miércoles, enero 02, 2013

GLENDA DESDE EL CIELO


Querido “Gafapasta”:


Hace ya algunos días que tuve que marcharme, no porque no fuera feliz contigo y con Gin y con las gatas y con toda la gente maravillosa que fui conociendo. No, he sido una perra muy muy feliz, pero hasta las perras muy muy felices cumplen años y llega un momento en el que el corazón dice que ya no da más de sí, y las patas empiezan a moverse temblorosas, y un velo de cataratas oculta la mirada y… y ya no puedes seguir y sabes que se ha terminado el tiempo. Los animales lo sabemos y al contrario que los humanos no nos resistimos y elegimos partir con dignidad. Por eso dejé de comer, me tumbé y ya ni siquiera quería salir de casa, aunque la cabeza me decía que todavía me esperaban tantas maravillas fuera. Me daba pena mirarte, claro, que te estabas poniendo triste, me daba cuenta de que Gin estaba muy nerviosa y venía a cada rato a chuparme el hocico, pero así son las cosas.

¿Qué más podía querer? Me marché contigo mirándome y acompañándome, mientras me acariciabas la pata para que estuviera tranquila. Y en esos últimos momentos, justo antes de dormir para siempre, se me vinieron millones de imágenes a la cabeza. Recordé aquella mañana de verano en la que me apartaron de mi madre y mis hermanos y me llevaron contigo, recordé cómo la primera noche busqué tu olor, tu calor para dormir porque ya te había hecho mío, recordé mis primeros juguetes, el gran dado amarillo, y los últimos, la muñeca de Hello Kitty que Gin encontró perdida en la calle y que le robé descaradamente. El capón de Navidad y sus exquisitas pechugas, aunque ya sabes que el chico para el que cocinaste no me gustaba nada y yo tenía razón. Recordé la bahía de Santander, cuando íbamos en la patera de Ángel rumbo al Puntal para pasar un día de luz agotadora, las caricias del Cantábrico cuando me quedaba como tonta metida hasta el hocico, dejando que la marea me acariciara y me invadiera el frescor. Vi como si fuera otra vez la primera la cara sonriente de Leo y volví a enamorarme de él igual que tú, y a quererle y a cuidarle y a buscarle. Recuperé el primer día de las gatas, esas dos pizcas de casi nada que bufaban cuando me acercaba y acabaron siendo mis dos cachorritas, y la primera noche de Gin en casa, cuando me enfurruñé y quise poner orden para que no se desmandara. Jugué otra vez al fútbol con Sergio y sus amigos, y volví a lamer la cara de Ángel. Recordé la sonrisa de María. Defendí con pasión mi palo frente a aquella horda de sos-setters chiflados en la Ría del Pas. Fui de paseo, de manifestación, corrí por la playa y por el parque con niños y con perros. Me tiré encima de Valva y de nuevo le di las gracias por haberme dejado quererla tanto. Y sobre todo te vi a ti, me acurruqué a tu lado para buscar calorcito, sentí tus caricias, escuché cómo latía tu corazón sincronizado con el mío y sentí muchas ganas de mordisquearte la nariz para darte las gracias.

Y ahora en el cielo…

Todos los perros van al cielo, porque no se puede ser perro sin ser bueno. Ya sabes que la maldad es como Soberano, cosa de hombres. Y eso es bueno porque el cielo es un lugar maravilloso. En realidad los cielos, porque cuando uno atraviesa la frontera se encuentra con su propio cielo, y en ese cielo está todo lo que has amado durante tu vida, todo lo que te hizo feliz y te puedes sentar a esperar hasta que llegue lo que todavía se quedó en la tierra. Y unos cielos se chocan con otros y se hacen intersecciones y así puedes conocer nuevas experiencias. Y como aquí no hay ni tiempo ni espacio, es como habitar una gran sonrisa.

¿Mi cielo? Tiene varias partes, un armario ropero infinito lleno de alta costura y una pasarela roja hacia la luna. Un prado siempre verde, y una playa tranquila con aguas transparentes. Hay balones, y colchones comodísimos, y puedes comer capón todos los días, pero también otras cosas ricas. Y tomar el té con Balenciaga y charlar con Coco Chanel antes de la cena. Y pasear horas y horas y horas con Leo, que me estaba esperando a la puerta y gritó contentísimo “Mirad, aquí llega mi enfermera favorita, ¡Glenda, Glenda!”. Y me puse yo tontísima y se me puso el rabo como loco para un lado y para otro. Y me abrazó y me fue explicando cómo funcionaban por aquí las cosas y que no había que sentir nostalgia porque yo iba a estar siempre contigo.

Sí, cuando llegas tienes que elegir algún truco para besar a los que echas de menos. Por ejemplo, cuando te estás quedando destemplado y de pronto sientes un calorcito maravilloso, es que te acaricia Leo. Cuando comes algo y descubres un sabor perfecto, intenso, es que tu padre ha pasado cerca. Las palabras maravillosas que más te conmueven en los libros son la Tía Chavita. El olor de la ropa blanca al sol y todos los demás olores naturales te los envía la Abuela Rosalina. Esas cosquillas que a veces te hacen sonreír son de Lander. Las ganas de bailar cuando escuchas algo molón en la radio te llegan de la loca de Lola, tu primera setter. Y yo, bueno yo he decidido ser esa estrella que brilla mucho más que las otras cuando miras al cielo en una noche despejada y sientes que el mundo te inunda de maravillas.

Recuérdalo siempre., porque con todos esos pequeños golpes de belleza estamos dando forma aquí al que algún día será tu propio cielo.

Y si no te lo crees, mira esta noche a las estrellas.

Te quiero, Gafapasta.



6 comentarios:

Maria1462 dijo...

El día que todo esto lo plasmes en un libro seré la primera en comprarlo. Cuanta sensibilidad tiene los animales que a los humanos nos falta. Me emociona muchísimo este blog. Genial

Carolina dijo...

Y yo igual. Estoy aquí llorando feliz. Besines.

Anónimo dijo...

Qué bonito y qué verdad!No se puede escribir un adios mejor.

Alfonso Saborido dijo...

Ajú, hijo

Amélie dijo...

Hola Regino,
Conmovedora la carta de Glenda.
Con tu permiso, me quedo con la última parte, "los trucos para besar a los que echas de menos" que son "los pequeños golpes de belleza".
Un saludo.

carmen dijo...

Hace tiempo que no te veía, he faltado mucho a clase. No ha sido un buen invierno para mi. Cuando vuelvo le cuento a una compañera que mi perro, mi queridísimo Tin , murió en Diciembre, y me entero entonces de que Glenda también se fue. Quería haberte dicho que lo siento mucho, pero aún no puedo hablar del mundo perruno sin sentir un nudo en la garganta.
Al llegar a casa abro tu blog segura de que le dedicas un montón de palabras llenas de cariño, y sí, ahí están, pero también me encuentro con una carta suya desde ese lugar tan estupendo en el que ahora se encuentra. Yo también recibí noticias de Tin a través de alguien muy cercano, una carta preciosa evocando momentos bonitos, llena de agradecimiento y alegría. Que voy a decirte, ya sabes como son. Aun así no pude dejar de llorar cuando la recibí, como tampoco he podido dejar de hacerlo al leer la que te envía Glenda.
Se dónde está ese lugar. Es un rincón cercano y cálido donde hemos ido guardando solamente los recuerdos más hermosos. Yo lo se, y tu también lo sabes, pero no lo cuentas, que luego Glenda te dice que te pones intenso.
Un abrazo.

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