miércoles, octubre 11, 2006


PIÑEIRO, UN ALCALDE DE CENTRO

La imagen inhabitual de un burro montando a caballo fue pan de cada día en nuestro país duranto muchos, demasiados años. Santander, que en algunos aspectos parece haberse resignado a ser un parque temático de la oprobiosa (estaría bien que pagaran a un par de actores para que deambularan vestidos de cardenal segura por el Paseo de Pereda llamando a la cruzada), mantiene en el lugar de honor, delante del Ayuntamiento, la casa que debería ser de todos, y que ha venido siendo ocupada durante los últimos años por un partido, el popular, que se autotidefine o sudoka como "de centro" y un alcalde, Gonzalo Piñeiro, más de centro que nadie.

No se preocupen, no hablo de su talante abierto ni de sus comprobadas exquisitas maneras con tirios y troyanos (lo del "oye, tía" a la Ministra Narbona fue ssssstupendo), sino de su querencia por el centro, por las obras del centro, por las obras repetidas en el centro. Por un centro que, paradójicamente, sigue degradado y poco habitable, oculto con frecuencia por las maravillosas carpas que un mes sí y uno no nos anulan el espacio ciudadano de la Plaza de Pombo.

Verán ustedes. No sé si fue hace cuatro u ocho años cuando Piñeiro y su troupe levantaron todas las aceras del viejo y deteriorado Ensanche y aledaños. Digamos, de General Mola (¡presente! ufffff otro) hasta Santa Lucía, en tiempos calle de la Libertad. Del Puertochico (Matías Montero ¡presssss ...! uy, perdón, que éste se quedó sin su truncada columna) de la inefable sardinera a la Plaza del Príncipe. Tocaba rentabilizar electoralmente cuatro años comme d'habitude en blanco, para concurrir a la urna con la sonrisa ciudadana del qué mono está todo (todo lo que está mono, claro) y qué alivio, terminaron las obras. Fueron meses infernales, con resultados dispares: las calles siguieron siendo las mismas, con un pavimento un poco mejorado, cuatro arbolillos raquíticos en Peña Herbosa y Daoíz y Velarde, y una Plaza de Cañadío con más cemento y menos árboles (cuándo no es romería para la Virgen), para facilitar las masivas convocatorias que alguien me definió como "botellón pijo" y contra las que se supone que la troupe popular estaba en guerra.

Empezamos de nuevo a levantar calles. En las mismas zonas. Sin que haya habido precisamente información pública sobre lo que se pretende (al parecer ensanchar aceras y quitar aparcamientos), sin que nadie se decida de una vez por todas a peatonalizar seriamente algunas calles, sin que nadie pregunte a los comerciantes qué opinan de que les pongan la calle patas arriba delante de la campaña de Navidad. Y todo esto en calles que, pongamos ha seis años, habían sido remodeladas.

No vamos a hacer obras, claro, en lugares tan sofisticados como el Cabildo de Arriba (no vaya a ser que se empecine en no caerse y no nos deje especular), como Entrehuertas, como la ladera norte de General Dávila, como la ladera sur de General Dávila ... Como todas esas calles donde tantos ciudadanos viven más o menos como en la época del Burro A Caballo, sólo que con ordenador, adsl, más años y más multiculturalidad. Esos mismos ciudadanos que siempre se olvidan de que su acera no está asfaltada y votan troupe popular porque nos han dejado estupendos los Jardines de Pereda.

Claro que las obras son necesarias, en toda la ciudad. Claro que la gestión de loos espacioes públicos ha de tomarse con seriedad y un especial cariño pero ... ¿no sería posible cambiar de calle alguna vez?

Una propuesta para ese mi y vuestro Santander posible. ¿Qué tal si recuperamos el diálogo, al menos para los temas esenciales, si nos mostramos capaces de establecer de común acuerdo entre los diferentes representantes municipales de elaborar un libro blanco de la cultura, un plan de obras a diez / doce años vista, un libro de los servicios sociales, cuatro o cinco grandes pactos decenales que permitan gobernar el ayuntamiento con más eficacia, más amplitud de miras, menos mezquindad política y pensando más en el ciudadano que en el bolsillo? Si cada cuatro años tenemos que sufrir una nueve fiebre asfáltica, sin ton ni son, vamos mal, alegre muchachada.

Claro que sin Gepé no sé si lo del diálogo y la amplitud de miras va a ser fácil. Si con alguien tan respetuoso y abierto como Gonzalo Piñeiro no ha sido posible ¿qué va a pasar cuando en el Ayuntamiento gobierne alguien con dos dedos de frente y una miaja de sentido ciudadano?

1 comentario:

con nombre de caballo y apellido de perro dijo...

Cuánta razón tienes, querido. El porblema de satán-der, es ése, tener constante conciencia de que se-es-de-santander, como si fuese una especie de sustancia artistotélica, teñida luego de un boato inconexo. Reconozcamoslo de una vez: Santander NO ES una ciudad bonita, ESTÁ en un sitio bonito. Habría que replantear muchas cosas, pero es un sueño agradable (y quizá factible, como propones). POr otra parte, eso del "libro blanco" me parece importante, una gran idea si luego tuviese verdaderas consecuencias, en fin... Ufff, ya estoy cansado. NO sé ni lo que escrito, daré al botón sin releer, disculpad...Me tomaré una cerve... (por fin ganó el racing, aupa¡¡¡¡)

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