viernes, octubre 23, 2009

Y TODO ES VANIDAD
(Apuntes en París - 2)


Es posible que sean las bayas rojas un símbolo mejor de lo que hemos esperado de la muerte, el renacimiento, que las piedras talladas o las hermosas esculturas de plañideras y mujeres desconsoladas que se te iban exponiendo al avanzar entre las callejuelas del cementerio fascinante de Père Lachaise.


Antes de entrar, un pequeño paseo por el barrio de Belleville me permitió sonreír recordando a Daniel Pennac y las novelas divertidas y oportundas de su Quinteto de Belleville. Y es que tras haber convertido Como una novela casi en un libro de cabecera sobre el amor a la lectura, descubrir casi por casualidad el título inicial de la serie, La felicidad de los ogros, y con él a la Familia Malaussène, tuvo algo de luminoso. El mismo Belleville de los Malaussène me acompañaba mostrando la agitada nueva cara de París, el París de rostros y sonrisas diversos, llenos de mundo y de mundos.

En el cementerio, silencio a pesar de la presencia fluida de visitantes que recorríamos su jardin de tumbas en busca de nuestros mitos. Jim Morrison, Chopin, Gericault, Edith Piaf, cómo no Oscar Wilde y Marcel Proust, cómo no Maria Callas, Molière, Sara Bernhardt, Gilbert Becaud y Marie Trintignant fueron recibiéndonos desde su última morada. Y desde sus tumbas siempre humildes frente a los imponentes mausoleos de los grandes olvidados.

Qué contraste el calor familiar de los Piaf, la sobriedad de los Proust, las simples losas de la hermosa Trintignant, las cenizas en columbario de la Callas con los gigantescos esfuerzos de tantas familias y tantos muertos por recordar su propia grandeza, la importancia de sus actos, su contribución a la Republique, su despampanante fortuna. Esfuerzos vanos -todo vanidad- por cuanto hoy lucen abandonadas, solas, visitadas sólo en función del mérito de la escultura que las cubre. ¿Para qué tanto afán? El tiempo es implacable y la memoria nos conduce a los espacios modestos donde Chopin continúa recibiendo cada día el homenaje de quienes amamos su música y seguiremos amándola.

Momento para la ternura, Leo agachándose para tomar una foto mientras un hermoso gato gris se le sube al regazo y le ronronea en busca de caricias hasta quedarse dormido sobre sus rodillas. Momento para la sorpresa, entre los besos que los enamorados abandonan sobre la tumba de Wilde obligando a su limpieza periódica un corazón reciente, sólo una semana antes de nuestra visita, que recuerda que por allí estuvieron Lorena y Sergio, de Torrelavega y Santoña, respectivamente.

Momento para la vida: A la salida tomar un boeuf bourguignon espléndido, con un vino sabroso y vital, en un bistró apoyado sobre las propias tapias del cementerio, entre las sonrisas de los camareros, la prisa de los comensales pendientes de regresar al trabajo y la atmósfera mágica de los cafés de París.



4 comentarios:

Diana. dijo...

El cementerio de Pére Lachaise. Yo no pinté nada en la tumba de Wilde. No me atrevería...
REcuerdo uno de los años de San Sebastian, por no coger las entradas del Festival de cine con antelación sólo pude ver una película. Era un documental, "Forever" , sobre este cementerio. Me encantó.

Agata dijo...

Envidia cochina que tengo...
Allí me fuí de viaje de novios.Tenemos que volver.Pero ya con mis hijos.Tienen una edad genial para viajar con nosotros.Me alegro de vuestras vivencias en una de las ciudades más románticas del mundo.
Envidia cochina que tengo...

ana de la robla dijo...

Bello texto. Un beso emocionado.

Escéptico dijo...

Con tu texto, sentimos envidia y ganas de volver a París.

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