
¿Se pueden adquirir afectos por Internet?
Esta pregunta ocupó el espacio de estado en el perfil de Gracchus Babeuf en Facebook. Una pregunta que publicada el miércoles, a unas pocas horas de la muerte de Leo, cobraba una dimensión diferente para mí.
Se habla tanto de los peligros de la red que a veces dudamos de sus efectos benéficos, de su capacidad para comunicar, para compartir, para generar empatías y provocar relaciones que sin el universo virtual hubiesen resultado imposibles, al menos improbables. No tengo otro remedio que afirmar que se pueden adquirir afectos por Internet. Leo llegó hasta mí, de manera indirecta, a través de Internet, y nuestro amor comenzó a caminar a través del messenger y la web-cam hasta que no nos quedó otro remedio que trabajar (¡cuánto fue necesario trabajar!) para poder fundirnos en un primer abrazo en Barajas que no se terminó hasta que tuvimos que desenlazar las manos en el hospital.
En estos días tan difíciles, en estas horas al borde del precipio, de nuevo he tenido que afirmar que se pueden adquirir afectos por Internet. He sentido cómo se desbordaban las palabras 2.0, cómo tantas personas que conozco del mundo real, tantas que conocí en Internet y luego se encarnaron en rostros y sonrisas, y muchas, muchísimas otras con las que todavía no he tenido la oportunidad de compartir un café o unas horas se volcaban sobre mi dolor y aportaban un poco más de hojarasca para afirmar mi suelo y sostenerme. He podido sentir cómo Facebook se llenaba de hadas que me arrancaban unas pocas sonrisas y millones de lágrimas. Y que se sumaban a un teléfono que no paró de sonar durante horas desde voces con las que pude hablar y compartir el sollozo ahogado o el llanto franco, que no dejó de emitir avisos de mensaje de texto y de palabras almacenadas en el contestador. Y que a su vez se sumaban a la carne cercana, la que se ha prodigado en abrazos, besos, sonrisas, lágrimas sinceras y cálidos apretones de mano.
Sumar los tres mundos supone hablar de muchos centenares de personas, tantos que necesitaría meses para poder ofrecer el necesario agradecimiento personalizado. Y por eso recurro al blog y a las redes sociales para decir que me habéis desbordado, que me habéis ofrecido tanto afecto que ni siquiera sé cómo devolveros una mínima parte, que habéis llenado estas horas oscuras de luces de hadas.
Hadas con rosas blancas, hadas con cerezos japoneses que crecerán en su memoria, hadas recitando poemas, cantando habaneras y arias, hadas que han compartido el dolor en sus muros, hadas que han escrito notas sobre nuestro amor y sobre nuestra lucha, hadas que me han enviado su cariño desde las ondas de la radio, hadas que acompañaron a Leo hasta los últimos momentos, hadas que han brindado por él, que han rezado con él, hadas que fueron mis alumnas hace tanto tiempo en el Altamira, hadas que lo son hoy en mis grupos de literatura y de música, hadas de Buenos Aires, de Santa Fe, de México DF, de Nueva York, de Barranquilla, de Tirana, de Varese, de Bruselas, de Toulouse, de Rivera, de Montevideo, de Porto Alegre, de todos los lugares de España, hadas que han llorado por Leo, que han compartido videos, canciones, palabras, hadas que han dedicado sus artículos a su memoria, hadas familiares y hadas lejanas, hadas militantes y comprometidas, hadas de batallón, hadas sorprendentes e inesperadas, hadas que cubrieron sus jornadas de asombro y de silencio, hadas que llenaron la Iglesia del Barrio Pesquero, hadas basura y hadas agrarias, hadas que sobrevivieron al cáncer y hadas que perdieron por el cáncer a sus seres queridos, centenares y centenares de hadas.
Y esa hada rubia y tan querida por los dos sin la que nunca hubiéramos podido encontrarnos en Barajas y caminar juntos los meses más felices de mi vida y también los más dolorosos.
Para todas esas hadas, sin distinción de sexo, de edad, de creencias, de orientación, de país, mi gratitud, mi cariño, mi deuda infinita y eterna: Gracias.