miércoles, diciembre 09, 2009

MENOS ZERO


Tenía catorce años, puede que trece todavía, cuando por primera vez fui capaz de acercarme a un kiosko y pedir, medio en voz baja, supongo que ruborizado hasta las meninges, una revista. Se llamaba Party, la revista del mundo del espectáculo. Pero yo sabía que en sus páginas no se hablaba de la farándula, sino que se hablaba de mí, del desconcierto que iba viviendo, de lo que iba descubriendo sobre mi orientación sexual, de otros como yo.
No me preguntéis cómo lo sabía. Algunas veces aparecían en la portada de la revista chicos ligeros de ropa, sí, pero otras eran cantantes o actrices. Nadie me había hablado de ella. Pero yo lo sabía. De la misma manera que sentía que era algo vergonzoso comprarla y por eso busqué un kiosko lejos de mi casa y en una de esas zonas en las que el exceso de transeúntes podría diluir la cara que, pensaba, quedaría marcada en la memoria de la kioskera como ilustración de la ignominia. De la misma manera que sabía que al llegar a casa tendría que esconderla, y que tendría que esperar a momentos de soledad o de oscuridad para poder hojearla ansioso, nervioso, muerto de miedo.
Estos días se ha publicado y hablado mucho sobre el cierre de la revista Zero y de su posible recuperación en formato exclusivamente digital. Y claro, un mundo menos zero seguirá siendo matemáticamente mundo. Pero como cuando perdimos Party algo de nosotros se habrá perdido entre esas páginas que nos acompañaron durante algunos años, durante algunos años muy importantes.
Comparto algunas de las ideas que he ido leyendo en foros y blogs acerca de los malos resultados de la revista en los últimos meses. Es cierto que había perdido parte de activismo y estaba recreándose tal vez en exceso sobre la imagen glamourosa y estupenda de un gay demasiado impostado, guapo, cachas, rico, elegante y lleno de dinero. Como mandan los tópicos. Es cierto que se había olvidado demasiado de lesbianas, transexuales y bisexuales, y que sus particulares problemas y miradas se habían reducido hasta la anécdota. Es cierto que a pesar de mantener un cierto nivel más que alto en algunas de sus columnas de opinión, cada vez parecía más un catálogo de moda. También hay quienes piensan que con su portada de Gallardón vendió su alma al diablo, que se había abierto con alegría a voces ambiguas que no eran nuestras o con las que nunca habíamos podido contar. Es posible también que haya sido en parte víctima de la creciente fuerza de internet como medio de información y de descubrimiento. No lo sé.
Pero frente a quienes estos días han afirmado haberse alejado de Zero, yo voy a echarla de menos. Yo seguía comprándola casi todos los meses desde su número Cero. Y siempre acababa encontrando alguna página, algun reportaje, alguna sección, alguna foto (algún chulazo también, claro) que justificaba su adquisición.
Pero sobre todo echaré de menos todo lo que tenía Zero de parte de mi propia historia personal. Porque los años de la lucha por la dignidad y los derechos fueron años compartidos con sus páginas y sus lectores.
Porque una vez llegué a identificar la idea de "normalidad" con la posibilidad de comprar Zero en el mismo lugar donde compras el periódico cada día, sin esconderte, y llevarlo junto con otros papeles impresos bajo el brazo, a la vista del mundo.
Porque de la misma manera que para mí Party será siempre el descubrimiento de la propia identidad tanto como la vergüenza o el tiempo perdido, en mi memoria Zero será el valor de salir a la calle sin tener miedo de quién eres o qué sientes, el tiempo recuperado. La vida.

3 comentarios:

María Claudia C. dijo...

Estupenda reflexión Regino. Quizás la "fashionización" y el "aburguesamiento" de su línea editorial, no sean más que acompañamiento y consecuencia de los avances y el proceso de normalización del colectivo homosexual. Quizás un anticipo del día que espero ver, en que dé lo mismo hacer un chiste sobre abogados que sobre gays, sobre bilbainos que sobre bolivianos, sin tener que aclarar previamente, "yo no soy....".
Un abrazo.

Alfonso dijo...

Yo la compré al principio, y dejé de comprarla, no por nada en especial, sino porque en internet tenía más y gratis. Eso sí, era un instrumento. Recuerdo la cara que me puso una monja en la estación de Santa Justa, cuando le puse la revista al lado de su sillón en el tren jejej, la compré por leer algo y pasar el tiempo. Es una pena que desaparezca sobre todo, por ese símbolo de libertad, pero sinceramente, creo que se equivocaron luego, hacían reportajes que a pocos interesaban.

Escéptico dijo...

Siempre que se cierra una Revista de la que uno es lector, se tiene una sensación de desamparo. Al leer tu comentario he recordado los cierres de Triunfo, de Cuadernos para el Diálogo, de los periódicos ND, Informaciones o Madrid...

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