miércoles, septiembre 20, 2017

RAMÓN


Con la pátina turbia de estos tiempos que corren, espero que al menos se considere respetable dar cumplimiento a esa vieja máxima en la que un catedrático de Derecho Natural nos resumió a los estudiantes de primer curso de Derecho en un muy lejano 1983 las normas que gobiernan el ethos de un hidalgo cántabro: Nunca olvidar un favor, nunca perdonar una putada. Siempre he tratado de ser fiel a la primera parte de la paremia, me resulta un poco más difícil por mi propio carácter la segunda, aunque poco a poco voy aprendiendo ayudado por mi todavía excelente memoria.

Aclaro por si acaso que aquí no estoy diciendo nada de nada sobre razones ni sin razones, nada sobre, diría Daniel Rabinovich, díscolos o discóbolos. Y que solo me hago responsable, una vez más, de lo que escribo y de lo que quiero escribir; lo que podáis entender o queráis entender será, así pues, responsabilidad vuestra y de vuestras miradas.

El caso es que hoy ha cesado Ramón Ruiz como Consejero de educación, cultura y deporte del Gobierno de Cantabria, tras un par de semanas de fuerte agitación y un verano complicado, esas semanas y ese verano que han seguido a las elecciones primarias del PSOE en Cantabria donde los y las militantes han decidido un relevo que, al parecer, iba a abrir una nueva situación de bicefalia política. Y me apetece realizar aquí una pequeña semblanza personal.

Conocí a Ramón Ruiz hace muchos años, más de los que a ambos nos gustaría reconocer (por lo que significan al fin de batallas y guerras, experiencia, tiempo y polvo acumulados, de sueños cumplidos y truncados, y, al menos en mi caso, de fuerzas extraviadas), cuando ambos participábamos en las reuniones preparatorias y la gestora que habrían de concluir con la formación del Consejo de la Juventud de Cantabria, Ramón como representante de Scouts de Cantabria-MSC y yo de la Juventud Demócrata Popular. 

Desde esos primeros momentos aprendí a sentir aprecio y respeto por Ramón. Por un Ramón cargado de energía, de proyectos y de honestidad, que brillaba por su capacidad de diálogo y por la firmeza de sus convicciones y compromisos, que destilaba pasión por la educación, por la formal y por la no formal, y que desde esa base firma que es el escultismo, fue implicándose en ejercicio de la docencia, en el estudio riguroso de la pedagogía, la organización escolar, llegando a convertirse en todo un experto en su ámbito profesional.

La continuidad de su compromiso, que suponía también una apuesta clara por la transparencia de las organizaciones, por la educación pública de calidad, tenía que llegar hasta la política, siempre de la mano de nuestro querido y añorado José Félix García Calleja. Así llegó hasta el Partido Socialista de Cantabria y así acabó ocupando durante algunos años la Dirección General de Educación, como todo un soplo de aire fresco, ganando respeto y consiguiendo que por primera vez en muchísimos años la educación cántabra sobreviviera dos legislaturas completas sin huelgas ni conflictos reseñables, siempre dando ayuda y apoyo a quien encabezaba como titular política la consejería, Eva Díaz Tezanos.

En 2015,  tras las elecciones autonómicas y la renovación del pacto con el PRC, Ramón vino a ocupar la consejería, para tratar de reconstruir con su sabiduría, su oficio y su pasión los desaguisados de cuatro años de recortes y de falta de fe en la educación en general y en la pública en particular. Fue entonces cuando me llamó por teléfono para decirme que quería contar conmigo en el área de cultura y donde acabamos concluyendo que mi espacio perfecto era el Palacio de Festivales de Cantabria, de cuya programación me hice cargo a partir de octubre de 2015.

Hoy, con el otoño a punto de iniciarse, con el curso académico recién comenzado, con su cese caliente sobre la mesa política, quiero recordar en este blog a Ramón, para reconocer su esfuerzo, su continua apuesta por el diálogo, los riesgos asumidos como esa polémica transformación del calendario escolar de Cantabria, para resaltar su energía, su incapacidad para el desaliento, sus horas y horas al frente de la educación, la cultura y el deporte de Cantabria, compaginadas con su entrega al partido, de nuevo tratando de sentar a todos en la misma mesa para llegar a acuerdos como aquel que consiguió sellar para que Pedro Casares fuera elegido Secretario general de la agrupación de Santander.

Y por supuesto, porque quiero darle de manera pública las gracias por haber confiado en mí y por haberme dado una oportunidad que, espero, haber aprovechado para llenar mi pequeño espacio de responsabilidad de esos mismos valores y de esa misma valentía que siempre han caracterizado a Ramón Ruiz, y sobre todo haber respondido a lo que esperaba cuando vino a buscarme.

Termino con el principio, con su vinculación al movimiento scout. Dicen los exploradores que la norma básica es marcharte dejando todo un poco mejor de lo que estaba: sin duda Ramón puede marcharse con la cabeza muy alta.

martes, agosto 22, 2017

CUERPOS QUE ABRAZAN. Pequeño homenaje a las gentes del teatro.



Algunas veces pienso que este blog recuperaría su vieja vitalidad si remara a la contra, si se limitara a valorar los artículos que en los últimos tiempos publican Pérez Reverte o Javier Marías y que tantas veces consiguen enfadarme. Ha pasado ya bastante tiempo desde que Marías publicó uno especialmente agresivo e injusto contra el teatro español, refrito de otro anterior de parecido tono negro, pero ya no pienso en una respuesta, sino más bien en que me gustaría escribir mi propia mirada sobre lo que yo he conocido de las gentes del teatro, de esos a los que hay quien pretende insultar llamándoles titiriteros.
 
Hace casi dos años que me incorporé a mi trabajo actual. Hasta entonces había sido espectador perezoso de teatro, y es que las tablas no estaban en mi educación sentimental. Sí la música, pasión grande para mi madre y contagiosa, y pronto la danza, mejor la contemporánea, desde que a edad muy temprana me pasmé contemplando a los Ballets del Siglo XX de Maurice Bèjart interpretando su Bolero y su Consagración de la primavera. Pero con el teatro mi comunicación había sido sobre todo textual y clásica. Muchas veces me explicaba a mí mismo que el tiempo era poco y el peculio escaso, y que puesto que no podías rendirte a tantos dioses, había decidido centrarme en dos, los libros y la música, así que ni mi corazón ni mi monedero daban para mucho más.
 
Pero el amor y las artes ensanchan el corazón y siempre necesitan más. Confieso que me he rendido al teatro en cuanto he tenido acceso a otras obras, otros métodos, otras dramaturgias, que hoy diría que hay un perfil teatral muy comercial que no me llama la atención pero que siempre merece la pena explorar y disfrutar de lo que el trabajo esmerado y constante de tantas personas levanta sobre los escenarios. Esas personas comprometidas con su profesión y su pasión incluso en tiempos de crisis, de recortes, de pobreza, y en un país que a lo mejor a su cultura no le da el valor ni la importancia que de verdad merece. Esas personas son muchas y muy diferentes, y no siempre están a la vista del público, son actrices y actores, autores y directores, claro. Pero también todas las profesiones que juntas edifican el espacio escénico, las que le aportan luz y vida sonora, las que visten y desvisten, las que maquillan y peinan, las que diseñan todo ese universo que nos abre su alma cada vez que los telones se descorren o las luces de sala se apagan, las que en cada teatro se ocupan de que la vida, digo la representación, surja tal y como estaba previsto.
 
Me han regalado en estos dos años muchas emociones. He llorado, demolido, durante La piedra oscura, y necesito volver a disfrutar del trabajo de Nacho Sánchez. He temblado otra vez con Homero cuando Guillem Cluá y La Joven Compañía han desplegado ante mis ojos atónitos las llanuras de Troya con su Proyecto Homero. He temblado ante la tragedia humana que latía entre las palabras de los resistentes numantinos y me he roto buceando en el horror que Wadji Mouawad convierte en incendio. He reído en La Abadía y he sentido fiebre en Mérida, he vivido la transformación de una vieja pensión en el castillo de Macbeth, he compartido tantos momentos mágicos durante tantas representaciones y a veces disfrutado de unas cañas tan especiales después que si tuviera que elegir una palabra para resumirlo todo sería gratitud. Pero en su lugar voy a elegir abrazo.
 
Y es que yo soy un hombre del norte, tímido y frío, casi diría que un anoréxico emocional. Yo crecí en el norte y en una familia cálida y acogedora, pero como lo son por aquí la mayoría de muy escasa efusividad, tanto que aún recuerdo con horror a ese único amigo que para saludar te plantaba un enorme abrazo en mitad de la calle, haciendo que tu cuerpo se quedara rígido y estúpido, sin saber reaccionar. ¡Si ni siquiera sé cómo comportarme cuando alguien me gusta, no sé qué pasos debo dar ni cuándo apostar por una ligera caricia o un apunte de beso!
 
Los actores, las actrices, han hecho de sus cuerpos su instrumento de trabajo y su lenguaje, vuelcan sus emociones y las comparten. La experiencia personal de sus compañías fugaces ha sido la comprobación de que en su mayor parte son cercanos, vitales, agradecidos, que ponen toda la carne en el asador para salir adelante en una profesión que apenas les garantiza subsistir, y a pesar de todo se afilian al entusiasmo en cada ensayo, en cada entrenamiento, en cada función. Jóvenes y veteranos, nombres grandes y nombres que aparecen en los carteles un poco más pequeñitos, clásicos y arriesgados, todos parecen cortados por ese mismo patrón de la generosidad abierta. Con sus aciertos y sus fallos, con sus noches afortunadas y las que sería mejor ocultar con un poco de olvido.
 
Son gente que abraza. Mucho. Y que te enseña a disfrutar de los abrazos.
 
Teatro, sí. Puro teatro.

sábado, agosto 12, 2017

ESCUCHANDO EL SILENCIO


 
 
Larga conversación esta mañana de sábado con la pianista Patrín García-Barredo. Una conversación de las de verdad, lejos del vértigo, acompañada por sonrisas cómodas y, qué le vamos a hacer, en torno a cuestiones que importan, música sobre todo.
 
Hablamos de pedagogía y de conciertos, de lo trivial y espectacular, de lo hueco, frente a esos espejos de humanidad con los que el arte, cuando lo es, nos enfrenta, obligándonos a parar y a pensar. Vamos atravesando por el Album para la juventud de Schumann, el tercer concierto de Beethoven, la profesora húngara que explica a sus pequeños oyentes que hay finales para aplaudir y finales para callar. Hablamos de las versiones de la Pasión según Mateo firmadas por Harnoncourt y por Leondhardt, de repertorios trillados y repertorios infrecuentes. Coincidimos en la vulgaridad vacía del Niño del pijama de rayas y en proponer como ejemplo perfecto de cursi una de esas obras arpegiadas y horribles con las que nos empujaban a horrorizar a las visitas, El lago de Como.
 
Nos extendemos hablando de la musa, de la magia, del silencio, de ese silencio que algunas veces, pocas, escuchamos en la sala de conciertos porque el intérprete se limitaba a ser un mediador entre la música y el público sin imponer su excentricidad "interesante", porque esa tarde sus manos viajaban hacia el interior de la partitura dejándola volar, porque la música era la exacta para el momento y llegaba hasta unos oídos que estaban deseando escuchar precisamente esa y cuerpos cargados de energía que podían canalizar hacia la atención y la escucha. Esas veladas irrepetibles en las que se hace evidente para todos los actores implicados que el silencio ha hecho su presencia, que se podría cortar con un cuchillo de puro carnal, esas en las que el silencio se escucha.
 
Sí, se escucha. Lo sabemos y lo tenemos comprobado con los experimentos de Cage y con nuestra propia experiencia, sabemos que cuando el ruido cesa, cuando la velocidad de la vida contemporánea se amansa y los decibelios se duermen, nuestro oído permanece alerta. Cesarán el reggaetón y el electro-latino en la verbena, cerrarán los garitos y los borrachos se alejarán hacia sus barrios antes de que los motores vuelvan a soñar cuando, aún despiertos, nos haremos conscientes de nuestra respiración, de los latidos del corazón del perro, de la lluvia mínima acariciando los cristales y las baldosas, de los cantos de tantos pájaros tan diferentes marcando su particular danza de las horas. Y cuando lluvia, corazón y pájaros se diluyan, afinaremos más y alcanzaremos a escuchar la humedad, la vida o el salto del petirrojo sobre un pequeño manto de hojarasca.
 
Demasiados gritos, demasiada prisa, demasiada inmediatez, quizás todo parte de un perpetuum mobile que nos aturde más contemporáneos que nunca. Pero es en esa música callada, la del silencio, donde de verdad estamos vivos. Escuchemos.
 


martes, agosto 01, 2017

"33 Instantáneas", la infinita generosidad de Leo.


Me pregunta Amelia el otro día "¿Eres consciente de todo lo que te está regalando Leo?".

Estamos desayunando en Casimira uno o dos días después de la presentación de "33 Instantáneas" en la que ella y Chan tuvieron que esperar fuera, entre ese grupo que no pudo acceder al CASYC UP por falta de aforo, que se perdieron esa tarde tan emocionante, tan bella y dura a la vez, esa en la que hubo tantas palabras, tanto cariño y, qué le vamos a hacer, lágrimas disimuladas por la oscuridad de la sala y por las oportunas intervenciones musicales de Los Arrancacorazones.
 
Sí, soy consciente. Consciente de que Leo trajo a mi vida muchos golpes de magia. El más importante, quizás, esa sensación de amar y de ser amado, de compartir la vida literalmente hasta el último aliento, de trabajar por una historia común llena de proyectos compartidos, con pequeñas discusiones y grandes encuentros. Esa sensación que llegó cuando, Leo se enfadaría conmigo por decirlo, cuando yo estaba ya convencido de que ese amor no llegaría, no tendría su espacio, que me iría apagando sin vivirlo fuera del cine o de la literatura, quizás convencido de que por alguna razón no me lo merecía. Leo hubiera dicho que le molestaba mucho que yo "me echara para abajo", que era lo mismo que llamarle a él imbécil por estar conmigo. Pero así me sentía en aquellos años tan lejanos ya en que nos encontramos y en los que decidimos que merecía la pena apostar por estar juntos.
 
Leo me dio seguridad, me dio amor, me dio la capacidad de apreciar el día a día, me descubrió el horror de los celos, el miedo a perderle, la posibilidad de ser generoso, de improvisar detalles, de pensar por dos, me hizo saber que podía estar a la altura debida en los días difíciles, casi siempre, me recordó que por más que mis palabras mintieran mis ojos eran transparentes, demasiado transparentes ("no me mires así que vas a preocuparme, yo me voy a curar porque soy feliz y quiero seguir viviendo"). Leo me dio la intimidad de su cuerpo bellísimo, el placer de su sonrisa, la alegría de sus payasadas constantes. Me dijo que merecía la pena apostar y romper. Me dio vida, mucha vida.
 
Leo me ha dado también un libro de poemas cargado de palabras, lento, seguro, que ha ido naciendo con precisión para arañar desde mi soledad, mi dolor y su ausencia sentimientos universales con los que volar y compartir experiencia y memoria. Y con estos poemas que se han enmarañado en "33 Instantáneas" me ha otorgado de nuevo el don de la poesía, la sorpresa constante de la conmoción, el susto de ver cómo tantas personas se acercan a las presentaciones, tantas me cuentan lo que han sentido con su lectura y algunas me explican cuánto han llorado, por qué y por quién, cómo se han sentido protagonistas de nuestra historia porque habla también de las suyas. La magia de la literatura, el poder de la poesía, el vuelo de la palabra.
 
Uno de los poemas comienza diciendo "Él es el verano". Sí, es el verano, lleno de frutos, de generosidad, de plenitud, una renovación infinita de la luz y de la vida, ese verano que me obliga a recordar, a estar atento a cada fruto y que le hará permanecer vivo mientras yo pueda sostenerme en pie, mientras me quede aliento.

viernes, julio 07, 2017

TIEMPO DE PRIMARIAS


 
Vuelve a tocar primarias, esta vez para la elección del Secretario o Secretaria General de los socialistas de Cantabria, con dos candidaturas, la del alcalde de Santa Cruz de Bezana, Pablo Zuloaga, y la de la actual secretaria general y vicepresidenta del Gobierno de Cantabria Eva Díaz Tezanos.
 
Siempre he sido partidario de lemas como el de "un militante, un voto" y por tanto de la celebración de primarias (que defiendo además abiertas a simpatizantes si de candidaturas electorales se trata), así que bienvenido el proceso y bienvenidos al proceso todos los que en el Congreso del PSOE de Sevilla tuvieron tantos recelos y votaron tan en contra, transformados hoy en primeros espadas de esta opción procedimental. Bienvenida también la competencia, que permite comparar proyectos y nos permite a todos y cada uno de los militantes tomar una decisión a partir de nuestra visión del partido, de nuestra experiencia en el partido, de todo lo que sabemos del partido y también de lo que intuimos, que obliga también a cada candidatura a afinar sus propuestas y a acercarse a lo que la militancia vaya perfilando como su modelo.
 
No va a ser una sorpresa para nadie que me siga en las redes mi apoyo a Eva Díaz Tezanos en este congreso, porque ya lo hice público desde el primer momento y porque tengo algunas razones positivas y para mí importantes que me hacen pensar que hoy, en este julio de 2017, una victoria de Eva sería buena para el PSOE y como tal buena para Cantabria. En positivo y tratando de no cuestionar ni de minusvalorar al candidato alternativo, pero con bastante claridad en las razones de mi apuesta.
 
Nadie es perfecto, nos subrayó en un momento épico Billy Wilder, y por tanto creo que la última dirección regional (como todas las anteriores) del PSC-PSOE ha cometido errores, puede haber fallado en diferentes ámbitos y determinadas decisiones. Sé que Eva Díaz Tezanos es una mujer muy poco autocomplaciente y es consciente de todos los debes del equipo que ahora finaliza su mandato, y que precisamente por eso tiene muy claro cómo debe actuar para corregirlos. Pero más allá de esa mirada al pasado, hacia el futuro son tres o cuatro puntos esenciales los que me acercan a Eva.
 
En primer lugar, Eva es una mujer con ideas muy claras de izquierda. Ese bagaje ideológico me parece fundamental y se ha reflejado en las políticas que ha impulsado desde las áreas del Gobierno de Cantabria que gestiona el PSOE. Una cultura de izquierda que traslada a su visión del partido y que espero que esta vez mejore de forma considerable en los capítulos de formación de militantes y cargos y en la generación de espacios de encuentro y debate.
 
En segundo lugar, Eva es una mujer que sabe escuchar y que sabe dialogar. Incluso en los momentos en que podemos haber estado más distanciados, en que podemos haber apostado por opciones más alejadas, he sentido esa cualidad de Eva, la he sentido cercana y cordial. Y para mí el diálogo y la escucha activa son cualidades definitivas para el buen camino de un proyecto, significan la capacidad para crear y dirigir equipos de trabajo y suponen una invitación al trabajo común, muy lejos de liderazgos personalistas tan a la moda en el mundo actual. Entiendo que su proyecto tiene mucho de estos valores y mucho del deseo de profundizar en ellos como herramientas de transformación en el propio partido.
 
Eva, tres, es una trabajadora nata. Doy mucho valor a ese esfuerzo del día a día, a ese derroche de fuerzas que a veces me parece imposible de soportar. Es también una mujer comprometida con lo que hace y con lo que siente, leal con instituciones, compañeros y compromisos. Todo junto me lleva a pensar que si articula un buen equipo, un equipo que se comprometa en la misma medida en la que ella lo hace siempre, va a ponerlo todo en renovar la fuerza del PSOE en Cantabria y en la recuperación de mejores resultados electorales.
 
Por último, me considero intuitivo, tengo información sobre el partido, memoria sobre el partido, una mochila personal que no tiene sentido poner por escrito. Desde lo que conozco, me siento en este julio de 2017 inclinado a ofrecer mi confianza a Eva, me ofrece seguridad y creo de verdad que su empeño y su talante están en la construcción de nuevos horizontes, en la cura de viejos vicios tan enquistados en macroestructuras como lo que puede ser todavía el PSOE, en un partido abierto en el que todos podamos sentirnos cómodos, en casa. Que todos podamos sentir nuestro.
 
Sé que algunos compartiréis esta valoración en todo o en parte. Otros no estaréis de acuerdo en la parte o en el todo, y dirigiréis vuestra confianza hacia otras direcciones. Supongo que en eso consiste la democracia, entre otras cosas, en ser capaz de tomar decisiones desde la propia autonomía y con el máximo respeto a otras. Pero estas son mis razones, y por ellas avalé a Eva Díaz Tezanos y el domingo 16 iré a votarla.


jueves, julio 06, 2017

AMIGOS EN FUGA



Yo también me he marchado algunas veces: distancia paulatina con los amigos del colegio al llegar al instituto, donde quedábamos reagrupados de manera diferente, donde conocíamos a chicos y chicas procedentes de otros centros, cuando al ir definiendo nuestra adolescencia nos sentíamos un poco extraños en la cofradía de los aventureros, los populares y los guapos. De nuevo la distancia al comenzar la universidad, cuando nos fuimos dispersando y yo era el único de la pandilla que no regresaba a casa en vacaciones porque nuestras vacaciones no transcurrían en la vieja y entrañable Reinosa hasta llegar esa tarde en la que te das cuenta de que ya no sabes en qué anda cada uno y no te han llegado las noticias y permaneces en silencio durante la mayor parte de la velada. Otra vez la distancia, cuando tu gente de la universidad va incorporándose a sus trabajos, casándose, formando sus familias y tú te quedas un poco al margen de unos nuevos horarios y unas formas diferentes de celebrar la vida.
 
No, nunca pasó nada que justificara esa lejanía, nunca hubo una bronca ni un frío súbito, simplemente pasó, quizás ya no queríamos lo mismo, no vivíamos lo mismo. Quizás todavía mis secretos eran demasiado absorbentes y me abrumaba tener que compartir mi extrañeza. Quién sabe. La única certeza, que siempre están en la memoria y en el corazón, y que los escasos reencuentros son felices, como si de pronto volviéramos a tener catorce, dieciocho, veintisiete...
 
Escucho estos días a menudo esa hermosísima pieza de Bach, el Capricho sobre la lejanía del amigo queridísimo, y me doy cuenta de que son otros ahora los que se encuentran en fuga. De nuevo lo que ha pasado es nada, nada más que un otoño en el que las hojas van cayendo sin prisa hasta dejar desnuda cada rama. Se va volviendo imposible encontrar una hora común para ir al cine, las llamadas telefónicas se quedan a veces sin respuesta, dejas de formar parte de las prioridades ajenas. Pero no pasa nada, salvo un tiempo que se abre lleno de interrogantes hacia el futuro y de agradecimientos hacia el pasado, agradecimiento por tantos momentos grandes, por tanta felicidad común, por tanto apoyo en los momentos duros y tantas risas a la hora de la fiesta. Nada, salvo una pequeña melancolía que se va fundiendo con las notas del clave y pinta de gris, de un gris clarito, esta tarde de julio en que como ya imaginaba decido dejar que el agua y la arena fluyan entre los dedos, sin luchar por lo que quiere ir terminando.

martes, junio 27, 2017

ORGULLO SOBRE HIELO (Relato)




ORGULLO SOBRE HIELO

Para Javier Raya

I.

La procesión avanzaba solemne hacia el centro del estadio. El rito era viejo y conocido, unas muchachas rubias y despampanantes con el barroco traje nacional lleno de cintas blancas, azules y rojas, dos circunspectos representantes de la Federación Internacional de Patinaje y una mujer madura y digna que representaba al Comité Olímpico Internacional. Junto a ella, Aleksey Rubin, que dominara la escena del hielo durante los años cincuenta y conservara todavía cierta aureola mítica. Cerraban el desfile los tres vencedores de la competición. La medalla de bronce sería para la estrella local, Vadim Liadov, la plata para el canadiense Dermot McAllister y , gran sorpresa, el oro para el español David Muro, que con sus tempranos 19 años había deslumbrado a público y jueces en toda una exhibición de fuerza, perfección técnica y expresividad.

No es que Muro fuera un desconocido en el mundo del patinaje. Desde su salto a las competiciones internacionales inferiores a los 14 años había conseguido triunfos importantes y una progresión espectacular desde que dos años más tarde se mudara a Chicago para entrenar con Dora Carver, tan temida como admirada, capaz de destrozar física y mentalmente a los pupilos que no fueran capaces de alcanzar el alto nivel exigido, pero perfecta para convertir a sus chicos en oro. Y el pequeño David había resistido. Sin embargo, sus juegos no eran, no iban a ser, los de Sochi. Por su edad, por su tiempo en la alta competición, el objetivo era un buen papel, la final tal vez, impresionar los ojos de los jueces para que cuatro años después, en la ciudad coreana de Pyeongchang no hubiera rival capaz de batirle. Dora se había dado cuenta muy pronto de que tenía en sus manos a otra estrella, ese David tímido pero brillante y seguro de sí mismo iba a llegar hasta el podio soñado. 

La propia entrenadora se quedó boquiabierta cuando el joven español bordó más allá de lo posible una coreografía diabólica, lenta, sobre la Primera Sinfonía de Mahler. Una comentarista de la televisión canadiense afirmó haberse quedado muda mientras contemplaba en la pista cómo patinaba un ángel. Un programa de corte clásico que arrancó ovaciones atronadoras y las puntuaciones más altas. Se abrió el programa libre con ciertos murmullos (¿Lady Gaga? ¿Cómo era posible que se hubieran atrevido a montar precisamente para aquellos juegos un programa libre sobre el Born this way de Lady Gaga?) pero pronto la frescura del muchacho, la impecable limpieza de su deslizamiento, su sonrisa contagiosa, el orgullo desafiante de su gesto al clavar cada una de las piruetas, cambiaron los murmullos por aplausos, los aplausos por gritos de entusiasmo y los gritos por dieces. El oro, sí, el oro de Sochi 2014, con la aprobación unánime y la sincera reverencia con la que el medalla de plata, McAllister, pareció decir "hoy has sido un dios, y contra un dios es inútil competir".

Así que David Muro, el español entrometido que había robado la gloria a los veteranos, cerraba la procesión con el rostro sereno y solemne. Y sereno y solemne lo sostuvo durante la imposición de las medallas, sin que la emoción consiguiera romperle ni cuando Rubin, el campeonísimo ruso, le colgó el oro sobre el pecho, ni cuando la bandera y el himno de España se abrieron paso entre el silencio del pabellón.


II.

Puede que nunca en la historia de unos Juegos Olímpicos de Invierno se hubiera producido un escándalo de magnitud semejante. Los medios de comunicación ardían enviando hipótesis, provocando debates, buscando declaraciones. Se decía que no tardaría David Muro en ofrecer una rueda de prensa. Se decía también que la organización de Sochi se negaba a dar soporte a esa comparecencia, que tampoco la admitiría en la Villa Olímpica. El Príncipe de Asturias y su esposa habrían adelantado por sorpresa su regreso a España y al Secretario de Estado para el Deporte se le había visto gritando por los pasillos del pabellón de hielo, indignado o desconcertado, según el momento. El griterío en el pabellón era ensordecedor y no hacía falta hablar ruso para entender que se sucedían los insultos, a pesar de que en algunos asientos, en algunas delegaciones, entre algunos patinadores se mantenía la misma actitud de entusiasmo y respeto con que se había iniciado la ceremonia. 

En efecto, tras finalizar el himno, solo un instante después de descender del podio, David Muro se había quitado la medalla de oro y la había arrojado hacia la pista de hielo. El canadiense afirmó más tarde haberle escuchado "hoy se acaba mi carrera deportiva, pero de aquí no pienso llevarme ni esto". En medio de la ola de indignación que arrasó el pabellón, atravesando las miradas incrédulas de los gerifaltes olímpicos, esquivando el empellón enfadado que trató de asestarle Rubin, con el paso firme y el mismo gesto calmado de toda la ceremonia, el joven campeón se dirigió hacia el asiento de su entrenadora, que con mirada grave se levantó, asintió con la cabeza y abrazó con fuerza al muchacho.

Fue allí mismo, en el pasillo que conectaba la pista con los vestuarios, donde David Muro sacó su teléfono móvil, marcó un número y, ahora sí, apenas sostenido por los brazos de Carver, con los labios temblándole, se limitó a decir "¿Entiendes ahora por qué tenía que venir a Sochi, Pablo? ¿Entiendes ahora por qué era tan importante venir y ganar? ¿Lo entiendes ahora, maldito idiota?"

Mientras al otro lado alguien sollozaba lleno de amor y de rabia  "Joder, David, te quiero. Joder, joder".


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