y a llorar más que nunca. Y a hacer el ridículo sin cuento, hasta el paroxismo cuando regresó por Navidades, nos encontramos por casualidad y todavía le pedí perdón porque a lo mejor se había sentido agobiado y le regalé un cuaderno con unos poemas absolutamente vergonzosos que espero tirara a la primera papelera.

Una sola vez he vuelto a verle, nos cruzamos un verano por la calle y él hizo ademán de pararse con la misma sonrisa de juguete. Yo le dije un tranquilo "hasta luego" y continué el camino.

Hoy, al regresar a Erri de Luca, no he podido evitar el recuerdo. Y hasta he pensado que quizás debería buscarle para darle las gracias: me volví tan loco, perdí tanto el sentido de la dignidad y de la convención sociales, que me arrojé a ese abismo en el que vivía quien de verdad yo era, aceptando mi sexualidad, abriéndola poco a poco a la luz. ¿Sin ese abismo podría haber querido a Lander? ¿podría haberme entregado tan confiado al amor de Leo?

El libro, la naranja, las brazadas contra la marea, las caricias, el beso... Signos que fueron reales, como fue real el tornado que se llevó por delante al niñato acomplejado y para bien y para mal abrió la puerta al presente.





jueves, noviembre 02, 2017

DOS AÑOS MÁS TARDE.


Hace ya dos años de mi llegada laboral al Palacio de Festivales de Cantabria, un par de meses después de la conversación con Ramón Ruiz en la que me planteó su propuesta de incorporarme al nuevo equipo de Cultura, después de las elecciones regionales de 2015 y de la reedición del pacto de gobierno entre PRC y PSOE. Dos años que han pasado tan deprisa que apenas he sentido el vértigo del tiempo, dos años cargados de emociones, de esfuerzo, de algún que otro desencanto, de tantos nuevos encuentros y tantas alegrías, dos años de ilusión intacta.
 
El cambio llegó en un momento más que oportuno, un tiempo en el que el cansancio, la rutina y el peso de un larga oscuridad me estaban venciendo y contra el que no acababa de encontrar vía de escape. El Palacio de Festivales era un viejo y querido conocido, desde su primera noche había pasado muchas horas allí, conocía a buena parte de sus trabajadores y sobre todo su actividad tiene que ver con esos fragmentos concretos de realidad que dan sentido en buena parte a mi vida, la música, siempre por delante de todo lo demás, la literatura, el teatro, la danza, el mundo de las artes performativas con su varita mágica tantas veces cargada de recetas para la felicidad del instante.
 
Me he reconciliado con el teatro y con la gente del teatro, esa gente que tanto abraza como comenté hace algún tiempo en este blog, tan comprometida y tan llena de calor. Si, he pensado muchas veces en cuánto habría disfrutado Leo de esta nueva etapa, él que adoraba el teatro y que hubiera sido espectador privilegiado y compañía perfecta para sentir los estremecimientos de "La piedra oscura", de "Incendios", del "Último tren a Treblinka" y de tantos y tantos títulos. He reavivado las llamas del idilio con la danza hasta el punto de que puedo cerrar los ojos y temblar´de nuevo con Daniel Abreu en "Venere" y cómo no contar hasta el infinito los pellizcos de dicha que me regalaron Magdalena Kozena y Monteverdi, Soqqadro Italiano y Vivaldi, la Scottish Chamber o el Beethoven de Viktoria Mullova. Y me he vuelto loco contagiándome de la alegría de "Priscilla" o de "Un chico de revista".
 
La música salva, el teatro salva, la danza salva, cada día me levanto más convencido de que si nos roban también las artes, el derecho y la posibilidad real de disfrutar de las artes, de las grandes construcciones de ese enorme edificio de humanidad que es la cultura, de comprenderlas, dialogar con ellas, hacerlas nuestras, nos están robando la vida.  Puede que por eso sienta, también en los momentos difíciles, que los hay, también en las pocas horas de desaliento, que hay que continuar luchando desde esta posición de mediador para que el encuentro feliz se produzca y las chispas salten renacidas. Quizás por eso, de todo lo vivido, me quedo con ese ciclo que considero "mi niño", "Nos gusta el teatro", ese en el que queremos que arda con furia el idilio entre teatreros, teatro y adolescentes, para que dentro de algún tiempo recuerden cuántas emociones sintieron con "Punk Rock" o con "Los amores diversos", cuánto se rieron con "Cervantina", y decidan volver a nuestras salas o a otras para que podamos cantarles siempre con la sonrisa de los titiriteros "Gracias por venir".
 
Gracias a todos los que habéis hecho posible toda la luz de estos dos años y todavía en marcha, gracias por tanta música, tantos cuerpos, tantas palabras, gracias por todo ese trabajo del día a día con el que artistas, técnicos, comunicación, administración, limpieza, taquillas, seguridad, profesores, productores, agentes y un larguísimo etcétera contra viento y marea en estos tiempos difíciles de otés, fútbol y recortes apostáis por que la humanidad siga sembrando sonrisas y emociones. Gracias por haberme dejado ser una mínima parte de este maravilloso sueño.

miércoles, octubre 04, 2017

OCTUBRE


Ya lo sabemos, abril es el mes más cruel.

Pero puede que sea octubre el más triste. Octubre es la recuperación de la rutina, el final de la luz, el peso de las alergias, el mes en el que las hojas muertas crujen en el parque bajo tus pasos y te compras ese jersey de lana que al principio tiene el tacto dulce y el calor emboscado. Toca cerrar las ventanas por la noche y sacar los pucheros para reinventar la destreza de los guisos de hogaño con sabores de antaño. El momento de arrebujarte bajo el edredón y dejar que pasen las horas sintiendo la seguridad de los espacios más íntimos. Volverán los perros y las gatas a subirse a la cama y a buscar el contacto de los cuerpos templados mientras las golondrinas y la mayoría de las cigüeñas inician su invasión de los cielos africanos, aunque tal vez este año en esa avidez de sur se acerque hasta nuestras costas alguna pareja de cisnes o vuelvas a avistar desde el tren alguna garza de guardia en las riberas del Saja.
 
Octubre es el cielo de plomo y la mañana extrañándose en el sereno espejo de la bahía, la ráfaga de cierzo por sorpresa, quién sabe si en estos tiempos de nubes confundidas sea otra vez esa morrina delgada e insistente que nos empapa la esperanza. Es la carrera de Gin tras alguna lavandera despistada o el nervio de Gelo de castaña en castaña.
 
Octubre es Leo, claro. Leo en las redes sociales que cada día anuncian su paquete de recuerdos y te llevan a París en el 2009 o a oncología de Valdecilla en el 2010, el sueño y la pesadilla, el milagro y la sombra. El mes en el que la memoria se araña hasta la herida, empeñada en ese dolor pequeño que tan poco importa al mundo y que vuelve a exigir del corazón y de los ojos una titánica diminuta resistencia. Paso por paso octubre es la delgadez, la piel demacrada, la sensación de que el rumbo está definitivamente perdido, las manos aferrándose al timón empecinadas en llegar a un puerto a salvo, a pesar de que el cielo es más negro cada minuto y las olas se agitan cada vez más violentas. Es el mazado de la desesperanza definitiva, el anuncio del ángel de la muerte, la voz que tiembla y las piernas que no se sostienen pero intentan mantener la calma y ofrecer el apoyo desnudo al amado muchacho que desde entonces cae y cae y cae y cae.
 
Octubre es la necesidad de tocarle, de hablarle, de abrazarle, de amarle con cuerpo fiero y con corazón incendiado, de pasear, de ir al teatro, de cenar juntos, dormir juntos, ver la tele juntos, de entrechocar los labios y volver a susurrarle al oído "te quiero". De refugiarnos de la intemperie en un lugar conocido solo por nosotros, donde el silencio y la intimidad extrema nos abriguen.
 
De inventar otra vez un rito con que decirle no te preocupes, estoy bien, voy cerrando capítulos, escribí tus poemas y ahora estás en un libro, he vuelto a cocinar (también tortilla, cómo no, tonto) y poco a poco voy recuperando el orden en esa casa que se desfondó conmigo hasta la ruina, a veces busco tus fotos, tu perfil de Facebook, las palabras que dejaste sujetas a un imán de nevera y sonrío sintiéndote.
 
Aunque en tu lado de la cama siga haciendo tanto, tanto frío.

miércoles, septiembre 20, 2017

RAMÓN


Con la pátina turbia de estos tiempos que corren, espero que al menos se considere respetable dar cumplimiento a esa vieja máxima en la que un catedrático de Derecho Natural nos resumió a los estudiantes de primer curso de Derecho en un muy lejano 1983 las normas que gobiernan el ethos de un hidalgo cántabro: Nunca olvidar un favor, nunca perdonar una putada. Siempre he tratado de ser fiel a la primera parte de la paremia, me resulta un poco más difícil por mi propio carácter la segunda, aunque poco a poco voy aprendiendo ayudado por mi todavía excelente memoria.

Aclaro por si acaso que aquí no estoy diciendo nada de nada sobre razones ni sin razones, nada sobre, diría Daniel Rabinovich, díscolos o discóbolos. Y que solo me hago responsable, una vez más, de lo que escribo y de lo que quiero escribir; lo que podáis entender o queráis entender será, así pues, responsabilidad vuestra y de vuestras miradas.

El caso es que hoy ha cesado Ramón Ruiz como Consejero de educación, cultura y deporte del Gobierno de Cantabria, tras un par de semanas de fuerte agitación y un verano complicado, esas semanas y ese verano que han seguido a las elecciones primarias del PSOE en Cantabria donde los y las militantes han decidido un relevo que, al parecer, iba a abrir una nueva situación de bicefalia política. Y me apetece realizar aquí una pequeña semblanza personal.

Conocí a Ramón Ruiz hace muchos años, más de los que a ambos nos gustaría reconocer (por lo que significan al fin de batallas y guerras, experiencia, tiempo y polvo acumulados, de sueños cumplidos y truncados, y, al menos en mi caso, de fuerzas extraviadas), cuando ambos participábamos en las reuniones preparatorias y la gestora que habrían de concluir con la formación del Consejo de la Juventud de Cantabria, Ramón como representante de Scouts de Cantabria-MSC y yo de la Juventud Demócrata Popular. 

Desde esos primeros momentos aprendí a sentir aprecio y respeto por Ramón. Por un Ramón cargado de energía, de proyectos y de honestidad, que brillaba por su capacidad de diálogo y por la firmeza de sus convicciones y compromisos, que destilaba pasión por la educación, por la formal y por la no formal, y que desde esa base firma que es el escultismo, fue implicándose en ejercicio de la docencia, en el estudio riguroso de la pedagogía, la organización escolar, llegando a convertirse en todo un experto en su ámbito profesional.

La continuidad de su compromiso, que suponía también una apuesta clara por la transparencia de las organizaciones, por la educación pública de calidad, tenía que llegar hasta la política, siempre de la mano de nuestro querido y añorado José Félix García Calleja. Así llegó hasta el Partido Socialista de Cantabria y así acabó ocupando durante algunos años la Dirección General de Educación, como todo un soplo de aire fresco, ganando respeto y consiguiendo que por primera vez en muchísimos años la educación cántabra sobreviviera dos legislaturas completas sin huelgas ni conflictos reseñables, siempre dando ayuda y apoyo a quien encabezaba como titular política la consejería, Eva Díaz Tezanos.

En 2015,  tras las elecciones autonómicas y la renovación del pacto con el PRC, Ramón vino a ocupar la consejería, para tratar de reconstruir con su sabiduría, su oficio y su pasión los desaguisados de cuatro años de recortes y de falta de fe en la educación en general y en la pública en particular. Fue entonces cuando me llamó por teléfono para decirme que quería contar conmigo en el área de cultura y donde acabamos concluyendo que mi espacio perfecto era el Palacio de Festivales de Cantabria, de cuya programación me hice cargo a partir de octubre de 2015.

Hoy, con el otoño a punto de iniciarse, con el curso académico recién comenzado, con su cese caliente sobre la mesa política, quiero recordar en este blog a Ramón, para reconocer su esfuerzo, su continua apuesta por el diálogo, los riesgos asumidos como esa polémica transformación del calendario escolar de Cantabria, para resaltar su energía, su incapacidad para el desaliento, sus horas y horas al frente de la educación, la cultura y el deporte de Cantabria, compaginadas con su entrega al partido, de nuevo tratando de sentar a todos en la misma mesa para llegar a acuerdos como aquel que consiguió sellar para que Pedro Casares fuera elegido Secretario general de la agrupación de Santander.

Y por supuesto, porque quiero darle de manera pública las gracias por haber confiado en mí y por haberme dado una oportunidad que, espero, haber aprovechado para llenar mi pequeño espacio de responsabilidad de esos mismos valores y de esa misma valentía que siempre han caracterizado a Ramón Ruiz, y sobre todo haber respondido a lo que esperaba cuando vino a buscarme.

Termino con el principio, con su vinculación al movimiento scout. Dicen los exploradores que la norma básica es marcharte dejando todo un poco mejor de lo que estaba: sin duda Ramón puede marcharse con la cabeza muy alta.

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