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martes, marzo 21, 2017

PRISCILLA, C'EST MOI


Hace ya tanto tiempo de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto....

En aquella especie de Neolítico personal, todavía el miedo estaba presente, todavía el mero hecho de sacar una entrada para ver una película de maricas te hacía temblar. Aunque muy pronto la felicidad que destilaba la pantalla, las emociones, los personajes, la música, los colores te envolvían en una especie de nube que te acompañaba al regresar al armario donde tanta vida se estaba quedando apolillada.

Llega años después, muchos años después, Priscilla, el Musical, esa reescritura moderna, espléndida de la vieja película tantas veces vista desde aquella primera vez. Ya no hay miedo, ni temblor, en su lugar la franqueza, la naturalidad, la frescura, cierto poso de cinismo ácido bien asentado con los años. Esa apuesta fuerte que una vez jugaste contra ti mismo de no volver a bajar la mirada, de no volver a las sombras, de no renunciar nunca más a una brizna de vida y que por el momento vas ganando. Pero de nuevo Priscilla te invade como una gran fiesta que te devuelve tu música, tus colores, que te abruma con su desvergüenza feliz, que se despliega ante tu mirada entregada desde el primer minuto como un gigantesco pavo real construido de plumas, lentejuelas, brillos y sonrisas y levanta una copa de champán también por ti, por la vida, desde las manos de ese fantástico elenco de actores, bailarines, cantantes, encabezados por tres grandes artistas que rozan la perfección en sus papeles, José Luis Mosquera, como Bernadette, Christian Escuredo, como Felicia, y ese santanderino de oro que es Jaime Zataraín como Mitzi/Tick.

Priscilla como un chute de felicidad, Priscilla, ay, también como un espejo que de pronto te invade y te abre una puerta hacia tu propia memoria recordándote que tú, Rukaegos, tú eres también esa reinan del desierto.

Tú, Bernadette, porque aprendiste la dignidad cuando todavía no era tan fácil y decidiste resistir. Bernadette porque cuando llegó la muerte de Trumpet te quedaste sin aire, sin suelo, sin vida, a la intemperie, y a pesar de todo no dejaste de caminar. Bernadette, porque desde el temor te levantaste con una lengua afilada al extremo para el combate, con los puños y las rodillas dispuestos a golpear, a hacer daño, cuando se trata de defenderse de esa mierda llamada homofobia, cuando se trata de defender tu espacio y el de tu gente. Bernadette, que de alguna manera sabe que ya ha pasado su tiempo, que ya no pasarán tantas cosas, y que seguramente el tiempo de dormir en compañía se esfumó hace varias temporadas. Bernadette, dura, entrañable, fiera, acogedora.

Tú, Felicia. Porque hubo un tiempo en el que volvían la cara para mirarte, porque hubo pequeños espacios extraños en que además de mirarte te quisieron y hasta se fascinaron. Felicia, porque querías brillar y te llenabas de colores a la moda y tenías siempre a punto la propuesta más loca. Felicia, porque de pronto la realidad te aplastaba contra el suelo y te dejaba allí noqueado, atónito, sin comprender por qué de pronto el mazazo si antes te querían.

Tú, Tick, porque has vivido siempre como si te estuvieran esperando al final de un largo desierto, porque siempre supiste que nunca iba a dejar de doler la diferencia, pero a pesar de todo trabajabas para construir, para decidir, para estar en el centro del escenario proclamando tus normas. Tick, o envidia de Tick, porque claro que soñaste hace tantísimos años con ser padre y establecer una hermosa familia casi tradicional, solo casi. Aunque tuviste que ir dándote cuenta de que no era ese tu camino, que tu vientre se quedaría seco, pero al menos tus labios dignos y altivos encontrarían su fuente de compañía.

Tú, Priscilla, a trancas y barrancas, con la arena molestándote en los zapatos y el sol cegándote los ojos, pero siempre fiel al rumbo de ese norte que, qué le vamos a hacer, al final te había tocado. Tratando de sostenerte, de ser un buen tío y de ser un buen marica, el mejor marica como si te fueras a convertir en un personaje de Queer as folk.

Al final la música termina, los pies te dejan de bailar, las lentejuelas pierden su brillo y las luces se apagan. El Grindr se te llena de tentanciones imposibles y una cierta melancolía te empuja hasta casa, para buscar a tus perros y llevarlos al parque mientras canturreas Go West, We belong, I will survive mientras ellos, los sueños hermosos que te ha dibujado el guapísimo elenco de Priscilla y la realidad tierna de Gin y de Gelo, te hacen los coros. Caminando con la cabeza alta. Buscando en el horizonte ese cartel que te indique cómo llegar a Alice Springs.

lunes, marzo 07, 2016

LO QUE SE AVECINA... EL CABARET DE LOS HOMBRES PERDIDOS


 
¿Cómo cambiarle el rostro a una programación, cómo abrir la puerta a propuestas arriesgadas que apuntan hacia nuevos públicos y que hubieran estado censuradas en el mismo espacio hace solo unos meses? Hago hincapié sobre todo en esa necesidad del encuentro con el público, con el de siempre pero también con uno nuevo que todavía no ha descubierto que teatros y auditorios también trabajan para él, que todavía no sabe que la música, la danza, el teatro pueden sembrar en su corazón emociones desconocidas de puro intensas.
 
La apuesta por "El cabaret de los hombres perdidos" quiere ser parte de ese camino de encuentros. Aparece como primera vez de una especie de ciclo, El Palacio Canalla, que nos hemos sacado de la manga para dar cabida a tres tipos de espectáculos. En primer lugar, los que podríamos calificar de "para público adulto" (qué gazmoños y santurrones estamos volviéndonos de nuevo), o lo que es lo mismo, aquellas en las que un plus de dureza, violencia, sexo o cuerpos puedan perturbar la sagrada paz de un determinado perfil quizás muy tradicional en sus gustos pero que, ojo, a día de hoy es el que nos permite llenar los teatros, así que todo el respeto para ellos pero hay que ir un poco más lejos; en segundo lugar, una música más festiva que hemos definido como "de puertos, polígonos y tabernas", que es como no decir nada y decirlo todo; y por fin, lenguajes contemporáneos más o menos radicales y experimentales, esos lenguajes que hacen avanzar los códigos del arte, que tratan de explicar nuestra realidad, que nos miran desde nuestro propio ahora y que por lo mismo resultan tantas veces transgresores o crípticos.
 
Pues bien, es ese Palacio Canalla el que va a recibir el 11 de marzo a las 22:00 este peculiar musical que viene ya envuelto en esa especie de aura mágica que implica la calificación "de culto". No hay que tenerle miedo, al final es mucho más convencional de lo que su título puede dar a entender, pero hay música de calidad, intérpretes que se crecen con cada representación, un humor ácido y una libertad en el tratamiento del sexo y de los cuerpos que nos aproximan a la esencia del viejo cabaret. Todo para tejer la historia de un muchacho perseguido que entra para refugiarse en este extraño lugar donde le esperan un transformista, un tatuador y El Destino, tres personajes que le propondrán un juego no poco perverso, el de conocer su futuro y el de contar con la oportunidad, quién sabe, de cambiarlo.
 
A veces en Santander, muchas veces lo he comentado en este mismo blog, nos miramos como si estuviéramos adormilados, como si nada pudiera pasar. Dejemos que pase, dejemos que entre el aire fresco y que sea el primer día de muchos días diferentes en nuestro Palacio de Festivales de Cantabria.

viernes, febrero 19, 2016

LO QUE SE AVECINA... "LA PIEDRA OSCURA", DE ALBERTO CONEJERO


Sigo queriendo explicar, y aprovecharme de mi blog para hacerlo, las razones de una programación, parte por parte. Al menos de aquellas convocatorias para mí más significativas. Y si a Lindsay Kemp y su magia de colores le han correspondido el 25 y el 26 de febrero, marzo se abre con teatro, con una obra de teatro que ha calado hondo en crítica y público y continúa recorriendo esos teatros hambrientos de grandes textos y de interpretaciones memorables.

 La piedra oscura, ese singular duelo interpretativo a dos voces tramado por el escritor Alberto Conejero con la atinada y emocionante dirección de Pablo Messiez y las interpretaciones en estado de gracia, en demoledor estado de gracia, de Daniel Grao y de Nacho Sánchez, tendrá siempre un lugarcito especial reservado en mi corazón.
 
Os cuento, son muchas las razones, y no es menor la de que en su recorrido la obra haya pasado por el Teatro Solís de Montevideo; no hace falta que os cuente a estas alturas las raíces de mi afecto por El Paisito, y ya os imaginaréis que con lo que Leo vivía y amaba el teatro, entre los planes que no pudieron ser estaba acudir al Solís juntos. Pero la principal probablemente sea la de que La piedra oscura fue mi primera decisión en la aventura profesional que inicié el pasado mes de octubre, como coordinador de la programación del Palacio de Festivales de Cantabria. Había tenido noticias del estreno de la obra de Conejero, me habían tocado las críticas y valoraciones recibidas, pero no había conseguido encontrar entrada. Por fin pude acercarme a Madrid, al María Guerrero, y enfrentarme desde la cercanía de la Sala de la Princesa a este texto hermoso, rotundo, que se impone desde los primeros minutos hasta dejarte roto.
 
Sí, roto, con esa escenografía esencial de iluminación tenue, de aspecto gastado, sucio, con esas camisas ensangrentadas que se secaban en los respaldos de los asientos que te llevaba al verano, al terrible verano, de 1937. Roto, con esas palabras que Grao y Sánchez iban desgranando en las que latían por momentos el miedo, la resignación, las esperanzas mínimas de salvar al menos unos pocos papeles de la muerte, la desolación, la incomprensión, el encuentro necesario entre dos víctimas de una sola brutalidad. Roto, en presencia de dos interpretaciones vibrantes, que te tomaban de la mano para guiarte por el laberinto de la Guerra Civil en letra pequeña, en vidas y narraciones casi anónimas, casi olvidadas, pero cargadas de significados, sin heroísmos ni locuras, sin palabras pomposas en los libros de historia porque ¿a quién iba a importar la muerte de Rafael Rodríguez Rapún? ¿a quién el reclutamiento forzoso del chiquillo al que la guerra ha robado todo y a quien se adoctrina en el odio para convertirlo en títere del franquismo? Roto reconociendo en el texto los paisajes que acompañan esta mirada a una memoria angustiosa, unos paisajes que han formado parte de mi propia vida, Matamorosa, Reinosa, Bárcena, Santander, de una vida afortunada y luminosa que nada tiene que ver con esta fiesta de la muerte.
 
Rafael Rodríguez Rapún, que fue secretario del grupo de teatro La Barraca, que fue amado por Lorca, que fue destinatario de los Sonetos del amor oscuro, que con La Barraca pasó veranos en Santander y recorrió los pueblos de Cantabria, que militó en el PSOE madrileño, que fue herido en el frente de Reinosa a un año exacto de la muerte de su Federico, como si hubiera que tejer una leyenda, como si no le hubiera sido posible sobrevivir sin su poeta y aún así, a las puertas de la muerte, tuviera que salvar algunas obras del gran poeta granadino, Rafael sí renace con Conejero, Messiez, Grao, Sánchez y todos los que de alguna manera han hecho posible este pequeño milagro.
 
Salí más conmocionado que conmovido de la representación, y no pasaron nada más que unas pocas horas antes de que contactara con Clara Pérez para que La piedra oscura pudiera traer a Rapún de vuelta a este Santander que le vio disfrutar de la vida y que fue también su silenciosa tumba.
 
Teatro de proximidad, ese que te hace temblar cuando el actor tiembla a escasos metros de tu asiento, en el escenario de la Sala Argenta, los próximos 4 y 5 de marzo, teatro con historia, con memoria, con humanidad, con desgarro, teatro que te impregna y da fuego al amor por las tablas. Un consejo: no se lo pierdan.

jueves, febrero 11, 2016

LO QUE SE AVECINA... LINDSAY KEMP Y SUS KEMP DANCES



Fue en el verano de 1982. Imagino que Lindsay Kemp ya estaría instalado en España, junto con Italia los dos países que parecen haberse entendido mejor con los personalísimos lenguajes escénicos del británico. Es mucha la gente en Santander que recuerda el pequeño escándalo que supuso la primera aparición de Kemp en Santander, con imágenes tan entrañables como la del entonces Presidente de Cantabria tapando los ojos de su hijo mayor como si fuera preferible un ataque de ceguera física y moral antes que el posible contagio de las perversiones que discurrían con impunidad por la escena; mucha la gente que recuerda aquel mítico Flowers. Mucha la gente que se equivoca, porque no fue la fascinante conjunción entre los mundos de Kemp y los de Genet la que nos presentó a Lindsay Kemp, en 1985, sino su colorista y recordada versión de Shakespear, El sueño de una noche de verano, como apunté al principio en 1982.
 
Mis padres no eran de teatro, así que fuimos mi hermano mayor y yo quienes nos aprovechamos del abono familiar para ese Shakespeare que se anunciaba lleno de fantasía, color, magia, que se presentaba como un regreso a las esencias de la pantomima británica bajo la dirección de un artista singular e inclasificable que habría de encarnarse en Puck rodeado de danzarines, transformistas, acróbatas, mimos, conduciendo la locura de la noche de san Juan hasta un paroxismo en el que también hubo tiempo para el escandalito de turno. No se crean, por la escena santanderina ya se habían visto los primeros desnudos de la transición, o lo que es lo mismo ya había pasado por las tablas locales el Equus de Peter Shaffer en el recordado montaje de José María Rodero. Pero la locura del A midsummer's night dream daba algunos pasos más allá. Y Kemp proponía en el clímax central de la obra toda una fiesta de pasiones desatadas, de cuerpos desnudos o semidesnudos que se encontraban y se reconocían, hombre con mujer unas veces, hombre con hombre otras, mujer y asno más allá, siempre a partir del escenario cómico, grotesco y transgresor imaginado por Shakespeare.
 
Hubo quien eligió marcharse a media función. Hubo quienes nos quedamos, hipnotizados, aprisionados por el riesgo, la seducción, la fuerza expresiva de aquella producción que no se parecía a nada que pudiéramos haber visto antes. Todavía hoy, tantos años después, puede reaparecer como broma entre mi hermano y yo el grito reiterativo de la actriz que jugaba a Julieta en los ensayos de la compañía de cómicos que Puck se encuentra en los bosques de Atenas, moviéndose sobre zancos y preguntando "O Romeo, Romeo! wherefore art thou, Romeo?". "Romeo, Romeo, ¿dónde estás, Romeo?".
 
Poco sabía yo entonces de cómo Lindsay Kemp se había ido encontrando con ese personaje principal que siempre sería él mismo, nada de sus relaciones con el recientemente fallecido David Bowie y su importantísimo papel como creador de los maquillajes y ropas con los que el cantante fue Ziggy Stardust y Rey del Glam. Nada de la pantomima recuperada y reinventada desde los tiempos de Isabel I. Nada de la danza-teatro, del mimo, de Shakespeare. Nada de la originalidad y la trascendencia de aquellos movimientos por los que simplemente me deje llevar al país de los sueños.
 
Han pasado muchos años. Lindsay Kemp ha sido una presencia habitual en Santander, donde nos ha dejado además del Sueño y de Flowers   sus Alice, Nijinsky, Mikado, donde ha presentado producciones escénicas para óperas como La flauta mágica o Madame Butterfly y ha colaborado con grandes del teatro como Nuria Espert. En los últimos días de febrero, el jueves 25 y el viernes 26, arrancando en Santander su presente gira española, volverá al Palacio de Festivales de Cantabria con su lenguaje de siempre, sutil, colorista, provocador (¿es que todavía se puede provocar?), desgarrado, quizás también dulzón y amanerado, pero propio, reconocible, electrizante. Traerá una suite de escenas/danzas bajo el título Kemp dances: Invenciones y reencarnaciones que le servirán para ser de nuevo Traviata y Callas, Nijinsky, el Ángel trascendiendo... con la participación de su musa actual, la italiana Daniela Maccari y del actor/bailarín Iván Ristallo con coreografías del propio Kemp, de Luc Bouy y de Marco Berriel.
 
Crecen esas ganas de reencuentro, de convertir la cita en un homenaje a todos los sueños que Kemp fue enhebrando en nuestros ojos, de rendir de nuevo las armas ante ese rey, ante esa reinona, de las tablas que forma parte ya de la historia del teatro europeo y que a sus 78 años quiere seguir siendo parte de su presente. Si ya conocen a Kemp, ya reconocen su lenguaje, si todavía no lo vieron, no se lo pierdan: puede que esta visita sea la última.
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Un Santander Posilbe by Regino Mateo is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
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