miércoles, marzo 17, 2021

EL AÑO DE LAS MÁSCARAS


 
Era viernes y trece. 

Apenas hacía unos días, nos habíamos reunido mis hermanos y yo con mi madre para celebrar su cumpleaños. 

Apenas hacía unos días, mi querida Isabel había cumplido ¡por fin! su sueño de ser madre, y la pequeña Isabel aprendía a respirar los aires del Cantábrico.

Apenas hacía unos días, se materializaba mi reingreso como funcionario en el ayuntamiento de Santander, y comenzaba a terminar un tiempo oscuro en el que dejé de creer en las instituciones y en la justicia. Un tiempo del que llegué a pensar que era el bache definitivo, que no tenía salida.

Cuando me subí al autobús, de camino al trabajo, con las últimas noticias que confirmaban el cierre de los colegios y apuntaban a que habría un confinamiento como el de Italia, no sabía que me encontraría el Centro Cultural Fernando Ateca cerrado, que ya habían llegado las instrucciones del ayuntamiento para cerrar todos los servicios no esenciales y que tendría que regresar, un poco desconcertado, a casa para recibir la última noticia, en la madrugada del sábado al domingo se iniciaría un confinamiento que, en principio, duraría un par de semanas. 

Con la mirada hacia estos doce meses transcurridos desde entonces y la mascarilla puesta, mientras celebro que hoy en Cantabria el toque de queda pasa a las 23:00 y por fin tras muchos meses mis perros podrán tener su paseo nocturno en condiciones, hay tiempo para muchas reflexiones.

Dios aprieta pero no ahoga. Estoy convencido de que me salvé por solo tres semanas. Si los trámites se hubieran retrasado todavía más, es así de duro, y el confinamiento me hubiera llegado en las condiciones de abandono en que los incumplimientos y la indecencia de la Sociedad Regional de Educación, Cultura y Deporte,  el consejero de Cultura, el gobierno de Cantabria y algunos jueces y funcionarios de los que me sigue sorprendiendo que hubieran aprobado el primer curso de Derecho me habían dejado, hoy, simplemente, no estaría vivo.

Aunque solo fuera por eso, por ese regreso a la vida, tendría que contarme, como me cuento, entre esos españoles raros que al pasar revista concluyen que la experiencia del confinamiento y posteriores restricciones ha sido positiva. 

Y es que 2020 fue, con todo, el año de la calma. Regresar a la vida, dejar de llorar, volver a comandar la nave y a sostener el timón fue importante. Fue importante también la superación de la derrota, el momento de volver a caminar, que se plasmó en la recuperación de planes y proyectos aplazados. 

He cocinado mucho, y pulido recetas que todavía no me acababan de salir. He pasado mucho, muchísimo tiempo con mis perros y mis gatas, en estos tiempos en que todos ellos, Gin, Gelo, Tiberio y Miércoles, andan en días de descuento, con demasiados años a cuestas, y agradezco la lentitud y la ternura que el 20 me dejó para disfrutar de su compañía. He leído bastante. He escrito algo, menos de lo esperado, porque la cabeza no estaba para novelas, pero Cuando fuimos silencio ha dado un salto cuantitativo importante. He visto muchas series y muchas películas. He echado de menos no haberme llevado todavía el piano familiar a casa, porque hubiera tenido la posibilidad de recuperar dedos y volver a asesinar a Mozart con cierta soltura. He quitado mucha basura y mucho trasto de mi casa, también de mi vida. He echado de menos más que siempre y tanto como nunca a Leo, y es que me imagino que las pandemias se pasen mejor a dos bandas. He vuelto a la disciplina académica, y he iniciado la nueva temporada del grado en Lengua y Literatura Españolas con una matrícula de honor que quería sacar, en Estilística y Métrica. He enredado por las redes sociales. He dormido, paseado, he echado de menos a la familia y a los amigos, he guardado muchos silencios, he escuchado mucha música, he celebrado con alegría los pocos encuentros y celebraciones familiares, me he sentido fuerte incluso cuando por vez primera he tenido que aprender a estar solo en Nochebuena y Nochevieja. Me he sentido bien.

Hacia fuera, sin embargo, justo allí donde nos decían que íbamos a ser mejores, he sentido una degradación, una ira, un descontrol fuera de parangón reciente. Me espanta cada día más lo que veo y escucho en las instituciones, los discursos de odio que se filtran de manera constante y nos van cubriendo de miseria y porquería moral. Me duele la transfobia, que de pronto ha ocupado un espacio central del discurso social y político; me aterra el servilismo de los medios de comunicación y su blanqueamiento constante de las peores actitudes y valores. Me asusta poner la radio los miércoles para escuchar, durante solo diez minutos, rara vez aguanto más, la llamada sesión de control del Congreso, insulto y sinrazón contra insulto y sinrazón en un espectáculo indecoroso que ya no soy capaz de soportar. Me cansan el ruido vocinglero y los populismos demagógicos de diestra, de siniestra y hasta de extremo centro. Me preocupa y me lastima la constatación de un cierto fracaso de mi país como tal país, un país que es incapaz de ofrecer no ya futuro sino siquiera presente a los jóvenes y que abandona a tantos a los lados del camino. El de los patriotas de pacotilla que se exaltan gritando vivas a la bandera y más vivas a una familia real que no se lo merece, pero que hacen trampas y más trampas, que esquivan sus impuestos, que se niegan a contribuir al proyecto común ni personal ni económicamente, que llenan de barro hediondo todo suelo que pisan porque es el único escenario en el que sus malas artes pueden tener sentido y éxito.

Los gritos histéricos y los silencios calmados. El afuera y el adentro del año de las máscaras.

Y el cansancio ya importante, la necesidad de que este tiempo enfermo por fin acabe y podamos recuperar (¿sabremos?) los abrazos y las risas.

miércoles, marzo 03, 2021

ODIO A EDURNE PORTELA. ESTAMOS LEYENDO... "EL ECO DE LOS DISPAROS"


Entre los libros con los que he dado comienzo al año lector, se han venido sucediendo varios que coinciden en mirar la violencia desde una cercanía personal o documental que puede resultar aterradora. "Los amnésicos", de Geraldine Schwarz, la fría indiferencia, el silencio frío, de la sociedad alemana abducida por Hitler. "No digas nada", el viaje de Patrick Radden Keefe a la época de "Los Problemas" en Irlanda del Norte. Y ahora  "El eco de los disparos", una memoria personal y cultural con la que Edurne Portela nos lleva de viaje hacia el complejo tapiz de personas, razones, representaciones y vivencias con las que ETA (y no solo ETA) han marcado durante demasiados años toda una sociedad, y de alguna manera continúan presentes, en espera de generaciones capaces de mirar sin tanto dolor, sin tanta pasión, sin tanto odio, para que de verdad las calles y pueblos del País Vasco puedan descubrir una vida en la que los ecos de los disparos sean parte de una vieja y tremenda pesadilla.

Inicio esta entrada en el blog afirmando que odio a Edurne Portela. Porque uno, que acaba por adherirse a demasiadas rutinas, la música barroca, el juego de Marvel Contest Of Champions, la lectura, el chocolate, los perros, ha acabado sumando una cita más durante el pasado año, de desconciertos, aislamientos y confinamientos, más turnos de tarde: la de la radio, cada lunes, para escuchar el diálogo entre Angels Barceló y Edurne Portela, con su mirada lúcida, racional, comprometida, ni inocente ni neutral, siempre sentida, pensada y libre. Un odio que se reafirma con la lectura de su libro "El eco de los disparos", por su lenguaje preciso y enérgico, su mirada calmada y sincera sobre años de plomo y de miedo, por contarnos historias que estremecen, que invitan a la agotadora reflexión, que nos exigen apartarnos de lugares comunes y proclamas de parte, para profundizar en una violencia que ha acabado por convertirse en un elemento estructural de las dinámicas sociales, culturales y políticas de ese País Vasco que en Cantabria tenemos tan lejos (a veces nos ha parecido una narración distópica cada noticia, cada experiencia) y tan cerca (con los amigos y familiares y hasta parejas que hemos tenido y tenemos por la comunidad vecina, y que a veces nos han permitido intuir más que ver). ¿Más motivos para ser en adelante hater oficial de la escritora? ¡Cómo si no tuviera yo ya rozando el infinito la pila de libros pendientes de leer y cuando escribo estas líneas ya me he comprado el volumen de cuentos de Iban Zaldua Mentiras, mentiras, mentiras y haya anotado otros libros y películas que antes desconocía y ahora siento como necesarios!

Como he apuntado, nos queda lejos y cerca el territorio violento del que Portela nos hace partícipes. Claro que recuerdo a la compañera del instituto que había llegado hasta Reinosa cuando las amenazas de secuestro a la familia empezaron a sentirse como demasiado pesadas y reales; claro que pude cortar el espeso silencio de Miren, cuando estuve en la boda de su hijo Martxel con Paolo, ese italiano guapísimo que no sé de dónde habría sacado, ese silencio con el que asistía a la fiesta previa a la boda, mirando de reojo a los asistentes, que no la permitió hablar hasta que no comprobó que en el jardín quedábamos solo los invitados "de fuera". La misma Miren que dos días antes, cuando le habíamos preguntado por un sitio majo para comer, en el pueblo donde radicaba el negocio familiar, con un altísimo porcentaje de voto a la entonces HB, se limitó a decirnos "allí no". O alguna que otra cita con un chico majo con el que no llegó a cuajar nada y que se desarrollaba con la cercanía del guardaespaldas. Relatos en primera persona de familiares que habían dejado de ir a la catequesis de la parroquia porque tal, relatos de la asociación donde coincidían amenazados y amenazantes, unidos a veces por empresas comunes pintadas con el arco iris, porque cual.

Nos queda más cerca que lejos también su forma de mirar y de contar. Esa necesidad de profundizar, de adentrarse en razones y conciencias, de comprender (que no de sostener) cada pieza de ese complejísimo enjambre en el que confluyeron demasiados odios, demasiadas razones y sinrazones, demasiados miedos, tantos intereses, como para dejarse llevar por mantras simplistas o por manipulaciones políticas. Quiero confesar que me he enfadado, con el maltrato a escritores o fotógrafos a los que por intentar ir un poco más allá del único discurso que unos u otros estaban dispuestos a aceptar, casi se criminalizó como equidistantes (terrible palabra)... sin serlo. Que he sentido un temblor con ese NO mayúsculo y seco, que sonaba como un disparo, en la boca de una víctima que llevaba demasiado dolor dentro. Que he sentido pudor con la desnudez con la que la propia Edurne Portela se enfrenta a sus memorias más personales, en las que, no podía ser de otra forma, siempre acababan apareciendo los ecos de los disparos. Que he llorado con algunas personas y sus historias.

Dicen que el amor y el odio a veces se parecen, y a lo mejor el encabezamiento de esta entrada no sea más que un juego retórico para llamar la atención de quienes de tanto en tanto llegáis a este blog que intenta salir de la apatía de los últimos años y retomar la constancia de sus mejores tiempos. Pero sé que he cerrado las últimas páginas de un libro que deja huella, que nos abre ventanas y nos empuja a conocer más, a leer más, a regresar y mirar con unos ojos más viejos y ahora seguramente un poco más sabios. Y siento mucha gratitud por ese momento en Gil en el que decidí dejarme llevar por el impulso de comprar un libro más, por el impulso que me llevó a rescatarlo de la montaña de pendientes, gratitud por Edurne Portela.

 

lunes, febrero 08, 2021

TIEMPO DE TERNURA

Se me vienen a la cabeza ahora títulos musicales como el maravilloso Try a Little Tenderness, mejor en la versión de la película The Commitments o el título del álbum de Ana Belén y Víctor Manuel Para la ternura siempre hay tiempo.

Ahora que donde una vez tuve un pequeño zoo, ha crecido un mini geriátrico en el que perros y gatos aprenden la lentitud, la calma, las mañas de la edad avanzada, el tiempo de descuento.

Miércoles y Tiberio tienen 18 años. Vaya, que ya sé que hay gatos que viven más, pero... hasta para los gatos son muchos, muchísimos años. Hace un par de veranos, Miércoles, la Gata Mala, me dio un susto, dejó de comer y de beber. Nunca supimos qué le pasaba, pero con los buenos oficios de Mercedes, un poco de paciencia y algo de suero, de pronto volvió, muy flaquita la pobre, a su normalidad y ahí sigue, como una vieja impertinente y pejiguera, reclamando atención, arrebujándose entre mis brazos mientras veo alguna serie, reclamando su desayuno... y el mío. Tiberio, la Gata Tonta, la que fue durante años arisca y esquiva, reclama la mano que le regala caricias, mientras algunos achaques y algunas marcas de la edad, le dejan una pequeña calva en su lustroso pelo negro, o supuran un poco de vete tú a saber qué por un granito o por, como diría Glenda, el chirimiri.

Gelo es el ejemplo perfecto del dicho "todo lo que no mejora, empeora". Así que ha decidido a sus, al menos, doce años, edad ya proyecta para un setter, completar su estupenda forma física con una cabezonería de vejestorio testarudo, una exigencia permanente a todos y cada uno de los habitantes de Santander de unas palmaditas en la cabeza y, a ser posible, unas chuches. A veces se le va la cabeza, se detiene de manera brusca en medio de una carrera como ladrando "¿dónde estoy?", o se sienta y se queda mirando al vacío, o hace pis por casa aunque acabe de regresar de la calle. A su pre-demencia senil, le añade una buena dosis de hocico duro, y cuando le reclamo para que deje libre mi sillón favorito, me mira con una mirada profunda y gesto de "Perdonar señor pero mí no comprenda español". 

Gin, esa loca que estuvo a punto de ser más fuerte que mi paciencia, que me volvió loco y conmigo a medio Santander, que corría y corría y corría como una especie de espíritu libre y enloquecido, por fin decidió aflojar, de golpe y por sorpresa, y ahora sí que es verdad que alguna carrera se da por la playa o el parque, pero en general permanece a mi lado, atenta a caricias, miradas y chuches, esperando mi atención y el contacto de nuestras pieles. Para Gin son diez los años, diez largos, que no son muchos pero sí acercan a la Perrinalinda a los límites en la esperanza de vida de los setters (entre 10 y 12). Se cansa, ronca, tose, tiene cierta desgana con la comida, y sobre todo han aparecido unas telillas opacas sobre sus ojos brillantes que anuncian la llegada de las cataratas, todavía no muy graves, pero en proceso constante.

Quienes no compartís vuestra vida con animales, imagino que seguiréis pensando que estoy loco, que estamos locos. Pero en los últimos años (ya hace 31 años que llegó Lola, pero sobre todo en los últimos diez, tras la muerte de Leo) gatas y perros han sido una compañía fiel, segura, cálida, amable, cercana. Pero como canta Milanés, el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos. Toca pensar mucho en la despedida, en disfrutar la intimidad posible mientras el tiempo nos la respete, toca la ternura, la de no olvidar la palabra y la caricia cotidianas, la de estar atento a sus necesidades y a respetar sus ritmos y, cómo no, a sus pequeños caprichos.

Sé que vienen dos, tres años, cargados de despedidas. Leo a menudo por las redes la queja acerca de la corta vida de nuestras mascotas, nuestros compañeros, pero siempre pienso que si viven menos que nosotros es porque nosotros, humanos y racionales, ja, tenemos más herramientas para adaptarnos a la soledad y a la tristeza, sabemos que la vida será peor sin ellos, pero será. Sin embargo, ¿podrían Tiberio, Miércoles, Gelo, Gin continuar su vida si fuera yo el que faltara?

Gracias por tanta luz. El compromiso está firmado, el de cuidaros hasta el último día, el de no dejar que sufráis cuando llegue el momento, el de tener siempre el cariño y la ternura disponible. El de llevaros en el corazón hasta el infinito y más allá. Porque ahora toca calma, ahora toca ternura. Y no va a tardar el tiempo del adiós. 


 

viernes, enero 22, 2021

ESTAMOS LEYENDO... "CIEN NOCHES", DE LUISGÉ MARTÍN

Mi primer encuentro con la narrativa de Luisgé Martín fue hace ya unos cuantos años, con La muerte de Tadzio, una novela que me resultó casi tan deslumbrante como incómoda. Incómoda porque, de alguna manera, la sutil penetración del escritor en el alma del viejo voyeur, en pleno proceso de destrucción y decadencia, eco sordo apenas del exquisito adolescente que nos había seducido en Mann/Visconti, era una violación de nuestra propia oscuridad.

Creo que esa palabra, incomodidad, unida a esa otra idea de penetración psicológica, forman los dos ejes fundamentales de la narrativa de Luisgé. Sí, claro, está también su dominio del lenguaje, la precisión y elegancia con las que elige palabras y períodos, pero ese dominio en un escritor debería darse por supuesto... aunque sea este por supuesto un hecho que la realidad se empeña en negar una y otra vez.

Vuelvo a Luisgé con la lectura pausada y atenta de Cien noches, la novela con la que obtuvo uno de los premios que importan, el Premio Herralde de Novela, en su edición del pandémico 2020. Y regresa la impresión de transitar por un libro que imaginaba gozoso o sentimental y que vuelve a ser el Martín oscuro, casi perverso, que viola nuestras conciencias y nos provoca un extraño regusto entre el placer, la negación y el miedo.

En esta sociedad de hoy, la del panóptico de las redes sociales controlando cada miga de nuestras miserias cotidianas con su mirada ursulina, Luisgé Martín penetra a través de una historia en la que hay amor, asesinatos, conspiraciones, política, ironía, sexo y prestamistas malvados en el mundo tan hipócritamente negado de la promiscuidad. Lo hace, a mi juicio de manera magistral, utilizando como disculpa y como discurso unificador, una investigación universitaria cuya conclusión, la de que somos promiscuos por naturaleza y nos resulta casi imposible no caer ante la oportunidad cuando se presenta, se apoya en un lenguaje duro, cortante, académico, de manera que el sexo en frío del amante ocasional queda acentuado por palabras frías, secas, desapegadas que ayudan a una lectura todavía más turbadora. Cada uno de los informes engarzados en el relato principal resulta un pequeño cuento, cerrado apenas en el momento justo en el que se nos demuestra o explica la caída de sus protagonistas en el cuerpo a cuerpo.

Narrada en su mayor parte desde las andanzas desnudas y muy carnales de Irene, Cien noches  nos da lo que la firma de su autor siempre promete: Un libro singular, inteligente, preciso y precioso, que nos abre puertas, nos invita a la reflexión y nos recuerda casi en cada página por qué leemos.

viernes, octubre 16, 2020

NOCHE DE MARZAS (micro relato)

NOCHE DE MARZAS (micro relato) Dicen que la costumbre de rondar a las mozas en la última noche de febrero viene de antiguo. ¿Quién lo sabe con certeza? Algunos apuntan a un rito del final del año según el calendario romano; otros van más allá y hablan de los celtas y su organización agrícola del tiempo. Al fin y al cabo, ¿qué son las marzas sino una bienvenida temprana a la primavera? Antes eran los quintos los que marcaban el recorrido por las callejas del pueblo, señalando las casucas de sus novias, o de las mozas a las que les gustaría tener por tales. Ahora, cualquier chico del pueblo puede apuntarse, ni siquiera hace falta que esté soltero. Pero siguen cantando a sus mujeres soñadas los sacramentos del amor y la fiesta de marzo. A los mozos les gusta contar con la preciosa voz de Sindo, que marca las entradas y guía a los cantantes más torpes con su potente registro de tenor. Y si quieren que Sindo cante, saben que hay que apartarse un poco del centro del pueblo y acercarse hasta la casona de los Barquín, los señoritos de siempre. - Que sí, hombre, que vamos hasta donde Barquín. Aunque no veo yo que la Adela te haga mucho caso. Cada año, Ramiro le hace la misma broma al bueno de Sindo, que sacude la cabeza y calla. Él sabe que cuando canten frente a la casona, con Adela en la puerta, bien abrigada con su mantón de lana y preguntándose quién será el muchacho tímido que cada año lleva la ronda hasta tan lejos, cantará con más ganas, gritará el ijujú ritual al final de las marzas, y mientras otros mozos recogen los huevos y los chorizos de la matanza para la merienda del sábado siguiente, él mirará hacia arriba, a la ventana que cierra la fachada por la izquierda, donde entre las cortinas asomará la sonrisa infinita de Bernardo, el hermano de Adela, lanzando hacia la heladaun beso.

viernes, septiembre 04, 2020

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO


Diez años después de tantas cosas... Diez años, uno de esos aniversarios redondos que, incluso sin quererlo, nos obligan a mirar hacia atrás, a girar sobre nuestra propia memoria y volver a andar el camino.

Leo era friolero, mucho. Se le encendía la sonrisa en las mañanas de sol, desataba su lado más pícaro y sexy en la playa o en las terrazas, con sus gafas de sol y sus estilismos de chulo de culebrón latino.

Por eso escribí en un poema de 33 Instantáneas "Él es el verano". Por eso en tantas de las imágenes íntimas o las fotografías que él mismo compartía en su Facebook hay mucha camiseta de tirantes, mucho bañador, muchas gafas de sol y mangas cortas, dejando asomar su tatuaje, mucho de ese cuerpo tan amado y tan deseado a la vista. Hay mares, jardines y palmeras de aquel verano mágico del 2009. Y no tantas del verano de 2010, cuando la quimioterapia desaconsejaba la exposición al sol y obligaba a descansar y a cuidar la carne maltrecha.

Ha hecho mucho calor, y muy húmedo, en Santander estas últimas semanas de agosto. Era difícil dormir. Más fácil recordar esa canícula de ya diez años, que sirvió como origen para otro de los poemas del libro de poemas que habla de viaje junto a Leo. El que se titula, como la comedia de Shakespeare, A Midsummer night's dream, el Sueño de una noche de verano.

Era imposible dormir. A eso de las cuatro de la mañana, el termómetro no había bajado de los 22 grados. Para empeorar el panorama, Leo había tenido sesión de quimio y notaba que su cuerpo le abrasaba desde dentro. Yo quería que descansara, pero no parecía una opción posible, así que sobre esa hora surgió la idea loca, la de irnos al Parque de Jado y allí tratar de que nuestros cuerpos se enfriaran a la fresca, en algún banco oscuro que tal vez recibiría un poquito de brisa. Ante mi sorpresa, a Leo le pareció bien, así que nos fuimos los tres, Leo, su enfermera Glenda y yo. Glenda pronto encontró una zona de hierba fresca para desplomarse y en el banco más cercano nos sentamos Leo y yo. Leo se echó sobre el banco, dejando que su cabeza reposara sobre mi pierna, y consiguió dormirse mientras yo cantaba muy bajo, muy bajo, muy bajo esa pequeña joya de Joe Cocker que es You are so beautiful, mientras casi sin tocarle acariciaba su cabeza.

Así estuvimos algo más de una hora, hasta que ya pareció prudente regresar a la cama común.

Así fue como nació uno de los poemas que me gustan de 33 Instantáneas y que ahora recuerdo en este viejo blog para vosotros.

A MIDSUMMER NIGHT'S DREAM

Ahora que descansas
como un niño pequeño en mi regazo

-tu cuerpo está extendido sobre el banco del parque, son las cuatro de la mañana y este calor violento y sofocante que abrasa nuestra casa no te deja dormir, vueltas y vueltas sobre el campo de muelles, y más vueltas incómodas hasta que te propongo que bajemos al parque con la perra para encontrar el fresco como esos dos amantes que se adentran en los bosques de Atenas en busca de la calma cuando el verano arrecia-

ahora que la perra nos custodia
como una dulce esfinge
desde su lecho fresco de rocío y de hierba,

-llevas el fuego dentro, han sido cuatro horas de inyección de veneno en tus entrañas, tus brazos están rígidos, como cartón y hueso son tus venas, y el ritual de siempre en el hospital de día, sonrisas en la sala de los muertos, un libro, una película, la charla susurrada, una enfermera que acaricia tu piel y la perfora con extremo, cuidado no ha sido suficiente para aplacar tu miedo-

te acaricio la frente
y elijo una canción para cantarla
a tu oído, bajito,
al tiempo que los ojos se te cierran,

-ha resultado mágica esta vigilia en medio de este verano triste, sueño ahora que tu cuerpo de pronto regresa a la hermosura, que caminas con los pasos bien firmes hacia el centro del escenario y mueves los brazos de libélula y el teatro se llena de escamas de colores y todo el mundo calla para escucharte, Puck, Robin Goodfellow, duende travieso de humor impertinente, "yo soy ese alegre andarín de la noche", y cantas con tu risa y crece el deseo en cada espectador y todos te aman-

te acaricio la frente
y con voz de Jode Cocker, enamorada y rota,
canto You are so beautiful to me
mientras por fin descansas y te duermes
y respiras despacio.

-La madrugada calla-.

miércoles, agosto 19, 2020

MARINA PARDO. LA EXQUISITA MADUREZ DE UNA MEZZO SOPRANO



En estos tiempos extraños, en los que hasta los placeres más básicos y asentados de nuestras vidas (ay, la música) se han convertido en un deporte de riesgo, en una ocasión excepcional, me siento feliz por haber asistido la pasada noche al recital de la mezzo soprano cántabra Marina Pardo, con su fiel compañero de andanzas musicales, Kennedy Moretti, al piano, en el un Festival Internacional de Santander tan extraño como los propios tiempos.

Beethoven tenía la culpa. El recital de Marina presentaba como delicatesen central su lectura del ciclo de lieder "An die ferne Geliebte" (A la amada lejana) del genio de Bonn, en la celebración de su 250 aniversario. Acompañaban al ciclo un pequeño ramillete de canciones de concierto del propio Beethoven y varias de aquellos otros nombres que triunfaban en Viena cuando El Divino Ludwig Van llegó a la capital musical del mundo en plena ebullición del Clasicismo. Haydn, Mozart y Salieri, destacando, del primero, esa preciosa escena / cantata que es "Ariadna en Naxos".

No me he venido al blog para hacer una crítica del recital. Aunque sí podría señalar la técnica controlada y exacta con la que Marina Pardo dominó su línea de canto en todo momento, la riqueza de sus matices (esos pianísimos que te dejaban sin aliento) y de su paleta dinámica, la elegancia clásica y sin estridencias de su lectura musical, la perfecta simbiosis con ese Kennedy Moretti que tantos años lleva haciendo música junto a ella, la adecuación a los diferentes estilos y situaciones planteados en las canciones del programa (porque ni el Haydn tan Sturm und Drang del Haydn era gemelo de la delicadeza rococó del Mozart de Mientras Luisa estaba quemando una carta de su infiel amante o del académico y ajustado Salieri, ni el Beethoven de A la amada lejana está ya en el marco del Clasicismo cuando compone el ciclo). Qué bien todo, qué bonito y agradable, qué disfrute.

Porque en realidad me apetecía más hablar de esa Marina a la que he aprendido a admirar, a querer y a disfrutar a lo largo ya de unos cuantos años. Asistir a un recital de Marina Pardo es tratar de adivinar qué habrá ocurrido con su pelo (la he visto cantar con la cabeza afeitada, con un rubio desmelenado en cardados imposibles, con un rosa intenso o un negro como mi suerte), qué prenda lucirá para dar todavía más empaque a su indudable dominio del escenario (la tela absolutamente maravillosa de la falda que lució ayer casi me hace olvidar ese chal espectacular pintado a mano con cuerpos y aves nocturnas que encargó para el schubertiano Viaje de invierno que le pedí -parece que hace un siglo- para el Palacio de Festivales, tan abrigado por las cajas de luz de Fernando Bermejo y su Bosque de la Paz). Esa mezzo soprano a la que escuchamos por primera vez haciendo repertorio sacro del XVIII, como solista en Concentus Musicus Santander, y que ha ido creciendo artísticamente hasta enfrentarse a complejos roles de ópera contemporánea o wagneriana, a la intimidad del recital, a la exactitud tan emocional del Barroco, pasando de un estilo a otro como si fuera fácil despojarse de Wellgunde para llegar a Ariadne.

Desde mi butaca, no puedo evitar sonreír y comentar a mi acompañante cómo la Pardo se come el escenario, se afianza en el centro con un poderío escénico que hipnotiza y atrae, provoca ese instante de silencio que romperá Moretti y que pronto habrá de vestir ella con las notas que le brotan justo al lado del corazón.

Desde mi butaca, tengo que aplaudir cuando rompe la sobriedad litúrgica del recital para recordar, puro esquema, dos cosas. Que los tiempos son raros y complejos y que los músicos necesitan tener al público delante, por un lado. Que el concierto tiene lugar en la misma fecha del calendario en la que Federico García Lorca fue vilmente asesinado en su Granada. Porque la memoria y el compromiso casan de maravilla con la belleza. Y en algún momento del pasado, Marina Pardo fue, en otro Festival Internacional de Santander una espléndida Magdalena en la ópera que sobre La casa de Bernarda Alba compuso Miguel Ortega.

Qué bien volver a escucharte, Marina; qué bueno poder agradecerte tanta música, Brava.

NOTA: Para qué vamos a decir que, puesto que Marina Pardo es una de las artistas más sólidas que ha dado Cantabria, una de las carreras más largas y relevantes, ni el presidente de Cantabria ni el consejero de Cultura encontraron tiempo para hacerse presentes, ¿verdad?

Y eso que esta vez, al menos, el palco no estaba vacío del todo y sí acudió la Concejala de Cultura del Ayuntamiento de Santander.

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