
Uno sabe que van pasando los años porque sus movimientos y sus reflejos funcionan cada vez con mayor lentitud. Así que llega el punto de saturación, ese momento en el que no está dispuesto a invertir más vida en aprender a trancas y barrancas nuevos artefactos, redes y problemas vinculados a internet y al nuevo mundo con sus nuevos paradigmas de conocimiento y de acción social que llega de su mano. Soy consciente de que ese nuevo modelo arrastra nuevos y graves problemas, tanto como de que abre puertas insólitas y llenas de posibilidades y de misterio. Nada nuevo, el ying y el yang, el sol y la luna, como en todas las obras humanas el cielo y el infierno.
Por eso llevo algún tiempo tratando de mantenerme un poquito al margen de todas las polémicas abiertas en torno a la llamada Ley Sinde que el Congreso de los Diputados aprobará en unas horas. En parte porque no me gusta la ley, pero tampoco me gustan las actitudes y planteamientos que he escuchado en su contra. O aún mejor, me parecen todos, a un lado y al otro, hipócritas y aprovechados. O todavía más, mis problemas con el intercambio de archivos y las descargas que pueda haber realizado hasta el momento son esencialmente diferentes. Porque sí, yo también me he descargado música y cine. Para uso privado y por particulares razones.
Antes de exponerlas, voy a recordar que hace sólo unos días este mismo blog pudo comprobar que la falta de vergüenza es en la red tan flagrante como fuera. Sólo que aquí es tal vez más fácil apoderarse del trabajo ajeno con impunidad. Y como no me gusta esa caradura, en lo que a mí respecta voy a tratar de que el robo no quede impune, pero no tanto por haber tomado materiales de mi creación exclusiva como por habérselos atribuido con un absoluto descaro. Pero creo que la cuestión de las descargas viaja por otros carriles.
Internet nos abrió la puerta, gracias a los sistemas P2P, al conocimiento de un vasto espacio cultural que las que se denominan a sí mismas "industrias culturales" nos estaban velando. La cultura tiene un grave peligro, es adictiva, genera consumo acumulativo, y tal vez quienes han encontrado en sus diversas manifestaciones un buen modus vivendi deberían recordar que a veces es bueno permitir que alguien escuche una canción para que se enganche y acuda al disco. Y a quienes hemos caído en la adicción se nos presentan algunos problemas. ¿Cómo leer un libro que no está disponible en las bibliotecas, se encuentra agotado en las librerías y que las industrias culturales se niegan a publicar en una nueva edición? Y sobre todo, qué pasa si ese libro es material de estudio en tu carrera o imprescindible para tus proyectos. ¿Cómo puedo ver una película que me resulta esencial en cualquiera de los aspectos de mi vida que las distribuidoras no me permiten ver, y que tampoco puedo comprar ni siquiera en el extranjero porque ya se han arreglado para que mi lector de DVD no pueda hacerlo con los de Zona 1, por ejemplo? ¿De qué manera puedo conseguir versiones musicales perdidas, antiguas y modernas, recuperar mi paisaje emocional hecho canciones, cuando una vez más se impide por todos los medios el acceso a esa música para seguir editando divos, bisbales y demás cutrerío superventas?
Encontré en el P2P un importante medio de crecimiento personal y de satisfacción de necesidades culturales que estaban secuestradas por una industria que ni siquiera se había molestado en conocerlas, y que nunca se planteó cómo resolverlas. A pesar de que son muchos los países en los que las descargas de pago superan ampliamente a la piratería. Pero lo que yo necesito ni siquiera está disponible en las descargas de pago.
Eso sí: me he descargado series de TV que me resultaban interesantes por muchas razones y luego me las he comprado cuando por fin, siempre con años de retraso, podía encontrarlas en el mercado. Editadas por cierto sin cuidado y en soportes a los que la brutal luz de Cantabria dejaba heridos con un par de caricias. Y en algún caso hasta las he recomprado. Lo mismo he hecho con la música, donde además he descargado temas y obras que tengo en disco, pero que me resultaba más cómodo pasar al ordenador vía Mula.
No me gusta la Ley Sinde, porque no responde a los intereses de la cultura y de la creación, sino a la de los industriales de algo que llaman cultura pero no sé muy bien lo que es, los mismos que cierran el acceso al mercado a la mayor parte de los libros, músicas y películas que me interesan sólo porque no son dinero masivo y fácil, y pretenden que yo consuma sólo la mierda que me ofrecen porque parece que no están dispuestos a dejarme un solo resquicio por el que poder escuchar lo que me gusta. No, porque detrás de la ley están personajes que me parecen siniestros con intereses más siniestros todavía, a pesar del evidente respeto que siento por los creadores y por su derecho a vivir, como cualquier otro, de su trabajo. No, porque desde esos personajes he conocido tantos abusos y desafueros que no quiero siquiera tenerlos cerca, sí, esos que pretenden cobrar a los colegios por las funciones de Navidad y a los pueblos por sus tradiciones. Esos que cada día inventan alguna nueva estratagema que acabará el día en que traten de cobrarnos por una buena ventosidad afinada en sol mayor y que recuerde a la voz de sabe dios qué "cantante".
Pero tampoco me gustan los neocons en red, los tecnócratas que creen que porque es posible está permitido y se olvidan de que una red sin contenidos es tanto como nada. Esos que jamás admitirían que su trabajo fuera considerado bien común y gratuito pero sí pretenden hacerlo con el esfuerzo ajeno. Esos que ridiculizan las horas de preparación, de esfuerzo, que supone la génesis de un libro, de una sinfonía o de un corto. Esos que en realidad quieren tener los últimos éxitos del cine o de los 40 sin pagar entrada o pasar por la tienda de discos.
Creo que hay muchas formas de conciliar un amplio acceso a la cultura y la información en Internet con el respeto a la creación y a los creadores. Formas imaginativas de abrir el camino hacia lo descatalogado, hacia lo formativo, y de posibilitar una disponibilidad fácil, aunque sea de pago, de los contenidos más populares y nuevos. Y ni Dans ni Sinde me sirven como solución.
Así que de momento me limitaré a exponer toda esta perplejidad existencial y, en todo caso, y para que sepan donde encontrarme el día en que empiecen a llamar a las puertas los policías culturales de la SGAE y esbirros varios, Yo También Descargo.