martes, junio 27, 2017

ORGULLO SOBRE HIELO (Relato)




ORGULLO SOBRE HIELO

Para Javier Raya

I.

La procesión avanzaba solemne hacia el centro del estadio. El rito era viejo y conocido, unas muchachas rubias y despampanantes con el barroco traje nacional lleno de cintas blancas, azules y rojas, dos circunspectos representantes de la Federación Internacional de Patinaje y una mujer madura y digna que representaba al Comité Olímpico Internacional. Junto a ella, Aleksey Rubin, que dominara la escena del hielo durante los años cincuenta y conservara todavía cierta aureola mítica. Cerraban el desfile los tres vencedores de la competición. La medalla de bronce sería para la estrella local, Vadim Liadov, la plata para el canadiense Dermot McAllister y , gran sorpresa, el oro para el español David Muro, que con sus tempranos 19 años había deslumbrado a público y jueces en toda una exhibición de fuerza, perfección técnica y expresividad.

No es que Muro fuera un desconocido en el mundo del patinaje. Desde su salto a las competiciones internacionales inferiores a los 14 años había conseguido triunfos importantes y una progresión espectacular desde que dos años más tarde se mudara a Chicago para entrenar con Dora Carver, tan temida como admirada, capaz de destrozar física y mentalmente a los pupilos que no fueran capaces de alcanzar el alto nivel exigido, pero perfecta para convertir a sus chicos en oro. Y el pequeño David había resistido. Sin embargo, sus juegos no eran, no iban a ser, los de Sochi. Por su edad, por su tiempo en la alta competición, el objetivo era un buen papel, la final tal vez, impresionar los ojos de los jueces para que cuatro años después, en la ciudad coreana de Pyeongchang no hubiera rival capaz de batirle. Dora se había dado cuenta muy pronto de que tenía en sus manos a otra estrella, ese David tímido pero brillante y seguro de sí mismo iba a llegar hasta el podio soñado. 

La propia entrenadora se quedó boquiabierta cuando el joven español bordó más allá de lo posible una coreografía diabólica, lenta, sobre la Primera Sinfonía de Mahler. Una comentarista de la televisión canadiense afirmó haberse quedado muda mientras contemplaba en la pista cómo patinaba un ángel. Un programa de corte clásico que arrancó ovaciones atronadoras y las puntuaciones más altas. Se abrió el programa libre con ciertos murmullos (¿Lady Gaga? ¿Cómo era posible que se hubieran atrevido a montar precisamente para aquellos juegos un programa libre sobre el Born this way de Lady Gaga?) pero pronto la frescura del muchacho, la impecable limpieza de su deslizamiento, su sonrisa contagiosa, el orgullo desafiante de su gesto al clavar cada una de las piruetas, cambiaron los murmullos por aplausos, los aplausos por gritos de entusiasmo y los gritos por dieces. El oro, sí, el oro de Sochi 2014, con la aprobación unánime y la sincera reverencia con la que el medalla de plata, McAllister, pareció decir "hoy has sido un dios, y contra un dios es inútil competir".

Así que David Muro, el español entrometido que había robado la gloria a los veteranos, cerraba la procesión con el rostro sereno y solemne. Y sereno y solemne lo sostuvo durante la imposición de las medallas, sin que la emoción consiguiera romperle ni cuando Rubin, el campeonísimo ruso, le colgó el oro sobre el pecho, ni cuando la bandera y el himno de España se abrieron paso entre el silencio del pabellón.


II.

Puede que nunca en la historia de unos Juegos Olímpicos de Invierno se hubiera producido un escándalo de magnitud semejante. Los medios de comunicación ardían enviando hipótesis, provocando debates, buscando declaraciones. Se decía que no tardaría David Muro en ofrecer una rueda de prensa. Se decía también que la organización de Sochi se negaba a dar soporte a esa comparecencia, que tampoco la admitiría en la Villa Olímpica. El Príncipe de Asturias y su esposa habrían adelantado por sorpresa su regreso a España y al Secretario de Estado para el Deporte se le había visto gritando por los pasillos del pabellón de hielo, indignado o desconcertado, según el momento. El griterío en el pabellón era ensordecedor y no hacía falta hablar ruso para entender que se sucedían los insultos, a pesar de que en algunos asientos, en algunas delegaciones, entre algunos patinadores se mantenía la misma actitud de entusiasmo y respeto con que se había iniciado la ceremonia. 

En efecto, tras finalizar el himno, solo un instante después de descender del podio, David Muro se había quitado la medalla de oro y la había arrojado hacia la pista de hielo. El canadiense afirmó más tarde haberle escuchado "hoy se acaba mi carrera deportiva, pero de aquí no pienso llevarme ni esto". En medio de la ola de indignación que arrasó el pabellón, atravesando las miradas incrédulas de los gerifaltes olímpicos, esquivando el empellón enfadado que trató de asestarle Rubin, con el paso firme y el mismo gesto calmado de toda la ceremonia, el joven campeón se dirigió hacia el asiento de su entrenadora, que con mirada grave se levantó, asintió con la cabeza y abrazó con fuerza al muchacho.

Fue allí mismo, en el pasillo que conectaba la pista con los vestuarios, donde David Muro sacó su teléfono móvil, marcó un número y, ahora sí, apenas sostenido por los brazos de Carver, con los labios temblándole, se limitó a decir "¿Entiendes ahora por qué tenía que venir a Sochi, Pablo? ¿Entiendes ahora por qué era tan importante venir y ganar? ¿Lo entiendes ahora, maldito idiota?"

Mientras al otro lado alguien sollozaba lleno de amor y de rabia  "Joder, David, te quiero. Joder, joder".


jueves, abril 06, 2017

CARTA ABIERTA A LA FISCALA MARTÍNEZ TORRIJOS


Muy Señora Mía:

Desde hace unos días recibo cierta sobrecarga de información desde la Audiencia Nacional, sí, ese tribunal de funciones extrañas cuyo encaje en una estructura judicial democrática ha sido puesto en cuestión tantas veces y por voces tan autorizadas. Información referente sobre todo a la aplicación de un precepto legal de también más que dudosa validez democrática, que más parece una herramienta represora contra una libertad tan importante como la de expresión, eso sí, empuñada siempre contra ciertos sectores de la sociedad porque parece que ni usted ni sus compañeras de fiscalía parecen inmutarse cuando las humillaciones, bromas, insultos o descalificaciones surgen en otros puntos cardinales. Ya sabe, se puede agredir a los descendientes de personas asesinadas en las cunetas por El Enanito Cruel también conocido como Paca la Culona (por el General Millán Astray, ya usted sabe, no se vaya a pensar que tengo yo afanes de malmeter contra nadie) siempre que se sea Rafael Hernando y portacoz parlamentario del PP, se puede decir, si se es un alcalde del PP gallego, que los asesinados en la represión franquista lo serían por algo, o incluso hacer comentarios dolorosos y obscenos contra los homosexuales siempre que se sea obispo de algún sitio, Alcalá de Henares, sin ir más lejos. Entonces no, no hay fiscala ni magistrada que se atreva, vaya que no.

Cassandra hace unos días, Dani Mateo o El Gran Wyoming ahora, por chistes, madre mía, por chistes. Cómo comprendo yo cuando usted y otras señoras compañeras de profesión claman por los pocos medios que a su disposición pone el estado, porque si se trata de enchironar a toda persona que en algún momento de su vida haga un chiste más o menos zafio, con alguna víctima precisa o colectiva, todos necesitaríamos ir vigilados por entregadas vigilantes que a su vez necesitarían vigilantes que a su vez necesitarían vigilantes, y así hasta el infinito y más allá. Plus Ultra.

No se vaya a creer usted que a mí Cassandra me resulta especialmente simpática, Dani Mateo sí, aunque no somos ni primos ni nada eh, no se vaya a pensar. Pero que tenga una cierta obsesión la chiquilla por escribir el verbo matar en el Twitter no parece suficiente para que se inicie un proceso penal en la Audiencia Nacional nada menos (ya sabe, ni siquiera ante el preceptivo juez natural) y mucho menos para que tras las diatribas de la fiscala, tres magistradas decidan una condena que, permítame decirlo, nadie entiende.

Más allá del caso, dicen unos amigos que además las magistradas y la fiscala, usted misma, han intentado humillar a la procesada refiriéndose siempre a ella en género masculino, cuando basta ver unas fotos de la señorita Cassandra para tener claro que es una mujer, que esa es su identidad, su decisión, y su derecho a la intimidad por cierto, que yo no tenía por qué saber que es mujer transexual. Pero venga y venga ustedes con "el acusado" y demás. Según mis amigos para ejercer un plus de insulto y humillación que, por cierto, también debería hacer que ustedes mismas se autoprocesaran por ir contra el mismo artículo que supuestamente estarían aplicando tan celosas.

Yo creo, sin embargo, que en este punto ha sido usted una incomprendida, que en realidad usted ha tratado de erigirse en demoledora oficial de las barreras binarias de género y ha decidido que todos somos masculinos, femeninos, neutros, epicenos y comunes en pro de la verdadera igualdad, y que suprimidas estas barreras genéricas en el lenguaje, haremos un mundo mejor en el que todas seremos todos y todos seremos todas. Así que me sumo a su propuesta y me refiero a usted no con la identidad sexual que usted asume socialmente sino con cualquier otra, la femenina por ejemplo, para abundar en la contradicción y abrirme con usted hacia el futuro, brava señora.

Ya era hora, ya era hora, de que una mujer valiente, y fiscala por lo demás, diera un paso tan grande al frente.

Me despido cordialmente como modesta servidora suya.

miércoles, marzo 29, 2017

LA JOVEN COMPAÑÍA. AMOR A PRIMERA VISTA


Con los hombres tengo siempre o mal ojo o mala suerte, con la gente en general acierto al 50%, con los perros o la comida es más bien raro que me lleve una mala sorpresa. Por alguna razón, sin embargo, al enfrentarme con esas extravagancias que en conjunto se suelen conocer como artes o cultura las intuiciones se afinan hasta casi un 100% de satisfacción.
 
Fue hace algo más de un año cuando tuve por vez primera noticia de la existencia de La Joven Compañía y de su trabajo. El azar hace su trabajo, y no deja de ser azar feliz que justo aquel día yo volviera a comprar el periódico que leí durante años y al que ahora solo me acerco muy de tarde en tarde. Casualidad que mis ojos prestaran ya mucha más atención al teatro de lo habitual, puesto que mis hábitos y responsabilidades habían experimentado un fuerte cambio reciente. Casualidad que la noticia hablara no solo de una compañía de características muy precisas, sino que además lo hiciera relacionándolos con uno de esos viejos queridos compañeros de travesías literarias, Homero.
 
Así que desde la lectura del periódico a la primera exploración del Google y a la primera llamada a la compañía no debieron de pasar más de unos pocos minutos.

La empatía fue inmediata, como era de esperar, la ilusión de todos y cada uno de los integrantes de LJC con los que fui hablando en diversos momentos, David, José Luis, Olga, Pedro... es contagiosa como un maravilloso virus, el proyecto de llevar a los jóvenes al teatro, de hacerlo como actores pero también como técnicos, gestores, directores, autores y especialmente como público era una clara respuesta a mis oraciones a Talía y a Melpómene. El hambre de teatro iba creciéndome hasta que por fin pude convertir en realidad esa ansia de entrar al Conde Duque y sentarme durante unas cuantas horas para ver, seguidas, las dos partes del Proyecto Homero, Ilíada (adaptada por Guillem Clua) y Odisea (en la lectura de Alberto Conejero). Baste decir que me resultaron ambas obras un fuerte impulso eléctrico, una tensión salvaje en la atención, en la mente, en la memoria, en el corazón, que me reí, que me agité, que volví a vivir las peripecias de griegos y de troyanos. Y que lloré, casi desconsolado, cuando Aquiles (Álvaro Quintana) toma en sus brazos el cadáver de Patroclo (Javier Ariano) para acunarlo, besarlo, llorarlo, mientras la oscuridad cubría sus ojos en una imagen que para mí solo podía ser atroz, demoledora, un eco de ese instante terrible en el que la oscuridad cubrió los ojos de Leo mientras se desplomaba sobre mis frágiles, inútiles, brazos.

Regresé a Madrid para disfrutar de una versión brillante de La isla del tesoro, divertida, con un punto feminista, con una vuelta de tuerca como siempre para que las preocupaciones de chicos y chicas puedan estar presentes encima de las tablas, para hacer la historia cercana no solo en el qué se cuenta sino en el cómo se cuenta, analizando sus hábitos de consumo cultural, sus exigencias de intérpretes jóvenes, de rapidez, de presencia de música y de recursos audiovisuales, de una expresividad extrema y tragicómica capaz de despertar risas nerviosas, movimientos en las butacas, ojos húmedos, comentarios susurrados que no pueden esperar para expresar y compartir lo que a cada momento se vive. Regresaré a Madrid para asistir a La edad de la ira, la adaptación que Fernando J. López ha realizado de su propia novela, porque me he jurado ver todo el repertorio de la compañía y ya estoy nervioso por la necesidad de ver Hey boy, hey girl o Fuenteovejuna.

Porque Punk Rock , de Simon Stephens, ya ha caído. Ha caído en esta Santander que una vez en este blog se pensara posible, en la Sala Pereda del Palacio de Festivales de Cantabria, convocando a más de mil adolescentes para un triple propósito: Acercarlos al teatro, crear aficionados, dejar que se sientan parte de la escena, sería el primero. Acompañarlos en un viaje de madurez, de autoconsciencia, de introspección y reconocimiento de las propias grietas a partir de las heridas que habitan el escenario. Denunciar, en fin, el bullying, y ayudar en la lucha contra esa lacra de la violencia en las aulas, del acoso de los abusones.

Punk Rock, además, me ha dado una oportunidad que me hace sentir un privilegiado, la de compartir un poco de tiempo con esas actrices y actores a los que todavía no había dejado tomar la palabra fuera de texto, no más que un par de tuits cruzados con Álex Villazán o con Víctor de la Fuente. Aquí en Santander Punk Rock fueron Víctor de la Fuente, Katia Borlado, Juan Frendsa, Ana Escriu, Jota Haya, Cristina Gallego, Fernando Sainz de la Maza y Tana Payno. Actores y actrices para los que solo tengo palabras de agradecimiento, por su entrega y su altísima calidad durante las representaciones, por su capacidad para convertirse en demiurgos y despertar la voz de esos adolescentes que necesitan contar, que necesitan hablar y que se sienten impelidos a tomar el micro y a vencer sus miedos, por su compromiso, su cercanía, su simpatía, su optimismo, la claridad de sus ideas fuera de la escena. Quizás porque entre camerinos se estuviera representando otra obra, ese sueño de volver a ser joven, volver a sentir la vida con energía, con pasión, con kilómetros de futuro rumbo a las estrellas, con el teatro, la poesía y la luz de las sonrisas como cómplices.

Sé que volveremos a encontrarnos y que a cada encuentro volverán a romperme, volverán a quemarme las cicatrices, volverán a hacerme volar desde la memoria al infinito. Y que cada encuentro será nuevo y vibrante, un homenaje a ese adolescente que nunca ha querido marcharse del todo. Gracias. Gracias. Gracias.

(NOTA: Os he robado una foto de la web, una espléndida foto de David Ruano. Espero que me perdonéis el pecadillo)


martes, marzo 21, 2017

PRISCILLA, C'EST MOI


Hace ya tanto tiempo de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto....

En aquella especie de Neolítico personal, todavía el miedo estaba presente, todavía el mero hecho de sacar una entrada para ver una película de maricas te hacía temblar. Aunque muy pronto la felicidad que destilaba la pantalla, las emociones, los personajes, la música, los colores te envolvían en una especie de nube que te acompañaba al regresar al armario donde tanta vida se estaba quedando apolillada.

Llega años después, muchos años después, Priscilla, el Musical, esa reescritura moderna, espléndida de la vieja película tantas veces vista desde aquella primera vez. Ya no hay miedo, ni temblor, en su lugar la franqueza, la naturalidad, la frescura, cierto poso de cinismo ácido bien asentado con los años. Esa apuesta fuerte que una vez jugaste contra ti mismo de no volver a bajar la mirada, de no volver a las sombras, de no renunciar nunca más a una brizna de vida y que por el momento vas ganando. Pero de nuevo Priscilla te invade como una gran fiesta que te devuelve tu música, tus colores, que te abruma con su desvergüenza feliz, que se despliega ante tu mirada entregada desde el primer minuto como un gigantesco pavo real construido de plumas, lentejuelas, brillos y sonrisas y levanta una copa de champán también por ti, por la vida, desde las manos de ese fantástico elenco de actores, bailarines, cantantes, encabezados por tres grandes artistas que rozan la perfección en sus papeles, José Luis Mosquera, como Bernadette, Christian Escuredo, como Felicia, y ese santanderino de oro que es Jaime Zataraín como Mitzi/Tick.

Priscilla como un chute de felicidad, Priscilla, ay, también como un espejo que de pronto te invade y te abre una puerta hacia tu propia memoria recordándote que tú, Rukaegos, tú eres también esa reinan del desierto.

Tú, Bernadette, porque aprendiste la dignidad cuando todavía no era tan fácil y decidiste resistir. Bernadette porque cuando llegó la muerte de Trumpet te quedaste sin aire, sin suelo, sin vida, a la intemperie, y a pesar de todo no dejaste de caminar. Bernadette, porque desde el temor te levantaste con una lengua afilada al extremo para el combate, con los puños y las rodillas dispuestos a golpear, a hacer daño, cuando se trata de defenderse de esa mierda llamada homofobia, cuando se trata de defender tu espacio y el de tu gente. Bernadette, que de alguna manera sabe que ya ha pasado su tiempo, que ya no pasarán tantas cosas, y que seguramente el tiempo de dormir en compañía se esfumó hace varias temporadas. Bernadette, dura, entrañable, fiera, acogedora.

Tú, Felicia. Porque hubo un tiempo en el que volvían la cara para mirarte, porque hubo pequeños espacios extraños en que además de mirarte te quisieron y hasta se fascinaron. Felicia, porque querías brillar y te llenabas de colores a la moda y tenías siempre a punto la propuesta más loca. Felicia, porque de pronto la realidad te aplastaba contra el suelo y te dejaba allí noqueado, atónito, sin comprender por qué de pronto el mazazo si antes te querían.

Tú, Tick, porque has vivido siempre como si te estuvieran esperando al final de un largo desierto, porque siempre supiste que nunca iba a dejar de doler la diferencia, pero a pesar de todo trabajabas para construir, para decidir, para estar en el centro del escenario proclamando tus normas. Tick, o envidia de Tick, porque claro que soñaste hace tantísimos años con ser padre y establecer una hermosa familia casi tradicional, solo casi. Aunque tuviste que ir dándote cuenta de que no era ese tu camino, que tu vientre se quedaría seco, pero al menos tus labios dignos y altivos encontrarían su fuente de compañía.

Tú, Priscilla, a trancas y barrancas, con la arena molestándote en los zapatos y el sol cegándote los ojos, pero siempre fiel al rumbo de ese norte que, qué le vamos a hacer, al final te había tocado. Tratando de sostenerte, de ser un buen tío y de ser un buen marica, el mejor marica como si te fueras a convertir en un personaje de Queer as folk.

Al final la música termina, los pies te dejan de bailar, las lentejuelas pierden su brillo y las luces se apagan. El Grindr se te llena de tentanciones imposibles y una cierta melancolía te empuja hasta casa, para buscar a tus perros y llevarlos al parque mientras canturreas Go West, We belong, I will survive mientras ellos, los sueños hermosos que te ha dibujado el guapísimo elenco de Priscilla y la realidad tierna de Gin y de Gelo, te hacen los coros. Caminando con la cabeza alta. Buscando en el horizonte ese cartel que te indique cómo llegar a Alice Springs.
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