TIEMPO DE PASCUA

Sin duda se trataba de otro tiempo. Un tiempo más cómodo en el que las dudas, los miedos, se diluían en una experiencia fuerte, aprendida en el seno de una familia católica pero no especialmente devota y asentada más tarde como parte de mi propia identidad personal. Supongo que la podríamos llamar experiencia de la fe, una fe que creció a partir de mi colaboración como catequista en diferentes parroquias, como miembro activo de algunos grupos juveniles. Una fe que fue pronto compartida con personas especiales como Joaquín y Marisol y junto a ellos toda la tropa del Primero de Mayo. O con los pascueros de Los Negrales. O con los chicos y chicas del Proyecto Ciaboga. O Quique, Carlos ...
En la Comunidad de La Pascua de Los Negrales, junto a la Institución Teresiana, descubrí aquellos años el verdadero espíritu de la Pascua cristiana, a través de la oración, el recogimiento y la búsqueda dentro del propio corazón, en compañía y con una tensión creciente que hacía de la Vigilia Pascual esa fiesta que siempre debería ser pero hasta entonces no había conocido.
Fue hace tiempo. Tanto que parece haberse helado en medio toda una eternidad. Entre aquella Pascua en la que canté por última vez el pregón gregoriano durante la Vigilia ("Exulten por fin los coros de los ángeles ... ") y esta presente en la que como ha ocurrido ya durante varios años la celebración religiosa ha quedado oscurecida, ha pasado a formar parte de un paisaje tradicional que se proyecta al margen de mi vida.
Y es que entonces vivía aquella dimensión trascendente como una fiesta, una forma de entregarme, de compartir muchas emociones importantes con una comunidad que te fortalecía y te empujaba. Hasta que fue imposible resistir las contradicciones, el miedo, la presión de las tormentas de intolerancia e integrismo que cada vez más anulan cualquier voz alternativa dentro de la Iglesia Católica.
Admiro a algunos amigos comprometidos, solidarios, abiertos, que siguen considerando que su fe les hace más fuertes, que forma parte de su propia esencia, y que se empeñan en vivirlo dentro de una Iglesia que no les merece. Admiro a amigos homosexuales que siguen convencidos de que deben luchar para conseguir un día el respeto que la Iglesia sustituye cada día por humillaciones y degradaciones.
Pero yo hace tiempo que me rompí, que me rendí, que decidí caminar renunciando a esa parte de mi corazón que había sido tan importante y en la que había dejado tanta ilusión, tanto tiempo, tantos esfuerzos. A pesar de lo que lloré el primer año en que me obligué a no participar en la vigilia que celebraba la Resurrección de Cristo. A pesar del frío que me producen ahora sus capitostes. A pesar de la nostalgia que aparece a traición cada primavera.
Pero supongo que la libertad es la capacidad para elegir. Y yo hace tiempo que elegí poner tierra de por medio con todos aquellos de los que ni siquiera puedo esperar el mínimo respeto. Y descubrir otra manera de ver la Pascua en los árboles que florecen camino de Mazcuerras, el sol que cada vez brilla con más energía, los rostros que salen del letargo y aprenden de nuevo a sonreír.
Feliz Pascua



















