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lunes, febrero 16, 2015

STILL ALICE


Durante algún tiempo, en casa compraban el Hola. Recuerdo allí las fotos que por primera vez en mi vida estarían asociadas a la enfermedad de Alhzeimer a través de una deteriorada y sorprendente Rita Hayworth. 

Desde entonces, nunca la enfermedad ha pasado demasiado cerca, aunque sí lo suficiente para tener referencias, para saber de su constante progresión y conocer el deterioro mental, físico, personal, de los enfermos.

Me acerco en este domingo tristón, lluvioso, invernal a la Filmoteca para ver a Julianne Moore, mi adorada Julianne Moore, interpretar una película emocional, áspera, en la que una brillante profesora de Lingüística combate la pérdida de las palabras, de los recuerdos, de la humanidad tratando de no dejar nunca de ser Alice.

Una película dura, sí, para una enfermedad dura a la que confieso tener mucho miedo. Supongo que sea de ese miedo del que nacieron algunas reacciones durante la proyección y sobre todo algunas reflexiones y algunas lágrimas. ¿Quién eres, qué eres, cuando la memoria se te extravía, cuando dejas de reconocer y de reconocerte? ¿Qué puede ocurrir el día en que al escuchar el Iubilet de Monteverdi te sigas estremeciendo sin saber por qué, ignorando qué y quién la maravilla? ¿Se perderán en tus propias nieblas de nuevo papá, la abuela, Chavita, Leo, Glenda? ¿Qué sensación espera cuando en tus manos descanse un libro de poemas encabezado por tu nombre que no sepas descifrar, una fotografía de un niño sonriente o serio en el que ya no sabrías encontrarte?

Still Alice, como siempre hacen los buenos libros, los grandes cuadros, las películas sinceras, nos acompaña en un recorrido también personal por todas esas preguntas, parasita nuestro temor para conmocionarnos desde el rostro asombrado, enfadado, lleno de dolor, de una Julianne Moore simplemente inmensa.

miércoles, octubre 29, 2014

LA REDADA


Vuelvo a ver La redada (La Rafle) , la película francesa que nos narró en el 2010 uno de los episodios más vergonzosos del colaboracionismo francés: la redada del Velódromo de Invierno en la que la administración francesa sirvió en bandeja a los nazis a miles de judíos refugiados en París o de origen extranjero. En el Velódromo fueron "alojadas" mientras se preparaba su viaje hacia los campos y hacia esa muerte de la que no regresó ninguno de los detenidos las familias. Miles de niños marcados por la historia con una estrella de David de fieltro amarillo sobre la que estaba estampada la palabra juif.

Siempre he dicho que en narraciones como las que nos recuerdan el horror del nazismo y tantos horrores similares, la utilización de niños es especialmente tramposa y sentimentaloide. ¿De verdad que haya un niño con pijama de rayas es objetivamente peor o más conmovedor que la existencia de la vieja del pijama de rayas, el cobrador de tranvía del pijama de rayas, el joven del pijama de rayas, la planchadora del pijama de rayas? Pero en La redada los niños son necesarios porque fueron protagonistas principales. Y Rose Bosch nos lo cuenta sin excesos, sin sensiblería y, se agradece, buscando una compleja objetividad.

De hecho, si habláramos de La redada como película, tendríamos que limitarnos a apuntar que se trata de poco más que un telefilm de lujo, bien rodado, bien ambientado, bien interpretado y ya. Pero lo que me interesa de la película tiene más que ver con la historia, con la revisión de la propia culpa y la asunción de los fantasmas nacionales. No, no son los nazis más que comparsas secundarios en la película, y lejos de aparecer como monstruos, Bosch acierta al incorporar imágenes del Hitler más dulce y por tanto más desconcertante, el que adora a los niños y a los animales desde su refugio de Berchstesgaden. Son los franceses los que ocupan los primeros planos, dibujados como cobardes plañideros (Petain, desde la Francia de Vichy) . como funcionarios eficaces y grises que quieren limitarse a cumplir con precisión las órdenes, con encantada eficacia tendríamos que decir. La propia población no judía de París, presentada como un conglomerado de sensibilidades bien complejas y bien diferentes, desde los bomberos que desobedecen las instrucciones y se acercan a las familias retenidas en el Vel d'Hiv para darlas agua y recoger sus mensajes de socorro a la enfermera que se somete a la misma dieta de los judíos para demostrar al prefecto sus efectos, desde el vecino que recoge a los dos hijos de la familia de la puerta de enfrente al policía que reconoce a la muchacha judía que escapa pero no la retiene, pero también a la panadera que grita e insulta a los judíos durante la redada, el gendarme que patea a la mujer embarazada para que se dé prisa, el que arranca los pendientes de las orejas de la niña… Todos franceses, todos parte del elenco que en los días que siguieron al 16 de julio de 1942 salió a escena para construir un cuento terrible, un episodio nada glorioso que en los últimos años se ha venido reivindicando con fuerza por las instituciones francesas y por la ciudad de París como la denuncia necesaria de un alma oscura que nunca debería haber aflorado.

Me pregunto también, mientras avanza la película, si España será capaz de enfrentarse alguna vez cara a cara a ese pasado sucio sin las acusaciones ni los bostezos habituales con los que se castiga a quienes osan hablar de la memoria histórica, a desempolvar archivos, a explorar la verdad.

domingo, diciembre 29, 2013

ESE PEQUEÑO PACTO DE AMORES RENOVABLES.


Estuve anoche en la Filmoteca de Cantabria para, por fin, asistir a la proyección de "La gran familia española" , de Daniel Sánchez Arévalo. A buenas horas, mangas verdes, pero por alguna razón siempre se me habían acabado truncando los planes cuando pasó por las salas comerciales de Santander. 

En estos tiempos navideños en los que las ausencias pesan demasiado, en este tiempo oscuro y sin esperanzas de un 2013 que cierra sin dejar ver un resquicio de optimismo para el 2014, el tiempo empleado en disfrutar de La gran familia española fue también un tiempo de reflexión, de reflexión acerca del por qué nos resulta tan importante el cine, por qué un día sellamos con la gran pantalla una especie de pacto de amor que a pesar de tantos pesares hemos ido renovando cada vez que, tal vez sin esperarlo, nos tropezábamos con una película que volvía a hablar con nosotros. 

Poco importa en realidad qué nos cuenta Daniel Sánchez Arévalo en su largometraje, porque en realidad lo importante siempre es cómo nos lo cuentan. Y de entrada nos lo cuenta con un claro homenaje al cine, esa mirada constante a la divertida y vitalista Siete novias para siete hermanos pero también, creo, en el propio título que parecería anunciar una revisión de La gran familia. No porque tengan nada que ver las películas, sino porque de alguna manera nos lleva a una familia numerosa que sin embargo podría ser representativa de tantos cambios, actitudes y novedades en esa institución que, dicen algunos, siempre ha permanecido inmutable pero tantos y tan evidentes saltos ha ido dando.

Divertida y vitalista comienza La gran familia española , en clave de comedia, con una fotografía luminosa, llena de colorido fuerte, optimista, veraniego, celebrando la vida, celebrando el amor, celebrando también esa extraña pasión que parece volver locos a países enteros, el fútbol.  Aunque quizás sea ese comienzo lo menos interesante de la película, con algunas caídas en el tópico, que sin embargo muy pronto levantan el vuelo de la mano de un excelente guión y de unas excelentes interpretaciones, de unos diálogos ágiles, precisos, de unas miradas y unos gestos cargados de emoción y de significado, de una sabia combinación entre momentos emocionantes y hasta amargos que sin embargo nunca nos dejan caer de la nube de felicidad y de ternura familiar que nos ha ido envolviendo, eso sí, con alguna lagrimilla furtiva, y momentos divertidos. Entre los que tengo que destacar el personaje de Benjamín (qué bueno Roberto Álamo), una inteligente recuperación del tonto, del fool, del teatro renacentista, con una vena de Azarías, que con su simpleza cautiva, despierta sonrisas y canta verdades.

No sé explicar muy bien por qué me sentí tan a gusto en el cine mientras Daniel Sánchez Arévalo iba desgranando su historia fresca. Tal vez porque en diciembre las noches son largas y la película está llena de luz, tal vez porque es un canto a las familias que luchan, sufren, viven, sienten, celebran y aman unidas, lejos de ñoñerías y rancias perspectivas, tal vez porque nos habla de los amores que llegan y que se marchan como los que una vez nos llegaron y nos dejaron, tal vez porque habla de lo irreversible y de la necesidad de aceptarlo. Tal vez porque las sonrisas hoy son difíciles de levantar, los sueños son difíciles de soñar, y de pronto querías ser parte de la película, querías estar en aquella boda absurda y reír y llorar con una gran familia que a veces se parecía demasiado a la tuya. 

Tal vez porque al acabar sentías ganas de llegar a casa, de abrir la nevera, desenvolver un quesito y olerlo hasta el colofón mientras buscabas en la videoteca Siete novias para siete hermanos y aprendías otra vez a bailar cantando Goin' courtin' ...

viernes, septiembre 13, 2013

A LATE QUARTET, EL ÚLTIMO CONCIERTO


Amo la música, amo la poesía, amo el cine. Cuando los años avanzan y se van sedimentando las capas de decepción, de soledad, de ausencia, me han permanecido fieles, desvelando a cada nueva vivencia pliegues más hondos en los que buscar refugio y aprender, otra vez, la maravilla. Pensaba escribir regalando en lugar de desvelando , pero hubiera sido una palabra mentirosa. El encuentro con la música, el encuentro con la literatura, mis dos mayores pasiones, en menor medida el encuentro con el cine, han sido citas laboriosas, fruto de muchas horas invertidas, de mucho esfuerzo a veces, de una decisión constante de superar pruebas y continuar siempre adelante.

Por eso el cine que me interesa, que me interesa más, lo mismo que la música y la literatura, no es aquel de consumo fácil y masivo, sino aquel que me permite establecer un diálogo íntimo y emocionante, una aventura personal escrita con letra pequeña que de pronto se ve reflejada a veces, a veces cuestionada, en la pantalla. No voy a decir que una película me vaya a hacer mejor o peor persona, nada de eso, pero sí que algunas  películas me han ofrecido un espejo hermoso o terrible sobre el que construir una parte de mi propia identidad, que me han preguntado de forma pertinente y me han empujado a buscar las respuestas.

El último concierto, mala traducción que renuncia a los matices y polisemias del original A late quartet, es sin más una historia humana, demasiado humana. Un cuarteto de cuerda famoso, eficaz y de largo recorrido común, un violonchelista enfermo al que el diagnóstico de Parkinson obliga a abandonar la escena, desatando todo un contenido torrente de viejas vanidades, de rincones oscuros, en las relaciones de esos cuatro personajes condenados a ser, gracias a la música, uno solo. La música tiene, claro, una presencia protagonista, articulada sobre todo en torno al maravilloso Cuarteto Op 131 de Beethoven, pero también en torno a los diálogos, los ensayos, las vivencias, las clases magistrales, la propia vida de cuatro personas que no encontrarían sentido sin ella. La poesía se hace presente a través de diálogos contenidos, precisos, exactos, afilados ... necesarios. Y también de los silencios que acompañan a la cámara cuando se recrea en los gestos maduros y prudentes de los actores en esos siempre arriesgados primeros planos en los que un mero movimiento de cejas, una simple mirada, puede conmovernos. La poesía se hace presente en las interpretaciones magistrales, contenidas y exactas de Philip Seymour Hoffman y de Mark Ivanir, que rondan el milagro en el violonchelista de Christopher Walken y la viola/madre/esposa/amiga creada por Catherine Keener.

He llorado durante la película. He llorado sonriendo mientras reconocía mis propios miedos, mis propias pasiones, mis propias ausencias en la vida narrada de los cuatro personajes. He viajado con ellos hacia esa madurez que descubre lo esencial, que se enfrenta a la muerte, a la enfermedad, al misterio, al cansancio, también a la autenticidad y a la sabiduría simbolizadas por ese gesto de cerrar la partitura y tocar de memoria, sin red ni guías para la memoria y para el sentimiento. Más allá de la eficacia, del oropel, de la técnica, justo ante ese abismo al que sólo quienes viven con furia saltan.

Amo la música, amo la poesía, amo el cine. No sé cómo podría enfrentarme a mis fantasmas y a mis ya escasísimos sueños sin apoyarme en el alma poderosa de las artes como metáfora y ejemplo.Y por eso he amado de noche, de pronto, desde los primeros segundos, El último concierto. Porque me ha abierto puertas y silencios por los que he transitado hacia esa serenidad que de alguna manera está llegando.

Os dejo con la Canción de Marietta, de La ciudad muerta de Korngold. Un bello ejemplo de música y de poesía que en El último concierto  se hacía cine también, en esta misma hermosa voz, la de Anne Sofie von Otter.

http://www.youtube.com/watch?v=WN_vsAUEE8s
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Un Santander Posilbe by Regino Mateo is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.
Based on a work at unsantanderposible.blogspot.com.