lunes, noviembre 30, 2009

NOITE DE FADOS NA ALFAMA


Como en voz baja, los viajes se han ido convirtiendo en las pequeñas teselas que van conformando la historia compartida. Lisboa fue primero la ciudad que descubrí en una gira febril por Portugal con la pandilla de la Universidad; después, la ciudad que me robó a Juan. Hoy es la que viví y compartí con Leo.

No hace falta contaros que Lisboa es una ciudad mágica, desde las callejuelas moriscas de la Alfama a las elegantes trazas del Chiado, desde la animación nocturna del Bairro Alto a la modernidad de la Fundación Gulbenkian, desde las hechuras manuelinas de los Jerónimos (debidas en no poca medida a la maestría de un cántabro, Juan de Castillo) a la nueva Lisboa que se abrió al Tajo con los arriesgados edificios de la Expo.

Un descubrimiento privado en este viaje fue la catedral, que no pude visitar con anterioridad. Y que me regaló ese interior románico perfecto, además de una escultura erótica a más no poder de San Sebastián en la puerta del claustro.

Pero imagino que fue la noche dedicada a los fados la que marcará el recuerdo de este noviembre lisboeta. Los dos solos, en un local pequeño y acogedor, lleno de buena música. Le hicimos caso a una de las guías consultadas y huyendo de aquellos locales demasiado grandes, demasiado turísticos, demasiado impostados, buscamos entre los que la propia guía definía como más auténticos. Y Parreirinha de Alfama cumplía con los requisitos: pequeño, pensado más para el propio placer de los fadistas y propiedad de una cantante reconocida, Argentina Santos, que de vez en cuando sale aún a cantar (lo hizo en nuestra noche, como prueba la foto).

Me gusta el espíritu melancólico del fado lento, la desnudez de la voz sostenida apenas por la guitarra portuguesa y la viola, la alegría calmada de los que se desenvuelven a un tempo más rápido. En el pequeño restaurante pude darme cuenta de que hay mucho de ritual, de liturgia en el fado para quienes lo viven con pasión verdadera. El cantante mismo apagaba la luz cuando se había concentrado y se dirigía al punto desde el que cantaría, los chales negros de las dos intérpretes femeninas en memoria de María Severa, los ojos cerrados en busca del duende. El recogimiento del auditorio era contagioso. Cesaba el ruido de cubiertos y conversaciones mientras todos los presentes tratábamos de hacer cada fado parte de nuestra experiencia. Argentina Santos, como gran sacerdotisa, controlaba desde su mesa, escuchaba, torcía el gesto cuando algo no era de su agrado, marcaba el momento del aplauso -siempre un instante antes del fin de la música- y sobre todo miraba con ojos asesinos a las dos impresentables mejicanas que, sentadas a nuestro lado, no paraban de cotorrear y al ritmo de la música subían el volumen en vez de cerrar la bocaza (no sé qué hacían en una casa de fados si no pensaban escuchar).

Un madeira dulce para abrir boca, un excelente bacalao al horno bien regado con vinho verde. Música, música y música (hasta quince fados escuchamos) y esos ojos enfrente que me siguen dando escalofríos.

Lisboa para regresar.

3 comentarios:

Agata dijo...

Te juro por mis hijos que se me han puesto los vellos de punta de la emoción.
Nosotros nos trajimos hasta varias cajas de Sagres.Cuando mi chico y yo nos tomamos la última,una lagrimita nos calló.Nos bebíamos una cada sábado.Como una fiesta.Cagondié.
Ahora que has dicho lo del vino verde...yo tengo ahí una botellita o dos que nos trajimos también(una va a caer el sábado)Me acordaré de vosotros...jejejeje

Luis Lópec dijo...

Me has hecho recordar una noche en la Alfama que fue inolvidable también. Escribí algo en mi blog sobre ello pero no lo encuentro ahora. Creo que es una ciudad en la que es obligatorio estar enamorado para descubrir su magia. Benvido a la realidad.

Santi dijo...

Jeje, yo viví en Lisboa un tiempo. Además de eso fui 14 veces y eme aquí, no he vuelto desdehace 12 años. Tengo tanta saudade...

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