jueves, agosto 12, 2010

LE PRESBYTÈRE: DE REPENTE, LA BELLEZA


Fue hace ya tantos años que el recuerdo ha comenzado a teñirse de niebla. En el verano de 1982, unos meses antes de que el PSOE de Felipe González ganara las elecciones y de alguna manera abriera la puerta a la modernización de nuestro país; un mes antes de iniciar mi COU; unas semanas antes de mi ingreso en los órganos nacionales de dirección de la Juventud Demócrata Cristiana. Un verano en el que yo todavía era demasiado tonto o demasiado inocente y me sentía feliz simplemente sentándome al piano para estudiar las obras de ese séptimo curso que tantas dificultades presentaba, pasando las mañanas en la playa, dando vueltas por las tardes al tontódromo.

Solía acompañar yo desde hacía tiempo a mi madre a las veladas del Festival Internacional de Santander, del viejo festival, el que se desarrollaba en el marco de la Plaza Porticada y tenía algo de acontecimiento, de fiesta ciudadana. Y es que a mi padre, la música, el teatro o la danza no le resultaban universos especialmente gratos, fuera de algunas noches de compromiso y de su enfermiza devoción por los Requiems.

Y fue así como acudí a la primera función de ballet que presencié en mi vida, a los 17 años. Una función que marcó la suerte: El Ballet del S.XX de Maurice Béjart, que puso sobre las tarimas de madera su vibrante y violenta lectura de "La consagración de la primavera" de Strawinsky y la versión para bailarines masculinos del "Bolero" de Ravel, donde pude contemplar a Jorge Donn en todo su esplendor como solista central de una composición que en poco tiempo alcanzaría la categoría de mito referencial.

El pasado viernes, de nuevo en el Festival Internacional de Santander, pero en un festival bien distinto, renqueante, envejecido, sin alma, ese que se desarrolla en el espantoso auditorio que nos quedó como legado incurable de la megalomanía irresponsable y falta de criterio de Juan Hormaechea y sus palmeros del PP, regresó la maravilla. Regresó esa belleza que se impone como un golpe feliz tras esperar emboscada en unos bailarines de técnica impecable, de cuerpos bellísimos, de movimientos alegres y expresivos, borrachos de vida y de música y de danza.

Se trataba de una coreografía larga, sustentada sobre canciones de Queen entre las que se entretejían a modo de intermezzi algunos fragmentos de Mozart. Maurice Béjart había querido exaltar con Le Presbytère la locura maravillosa de la juventud, la furia de la vida en el homenaje a todos los que la perdieron siendo aún jóvenes. Como Mozart. Pero también y sobre todo como Freddy Mercury y Jorge Donn, los dos a los 45 años, los dos en plena madurez creativa, los dos víctimas del SIDA, los dos el mismo año de vacíos tremendos.

Un escenario sobrio, en el que los bailarines aguardan bajo leves sudarios blancos a que comience a sonar It's a beautiful day, en el que unas equilibradas y sabias luces sostienen los movimientos de los danzantes vestidos por Versace, en el que sólo algunos objetos como los propios sudarios, o una divertida caja de madera que acabará haciendo la competencia al camarote de los Hermanos Marx, será el espacio del homenaje. Y a partir del espacio la seducción del detalle mimado hasta el extremo, del bailarín vestido con hechuras de Mercury, incluso en sus más estrafalarias presentaciones o videoclips, o del bailarín vestido con el sobrio pantalón negro que tantas veces fue la marca del movimiento de Donn (al que con tanta pasión y tanto respeto dio vida nueva Óscar Chacón), en las citas a los montajes de Béjart con los que el bailarín argentino triunfó, o a los peculiares y provocadores movimientos de Mercury en sus salvajes directos en la divertida lectura de Julien Favreau. Siempre celebrando, siempre con el ritmo enérgico y los movimientos sostenidos, amplios y apoyados de un cuerpo de baile impecable que rozó tantas veces el milagro y que nos divirtió y nos estremeció, nos ofreció poesía y sensualidad, risa y elegancia, contención y desenfreno, con puntos álgidos como Radio Gaga o el espectacular Millionaire Waltz en que birlló el guapísimo Arthur Louarti.

Y es que cuando uno piensa en lo que debe ser una noche de acontecimiento piensa en noches como esa, en noches en las que ya no importa saber si eran los intérpretes los que estaban dormidos o eras tú el que tenías una noche malucha. Porque sobre el escenario los cuerpos vibraron y sentaron cátedra de amor a la danza y de amor al mundo. Y en justa correspondencia, en el patio de butacas, puesto en pie como por un resorte, el bravo fue unánime.

Prometí hace unos días en un artículo tres noches grandes en medio de un océano de mediocridad. De momento, una de una (grande) y tres de tres (sombras).

Gracias, Gil Román, Maurice Béjart, Freddy Mercury, Jorge Donn, bailarinas y bailarines del Béjart Ballet de Laussanne. Porque sin duda gracias a vosotros hemos aprendido cómo late nuestro corazón durante dos horas felices.

Aquí os dejo el impresionante final de Le Presbytère. Sé que vais a disfrutarlo.








4 comentarios:

Marga dijo...

Magnifico comentario del realmente impresionante espectaculo,aunque no hubo lleno, se corrió la voz y para la siguiente actuación se vendieron entradas el mismo día.
Quizá cale el mensaje y se muevan inmovilismos o se pida consejo a otras sensibilidades, y vayamos avanzando en cultura y apertura mental. Un saludo. Marga

Rukaegos dijo...

Fíjate, Marga, si será ya grave lo del FIS que para que una propuesta tan prometedora ya de entrada como la del Béjart Ballet tenga que esperar a que como bien dices "se corra la voz". El descrédito del no-director del Festival está superando ya todos los límites de la decencia.

Saludos y como siempre gracias por comentar y por estar ahí :)

Escéptico dijo...

Ya te dije que me entusiasmó el espectáculo y recordé aquela noche en la Porticada en la que yo también aquel Bolero con Jorge Donn.
Lo que no entiendo es que para un ballet de esta naturaleza tenga que funcionar el comentario de un día para otro.

Rukaegos dijo...

Pues no sé si habría boca a boca o no, como dice Marga, Escéptico. Yo estuve la primera noche.

Pero sí sé que el Festival ha dejado hace tiempo de ser una garantía de calidad. Y con los precios que cobran, ante la duda la gente prefiere no ir, porque ya hemos tenido bolos de segunda incluso con formaciones a priori cargadas de garantía.

Digamos que cuando se rompe la confianza es algo así lo que pasa. Es como cuando la Obra Social y Cultural dejó de programar música clásica de forma regular: algunos dejamos de leer su programación, porque ya no íbamos a encontrar lo que nos interesaba. Consecuencia, cuando se programa música, mucha gente no se entera.

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