miércoles, mayo 27, 2009

MEMORIA DE AQUELLOS VERANOS
(Segunda columna para el periódico reinosano El Cañón)
Me vuelven a solicitar una columna para la sección La Trébede del periódico trimestral El Cañón. Si la primera vez nos solicitaron una mirada personal sobre el propio cañón que apunta al cielo en pleno centro de Reinosa, en esta ocasión nos han pedido una evocación del verano. La titulé "La conquista del reino del verano", imagino que fascinado como siempre por la utopía artúrica, pero como había usado ya en el blog ese título cuando os comentaba mis vacaciones en Gran Canaria el pasado año (sí, las mismas vacaciones en las que triunfaba el trasero del lituano impasible) he optado por poner un título diferente (y medio chungo, pero estos días con tanto ajetreo no tengo la cabeza para apuntes líricos). Aquí os la dejo.
"Entonces los veranos eran largos y santanderinos. Comenzaban a la par que el calendario, coincidiendo con el final del curso académico, y transcurrían al lado del mar, en la casa de la abuela, hasta el inicio de las fiestas de San Mateo.

Mi padre mantenía entonces un pie en Reinosa y el otro en Santander, mantenía el ritmo de trabajo de lunes a viernes y dedicaba los fines de semana a familia y playa. Y era uno de los grandes placeres del verano regresar a Reinosa para, como decíamos nosotros, “ayudar a papá”. Una misión en la que nos turnábamos y que nos correspondía un par de veces por temporada.

Era como aprender a ser mayores, como de pronto ingresar en una fraternidad de hombres que habían sido temporalmente abandonados por sus familias para leer o hacer algún recado durante las mañanas, comer en el Restaurante Avenida, aburrirnos durante la partida de mus, echar una mano para la preparación de la cena.

Como apoderarse de ese reino extraño y feliz por el que luchara el mítico Rey Arturo, en el que el sol, la responsabilidad, la felicidad y el aire limpio nos llenaban de vida".

2 comentarios:

Luis Lópec dijo...

Saluducos, aire limpio y mucha felicidad.
Saludos.

Elena dijo...

...Y además saber que el verano siempre vuelve, aunque - permíteme el facilón guiño becqueriano - irremediablemente las golondrinas no sean las mismas.

A tu lista de expreiencias veraniegas de cosas que nos iban introduciendo en el mundo de los adultos (y qué curioso y signifivatico resulta que sea en las vacaciones cuando de verdad uno aprendía a ser mayor, supongo que no hay concepto tan adulto como el de "tiempo libre") añadiría el ir haciendo pequeñas incursiones -aprovechando que ese día el resto de hermanos o la madre no anduviesen por allí- en el asiento del copiloto. ¡Uau, cómo me sentía yo las primeras veces que pude ir en el asiento del copiloto!, estaba convencida de que todo coche o transeúnte con el que nos cruzáramos iba a detenerse a pensar quién era esa chica tan joven y tan guapa que ya iba en el asiento del copiloto.

Recuerdo que al terminar el verano del 88 (acababa de cumplir trece años) volvimos de la playa en dos coches, yo en el pequeño opel corsa (que al ponerse a noventa se bamboleaba como una peonza)conducido por mi hermano mayor, ¡y volví sentada en el asiento del copiloto!. Recuerdo, cielos, hasta la ropa que llevaba, y cuando al día siguiente comencé 8º de EGB, estuve segura (lo sigo estando) de que todos notaron el barniz ingenuo, dulce, en fin, alegre y falsamente adulto, que había dejado en mi piel haber regresado de la playa en el asiento del copiloto.

Un saludo, Ruka, brindemos por los veranos que fueron y por los por venir.

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