"El blog anteriormente conocido como Un Santander Posible y como Desde una habitación desordenada"
jueves, agosto 25, 2011
TOMÁS LUIS DE VICTORIA Y LOS "HOMENAJES SIN"
martes, agosto 23, 2011
JESÚS CANCIO, 50 AÑOS DESPUÉS DE SU MUERTE
lunes, agosto 22, 2011
MEMORIAS ESTELARES: CRÓNICA DE LA FUNDACIÓN DEL SOVIET DE ESTUDIANTES Y PROSTITUTAS DE SANTANDER
viernes, agosto 19, 2011
TRISTEZA AL SOL
martes, agosto 16, 2011
DIVERGENTES, CONVERGENTES, PARALELAS
domingo, agosto 14, 2011
IMBÉCILES SIN FRONTERAS: SALT, DOS POR EL PRECIO DE UNO
sábado, agosto 13, 2011
IMBÉCILES SIN FRONTERAS: LA NEGRA PENA DE JOANA MARTÍNEZ
viernes, agosto 12, 2011
CALENDARIOS FESTIVOS E INSTITUCIONES
martes, agosto 09, 2011
ELVERANO FELIZ DE SETTIE
-Está vieja, se cansa, ya no sirve.
Es verdad que había cumplido ya los ocho años, y que a veces me dolían un poco las articulaciones. Es verdad que me costaba ya seguir el ritmo de los setters más jóvenes husmeando en busca de sordas y codornices. Pero eso era normal después de tantos años sirviendo al Amo, encerrada muchos meses en una jaula con otros dos perros de la que salíamos sólo de tarde en tarde para entrenar y durante la temporada de caza para cumplir con nuestra función de herramientas vivas. Era normal después de no haber visto nunca a un veterinario, y comer un pienso barato acompañado de restos de comida y chuscos de pan duro. Después de haber parido tres camadas de preciosos cachorros que el Amo había vendido.
Pero nunca imaginé verme a pleno sol de pronto, abandonada en una carretera perdida, vagando desorientada en espera de que el Amo regresara con su coche y me acercara al coto en el que sin duda tocaría cazar puesto que me habían sacado de mi encierro. Tan desorientada que no vi venir al auto que me dio un golpe en las ancas traseras y que por fortuna me dejó sólo un poco atontada y con una herida abierta que tendría que cicatrizar a lametones.
Fue otro coche el que me recogió y me llevó hasta un lugar terrible que llamaban perrera. Sucio, saturado de perros tristes que esperaban como yo a sus dueños. Un lugar donde garrapatas y pulgas campaban por sus respetos y donde nadie se molestó en mirar siquiera la herida que ya se me estaba infectando. En la perrera casi cada día llegaban nuevos inquilinos, muchos de ellos setters como yo, o primos de otras razas de caza. “En verano siempre es así” escuché que decían “y son una lata, porque nadie quiere uno en su casa”. Cada día también desaparecían uno o dos inquilinos, nunca regresaban, pero una nariz entrenada como la mía no dejaba de descubrir en el aire cierta pestilencia a carne de perro quemada. De vez en cuando entraban personas que nos miraban detenidamente, y que a veces se llevaban a uno de los enjaulados. También iban unas chicas de vez en cuando para tomar fotos de cada jaula. “Anda, que peludita más guapa” dijo una de las simpáticas de las fotos delante de mí “¿quieres que llame a Sonia?”.
No sabía yo quién sería esa Sonia. Pero al día siguiente apareció un chico rubio que me dijo que se llamaba Berto. Me puso un collar nuevo de color naranja y trató de tranquilizarme a pesar de que estaba asustada y triste como nunca, y que quería morirme porque sólo así podría escapar de aquel lugar maldito. Me dio confianza y vacilando al andar me acerqué y le lamí la mano. Miró enfadado mi herida, me palpó descubriendo algunas garrapatas. Y con una voz algo enfadada dijo algo así como “Ya os vale, que una cosa es que vayáis a sacrificarlos y otra que los tengáis así, sufriendo”. Y me llevó hasta una furgoneta con una manta.
Pensé que sería un cazador que me iba a llevar otra vez a levantar sordas, pero no parecía tan áspero como los hombres de las cacerías. Pero no, me trajo a un lugar llamado “Setterland” donde una chica morena de pelo largo me esperaba. Después de acariciarme dijo “Sigue el camino de baldosas amarillas”. Y me invitó a seguirla.
Qué maravilla, Setterland. Estaba lleno de setters lindos, de todo tipo, cachorrones, abueletes, irlandeses, gordons e ingleses. Y también otros bichos y otros perros. Todos contaban historias como la mía. Estaban los que habían vivido con una familia hasta que alguien dijo que el nene tenía alergia. Los que habían cazado hasta no poder más. Los que nacieron en camadas no deseadas. Los que habían recibido alguna herida o habían tenido un accidente y no valían para sus amos lo que habría costado el veterinario. Pero todos estaban felices, se daban apoyo unos a otros, se acercaban para darme confianza. Y seguían a Sonia y a Berto como si fueran los reyes del país de las hadas.
Claro que sí, eso es. Setterland es el país de las hadas. Allí me lavaron, me limpiaron de garrapatas y de pulgas, me curaron la herida con cariño, me miraron por todas partes para comprobar que todo iba bien. Me enseñaron a sentarme, me dieron una comida riquísima. Y cada día una chispita de alegría se me iba fijando a los ojos y tenía más ganas de correr y de jugar. Como una cachorrona descubrí lo maravilloso que podía ser correr por la playa, tumbarse al sol, jugar con los amigos, dejarse mordisquear las orejas por pequeños diablillos. Y eso sin que te pidieran a cambio nada, sin que te obligaran a cazar para ellos. Porque pocas cosas odian más en el país de las hadas que a los cazadores.
Un día me llevó Berto a la playa. Allí esperaba una pareja con un cachorro humano y una perrita preciosa, de aguas, que me cayó bien a la primera. Paseamos un rato y a mí me llevó de la correa el humanito pequeño, que me acariciaba muy suave y decía que como era una chica muy guapa y muy tranquila me iba a querer mucho y a llamarme Settie.
Una semana más tarde, Sonia me enseñó en el ordenador una foto mía grande grande en la que ponía en letras amarillas como las baldosas SETTIE ¡ADOPTADA! Porque, me dijo, ese era mi gran día.
Me puse nerviosa otra vez, pero con buenos presentimientos. Porque sabía que si las hadas me llevaban a otro lugar, sería allí al menos tan feliz como lo estaba siendo en Setterland. Así que antes de irme recorrí por última vez el jardín, di besitos con el hocico a todos los compañeros y recorrí por última vez el camino de baldosas amarillas. Y pedí al dios de los perros que cuando por fin tuviera que marcharme, hubiera un cielo que se llamara Setterland para correr por todas las playas del firmamento hasta el final de la historia, y que allí estuvieran todos los setters del mundo, los afortunados como yo por fin lo había sido y sobre todo los otros, los pobrecitos que vivieron siempre sin dignidad ni cariño. Porque no sería justo que ellos sólo conocieran la crueldad y la desvergüenza sádica de los cazadores.
Sí. Empezó fatal pero sin duda aquel fue el comienzo de un feliz feliz verano.
Así que … Be Setter, My Friend!
*Settie no existe. Pero Sonia y Berto son reales. También es real Setterland. Y necesita tu ayuda. Puedes adoptar, o apadrinar, o colaborar para que puedan seguir salvando setters. Tienes toda la información que necesitas en www.sossetter.org
**Dedicado a Ulán, Rhin (que es el que vive al límite en la foto), Falcon, Enzo, Mara, Aker, Alexander, Lullaby, Leo Messi, Pandora, Fama, Mai, Neo, Pelayo, Patrick, Edelweiss y sus cachorritos, Dallas, Kiara, Valentina, Cloe, Adi, Brisa, Lord Byron, Pepin, Leia, Yuri, Merlín, Easy Rider, Rolling Stone, Thor, Zas, Pol, Yap, Greta, Boira, Tabatha, Asia, Laika, Diamante, Hidra, William Wallace, Diamante, Ginger, Lilie, Lea, Lisa, Kira, Ariel, Fama … (y todos los que se fueron, los que pueda haber olvidado, los que quedan por venir). Y cómo no, para la loca de Gin, que lleva toda la tarde chupándome la cabeza mientras escribo.
miércoles, agosto 03, 2011
CAMBIOS DE ESCENARIO. Primeras reflexiones ante el 20-N
martes, agosto 02, 2011
UN CURIOSO OXÍMORON: ÓPERA EN VERSIÓN CONCIERTO

martes, julio 26, 2011
LA CORTE DE LOS MILAGROS: SEIS TOROS SEIS
domingo, julio 24, 2011
MOROS E MORAS, MUGIERES E VARONES

miércoles, julio 20, 2011
ELOGIO DE LA FOTÓGRAFA

viernes, julio 15, 2011
GAVIOTAS ASESINAS

viernes, julio 08, 2011
LAS HERMOSAS PALABRAS DE ANA DE LA ROBLA SOBRE "LA MIRADA CALIZA"

En estos días en que he estado recluida en Marienbad he tenido oportunidad de leer varios libros que reposaban acusadoramente intactos sobre mi mesa (esta es la cara amable de la enfermedad), y entre ellos se encontraba lo último que ha publicado Pascal Quignard en la editorial Sexto Piso. Quignard, como es costumbre en él, aborda en su libro asuntos pertinentes a la Antigüedad Clásica, y en particular, el mito de las sirenas que, como todos vosotros ya sabréis, nos ha sido transmitido por la tradición literaria en diferentes versiones. Quignard en concreto, aparte de mencionar a Homero, habla de la tradición de Apolonio, según la cual, en la expedición de los Argonautas en busca del vellocino de oro, la nave es asaltada por el canto de las sirenas. Orfeo, el citarista poeta, va en esa nave y neutraliza el canto seductor de las hermosas asesinas con los compases domesticados de su lira. Sin embargo, Apolonio recoge un detalle que las tradiciones más difundidas eluden: de entre los componentes de la tripulación, todos permanecieron remando e ignorando el canto de las sirenas salvo uno. Ese uno se llamaba Butes. Butes saltó a las aguas mientras su compañeros remaban y remaban con terror y premura. No sabemos nada más. Su salto no fue un acto de debilidad, sino de plena elección y entereza. Y cuento todo esto no porque haya venido a hablar del libro de Quignard, por lo demás muy recomendable, sino porque según lo leía me acordaba de Regino Mateo. Yo he visto a Regino saltar en circunstancias parecidas hacia sus particulares cantos de sirena, eludiendo las voces domesticadas, encaramado a trampolines peligrosos. Toda la vida personal de Regino es un salto. Así también lo es este libro de poemas, La Mirada Caliza.
En su salto, Butes buscaba encontrar la música atávica, incontaminada, de las sirenas instintivas, aquello que siempre formó parte, de modo apenas intuido, de sus deseos y de sus miedos más profundos. Sí. Esa música atávica que Butes perseguía es la misma que resuena en los versos de La Mirada Caliza.
No he mencionado la música al azar. En la poesía de Regino, la música resulta fundamental, y en particular en dos aspectos: la música en sí misma, como los sones puros gorjeados por los pájaros inocentes de Messiaen; y la música del poema, su ritmo, su suave deslizarse, producto de un concienzudo trabajo de cincelado y pulido que, como en toda obra bien hecha, no se aprecia en sus costuras sino sólo en su discurso que fluye como el agua. La música, el agua y el poema son elementos similares.
Pero, ¿por qué La Mirada Caliza? Me consta que esta era una preguntaba que le formulaba con frecuencia el dedicatario de este libro, Leo, a quien todos añoramos, y hoy especialmente. Regino, me decía Leo, jamás le contestaba. Tal vez Regino no contestaba porque no podía contestar: no siempre podemos contestar a quien amamos. O quizá no contestaba porque la respuesta era tan sencilla que no merecía o no podía ser enunciada. Lo esencial es siempre lo más difícil de decir. Lo esencial suele encontrarse a gusto en el silencio. No obstante, algo avanza Regino en el poema que da nombre a su libro (63):
En los ojos exhaustos archivamos
los signos de la vida:
las ciudades
que habitamos, las páginas gastadas
de nuestras cabeceras, las imágenes
que sobre la retina o la pantalla
quedaron detenidas, la ceniza
y el mármol de aquellos que quisimos
o la piel encendida que dio nombre
al deseo y a un tiempo al desamparo.
La Mirada Caliza es, pues, la mirada de la tierra propia, el sonido telúrico del íntimo paisaje geológico, geográfico, personal y emocional al que Regino, por principio inveterado, nunca ha querido renunciar. Yo eso lo sé y todos los que lo conocemos siquiera un poco lo sabemos. Siendo ello así, La Mirada Caliza de Regino Mateo no puede renunciar a sus lares y penates; lares y penates que en ningún caso, tras su aparente acepción estrictamente clásica, deben confundirse con meras menciones a lo antiguo. Los lares y los penates son los dioses protectores del yo mismo, los ancestros que nos definen y nos miran desde sus ojos, también, calizos. Y aquí, en este nuevo libro de Regino, están más que presentes.
Los lares y penates de Regino se remontan si es preciso a los primeros padres. Así ocurre en el poema “Nacimiento de Hannibal” (19):
Fue el rito semejante: abrió el deseo
con avidez las bocas, se clavaron
los dientes asesinos en la carne
delicada.
Y así los ojos vieron.
Pero es también frecuente la presencia memoriosa y atenta de los padres más cercanos, como en “Cangrejos de río” (21):
Mi padre me despierta. Todavía
la helada está batiendo en los cristales,
y ya la presa espera.
Habitantes del frío acuden al reclamo:
salamandras y carpas lo desdeñan,
se alejan en el vértigo del giro,
alguna vez se enredan en las mallas
tensando la cordada y engañando
al pescador atento.
Oscuros y pequeños son los ojos
que en el extremo móvil de la antena
acechan desde el limo.
Otros lares anidan en los prístinos sonidos de la infancia, como aquellos populares y entrañables de las marzas (65):
No hay respuestas
que puedan aplacar tu melancólica
vigilia, este regreso a la pequeña
ciudad donde creciste.
Creo que en los tres poemas se ha percibido, por cierto, la aproximación descarnada, un tanto forense, de Regino a su vínculo ancestral.
En todo caso, esa vigilancia omnipresente de lares y penates tiene un componente físico, carnal, vivencial, y otro simbólico, y que ambos se entremezclan en una meridiana confusión, si se me permite el oxímoron. Y en esta extraña, o no tanto, dualidad, conformada entre los pecios de la memoria, los trinos primeros de las aves, las páginas innúmeras de los libros visitados, el temblor de los mitos y las heridas aún abiertas en la carne viva, es donde encuentra su anclaje la mayoría de los poemas de La Mirada Caliza.
Quisiera señalar, también, la intervención muy destacada de otra dualidad muy rilkeana, que ya apunté ligeramente antes pero sin incidir en ella de forma directa: la belleza encubre lo terrible, o lo que es lo mismo, la apariencia engañosa de las cosas dulces, que genera por igual lucidez y dolor y desencanto. Muestra de ello es el poema del encuentro amoroso y caníbal entre Adán y Eva que acabamos de leer, pero también otros muchos como “Cangrejos de río” (21,2):
Como confía el hombre en la ternura
confía el animal en la caricia:
es hipnótico el dedo
que se amansa en el dorso monstruoso
del cangrejo elegido
para jugar a dueño del destino
y esquivando la furia de la pinza
acuna la cabeza colosal
hasta que el miedo al fin se desvanece.
o “Stabat Mater” (80), por citar sólo un par de ellos.
Me alimento de sangre. Otras edades
me otorgarán la forma de un pelícano
y mis crías aprenderán el rito
de fecundar la tierra con su muerte.
Morirán en mi nombre, ad maiorem
Dei gloriam. Pero tú no comprendes.
“La causa, mi alma”, comenzaba el monólogo de Otelo al acercarse a asesinar a su Desdémona. En la causa del alma asaeteada como la de un “San Sebastián” se atrincheran, me parece, las máscaras que emplea Regino para, en otra sublime paradoja, desnudarse. Los mitos del Minotauro o de Jonás y la Ballena son dos de los múltiples ejemplos que podríamos traer aquí. Lo que el exterior, la convención, percibe como monstruoso desde fuera, exhibe otra textura en las paredes interiores. De nuevo veo el arco que traza Butes al saltar desde su nave, contraviniendo el sosiego social emanado de la lira complaciente de Orfeo. Los malos no siempre son tan malos, la verdad no siempre tan certera, los humanos no siempre tan humanos. Leo dos fragmentos donde esto se aprecia: “Minotauro” (27):
Después de un año de soledad comienza
la cacería. Ya se ha cumplido el tiempo
que adivinaba mi sueño. Oigo los pasos
arrogantes y desnudos de otro príncipe.
Se llama Teseo.
y “Nínive” (44-45):
Podría preguntarme, si me hablara
la ballena, cómo ha llegado un hombre
despojado y rebelde hasta su cárcel
de aliento ensimismado y grandes huesos
(los cetáceos no leen, desconocen
el Libro de Jonás, las tradiciones
hebreas, las Sagradas Escrituras,
los fantásticos cuentos con que explican
sacerdotes, chamanes, abuelitas
y locos la fragilidad del mundo).
Podría preguntarme cuánto tiempo
ha de tardar mi furia en disolverse
y alimentar su sangre cavernosa,
quién de los dos complacerá a Charles Darwin
adaptándose al nuevo desafío:
la ballena voraz o el hombre larva.
Me gustaría igualmente llamar la atención sobre otro asunto. Y es que el empleo casi constante del mito o de referencias literarias y artísticas en el poemario de Regino Mateo está absolutamente desprovisto de una yerma ambición culturalista. Decía Auden que los seres humanos necesitamos el mito para poder identificarlo y destruirlo y reinventarlo y así tener sentido como hombres, y eso es lo que hace aquí Regino. Por eso, junto al dorado esplendor de Nínive o Monteverdi o Aquiles o Ícaro o Teseo aparecen la aterrorizada Tippi Hedren o los furiosos Sex Pistols o el calcinado campo de Buchenwald o el silencioso Cuatro minutos y treinta y tres segundos de John Cage.
En La Mirada Caliza hay otras muchas cosas, claro, de las que podríamos hablar durante horas: la música, el amor, el deseo, la muerte, la soledad, el frío. Pero siempre he pensado que el destino natural de los libros es ser leídos, explorados por el lector, no destripados por el exégeta de turno. Por tanto, voy a ir terminando ya.
“La causa, mi alma”. El salto de Butes no es un salto ingenuo, impulsivo, sin dolor. En su salto, Regino Mateo es consciente del riesgo, del golpe, de la decepción de quienes nos ven caer. Y terriblemente lo expone en su poema final, “Stabat Mater”, que un día me hizo llorar y que me dedica en este libro, siendo además su colofón. Le invito a que él mismo lo lea. Ya mi tiempo terminó. Es el suyo.